Revista Diario

El plato de mi abuela (María Gabriela Díaz Gronlier). Anécdota de infancia.

Publicado el 30 abril 2026 por Elcopoylarueca

EL PLATO DE MI ABUELA

«Él es el ala
la herida
Vive».
Manuel Díaz Martínez

El plato de mi abuela (María Gabriela Díaz Gronlier). Anécdota de infancia.

El protagonista de esta anécdota de infancia.

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EL PLATO DE MI ABUELA

Pues bien, como anuncia el título, voy a dedicar unas letras al plato de mi abuela. Y tú: «¿En serio…?». Y yo: «Sí; porque ese plato, revestido con una cenefa de florecillas y que el tiempo ha deslucido, tiene el valor de los objetos que nos permiten el regreso al pasado.

El plato de mi abuela, desde la pared de mi cocina madrileña, no sólo aviva los recuerdos, sino que, como Pepito Grillo en Pinocho, despierta mi conciencia. Él, el plato, es capaz de colocarme en la permeable línea que separa la realidad de lo que fue. Y una vez que estoy en la raya… sólo me queda cruzarla. Pero para la percepción, que es lo que busco, es necesario «algo» más. «Algo» que siempre acude, por cierto, cuando le silbo. Atravesando lo material llega la droga poderosa: ¡la imaginación!

Así que vuelvo a estar en el comedor de un humilde piso, pulcro y ordenado hasta la desesperación, donde mi abuela me espera cada domingo para iniciarme en el punto guajiro. Antes de comenzar el programa de Palmas y Cañas, que tanto me gusta, mi abuelo, en la cocina, trajina la comida que servirá en la vajilla que hoy mantiene su estampa gracias al único plato que conservo.

Pero…, ¿por qué tanto hablar de un objeto que muestra un sinfín de arañazos y un rosa tan desteñido? ¿Por qué, si no despierta, siquiera, las ansias de un tendero de mercadillo? Creo, como creía Carl Jung, que «quien mira al interior, despierta». Lector, el texto que estás leyendo me lo dicta el alma. El plato que menciono no es un objeto corriente: con la muerte de mis abuelos adquirió poderes mágicos.

El plato de mi abuela ha sobrevivido a la libreta de abastecimiento, al hambre, al embrutecedor dogmatismo ideológico; y ha sobrevivido, ¡cómo no!, a un exilio de más de treinta años.

El cuenco es testigo. Es testigo mudo del miedo de mis abuelos, quienes, aterrados de que los vecinos los delataran por creer que había un Dios más poderoso que el Comandante, mostraban de día un cuadro en el que se veía una fotografía de mi padre cuando era chico. ¡Oh…!, pero cuando la noche llegaba, y las persianas se bajaban, al marco le daban la vuelta y el Sagrado Corazón de Jesús surgía, protegiendo, con sus rayos de oro, los sueños de esperanza de Pilar Martínez Leyva y Manuel Díaz Bello.

El plato de mi abuela (María Gabriela Díaz Gronlier). Anécdota de infancia.

Mi abuelo celebrando sus 90 cumpleaños en Canarias, tierra de libertad.

El plato de loza recibió los alimentos que mis abuelos nos daban. Lo que llegaba a la bodega, durante la semana, era guardado con esmero. Abuelo era quien cocinaba y abuela era quien me decía, cada vez que le preguntaba que por qué nunca se sentaban a la mesa a comer con nosotras: «que ya lo harían ellos más tarde; que aún no tenían hambre». Y ni una miguita probaban de aquella carnita en adobo, de aquellos platanitos maduros fritos y del sabroso arroz con leche que hacían del domingo el día de los anhelos. Tuve conciencia de lo que sucedía cuando llegué a la adolescencia: sólo había comida para sus nietas.

Hoy me he servido del plato de mis abuelos para dejar constancia de la bondad de ese par de ancianos que quedaron en Cuba, solos, cuando nos marchamos.

A abuelo, con la ayuda de mi esposo, pude traerlo a España. Abuelo Manolo vivió el final de sus días en compañía de sus seres queridos; pero…, qué dolor tan grande: no llegué a tiempo para salvar a mi abuela, para el abrazo soñado por ella y por mi padre, quien yace en cenizas y a la espera de que podamos devolverlo al lugar en el que se hizo poeta, aunque con tristeza digo que las rosas nacen y mueren una y otra vez…, una y otra vez…, una y otra vez…; y el momento, el momento… ¡todavía no llega!

Abuela Pilar murió en La Habana y no tuvo, siquiera, una corona de flores para aromar su tumba, porque ni flores hay en ese país secuestrado por hombres sin dignidad.

El plato que cuelga de la pared de mi cocina es mi linterna.

El plato de mi abuela (María Gabriela Díaz Gronlier). Anécdota de infancia.

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