Atravesamos muchos duelos en la vida. Con el paso de los años y tantas cicatrices en el alma, he comprendido que la existencia, en esencia, es una gran lección de desapego.
Las historias que vamos trazando en este lienzo vital y espiritual suelen pasar inadvertidas, porque nuestra mirada se enfoca más en el pasado y en el futuro que en este preciado presente. Y cuando despertamos, deseamos revivir aquel instante que en su momento fue un tesoro…
La vida, tan sabia como implacable, nos obliga a llorar cada historia hasta que deja de doler. Solo entonces aprendemos a darle sentido y significado a cada experiencia.
Volvemos una y otra vez a episodios que hoy ya solo habitan en algún rincón de la memoria, golpeándonos con fuerza:
Un proyecto truncado que sentimos como fracaso
Aquella oportunidad profesional que dejamos escapar
El despido laboral que sacudió nuestra seguridad
La decisión difícil que nos obligó a reinventarnos
La mudanza que nos arrancó de raíces conocidas
La amistad perdida que creímos eterna
El amor prometido que no sobrevivió al tiempo
Duele… Y mucho. Pero no repetimos la historia porque estemos atrapados en ella, sino porque el ego necesita darle un sentido razonable. Y en esa búsqueda, elegimos sufrir.
Por eso, escríbela, llórala, grítala, báilala… pero no la dejes morir dentro de ti. La historia seguirá siendo la misma, no podremos cambiarla, pero sí podemos transformar la manera en que la habitamos. Al narrarla, dejamos de ser víctimas del recuerdo y nos convertimos en protagonistas de nuestra propia vida.
Contar lo vivido (ya sea escribiendo, conversando o compartiendo) no borra el pasado, pero sí abre un espacio nuevo: el de la comprensión, la validación y la esperanza. Nos recuerda que nuestra condición es humana, que sentir es inevitable, y que canalizar esas emociones nos devuelve la libertad de elegir cómo queremos seguir caminando.
Porque al contarnos nos reconocemos, nos abrazamos con compasión y descubrimos que, incluso, las historias más dolorosas pueden convertirse en semillas de luz y transformación; no solo para una misma o uno mismo, sino también para los demás.
¿Qué historia has tenido que narrarte varias veces para poder entenderla de verdad?
© Nur C. Mallart
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