Revista Diario

En defensa del miedo razonado.

Publicado el 20 agosto 2017 por Elcopoylarueca

“La honestidad es la mejor política”.
Benjamin Franklin.

En defensa del miedo razonado.La Edad de la Ira, “Playa Girón”, Guayasamín, óleo sobre tela, 1963.

Una multitud grita que no tiene miedo. Es un grito unánime, que se cuela por las ventanas abiertas del verano. Una multitud afirma no tener miedo y las pancartas que agitan enuncian, por escrito, lo que las voces dictan. Pero ¿será cierto lo que declaran?

¡No tengo miedo! es la respuesta que da una muchedumbre indignada a un atentado terrorista, a un hecho real y objetivo cuya misión es la de aterrorizar.

No tener miedo ante un peligro real es un acto de inconsciencia. Es negar al pensamiento, a la razón, su función previsora y protectora. Es una forma diferente de doblegarse ante el ataque que provoca la reacción inmediata de nuestro cerebro, y que percibimos como ese sentimiento, menos lucido que otros pero más práctico, que se llama miedo.

El miedo es la manifestación libre de una preocupación, es un sistema de alerta que tiene el organismo frente a un asalto amenazante, o frente a algo que no dominamos y que afecta, en todo caso, a nuestra rutina, a nuestro sistema de vida.

El miedo que alerta de un peligro existente debe ser escuchado, debe ser sentido. Las personas tenemos miedo ante los cambios reales que modifican nuestra rutina, ya sean malos o buenos. Uno tiene miedo a cambiar de trabajo, a exponer en público, a construir una familia, a envejecer. Uno tiene miedo de no ser buen padre o buena madre, o buen hijo, tiene miedo a la enfermedad, a la muerte. Uno siente miedo ante la confirmación de que un pedófilo, un violador, un asesino anda suelto por los sitios por donde se mueven nuestros seres queridos… Uno siente miedo a la hora de tomar decisiones importantes en su vida.

El miedo es un sentimiento, una emoción, una sensación individual. El miedo está directamente relacionado con las vivencias de cada individuo, con su carácter, con su identidad. Está ligado a la vida. Es imposible no sentir miedo. Afirmar que no se tiene miedo ante un ataque real es mentir y es, también, una forma de miedo que nos vuelve más vulnerables.

Hay que aceptar el miedo, hay que experimentarlo, hay que preguntarse de dónde viene y por qué nos invade ese sentimiento. Es necesario entenderlo para poder doblegarlo.

Creo que el miedo que tiene una justificación real no deshonra. Yo sí siento miedo cada vez que prendo la televisión y ella me informa de que otra vez han apuñalado, atropellado, tiroteado a gentes indefensas que andaban por las calles.

Reconozco que tengo miedo y que éste me ha vuelto precavida. Y sé que esta emoción me mantiene alerta, que despierta mi instinto de supervivencia ante un tipo de ataque camaleónico que se manifiesta según las posibilidades que se les presentan a los terroristas para atentar. Sé que si niego esa emoción, que mana de mi cerebro, me vuelvo más débil e insegura.

Defiendo mi libertad de tener miedo. Mi derecho a sentirlo y a manifestarlo. Me niego a fracturar mis emociones, a aislar, a ocultar mi susto. Mal asunto cuando el miedo, que es una sensación individual, pretende mudarse en anti-miedo para mostrarse colectivamente.

Uniformar el anti-miedo no sólo aumenta el peligro, sino que niega al propio YO el espacio privado que habita.

Los eslóganes uniforman, atentan contra nuestra identidad, contra nuestro inconsciente. Eso es más peligroso que admitir que se tiene miedo, porque, esa negación en grupo -un grupo que se prohíbe aceptar sus emociones más profundas-, esa puesta de acuerdo para negarse la posibilidad de tener miedo ante un ataque REAL, es una forma de autocensura. Y esto da miedo.

Prestarse, aunque sea de buena fe como es el caso, a no escuchar las alertas de la mente, dejarse convencer por otros de que ese miedo que se siente es vergonzoso y debe ser ocultado, no sólo debilita sino que propicia una nueva forma de manipulación totalitaria.

Tengo miedo y no reniego de él. Es un miedo meditado, razonado y, por tanto, prudente. Es un temor que tiene una causa objetiva y, como lo sé, como conozco qué lo provoca, su poder de manipulación merma considerablemente. Mi miedo es feo, pero práctico. Me permite gestionarlo.

El poder que tiene el miedo es considerable y eso lo hace brutal. Pero el hombre tiene recursos para combatirlo. El hombre que sabe de dónde viene su miedo y no reniega de él, al final logra destruir la causa que lo origina.

¿No tengo miedo? ¡Sí, claro que tengo miedo! Tengo miedo a la tolerancia con la que nuestros políticos tratan a personas con largos historiales delictivos y fichadas por sus devaneos amorosos con grupos terroristas islamistas. Gentes que deambulan por nuestras ciudades utilizando en provecho propio todos los derechos que una democracia ofrece. Individuos que sacan los colores al Estado una vez cometidos los atentados, que es cuando los medios de comunicación, en un feroz alarde de amarillismo, hacen públicas las fichas policiales de los asesinos. Tengo que reconocer, también, el miedo que me provoca la fidelidad ciega que los medios de comunicación sienten por sus amos.

El miedo ante situaciones reales no es cobarde, es útil.

En defensa del miedo razonado.


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