—Para mi desgracia, ni las moscas pasan.
Allí estaba, donde solía, meditando solitaria en aquel oscuro rincón. Se sentía observada, la mayoría de las ocasiones con asco por quien la descubría. Acosada otras y obligada a emprender la huida casi siempre, retornaba a casa para, con resignación, bisbisear entre quelíceros:
—Para mi desgracia, ni las moscas pasan.
—Para mi desgracia, ni las moscas pasan.