Ensueños

Publicado el 05 septiembre 2015 por Isabel Topham
Eran las 4 p.m cuando se había despertado de la siesta con un charco de babas en el reposabrazos en el que tenía apoyada la cabeza. Estaba sofocada, empapada en sudor y con unas ganas enormes de empotrar al primero que se le pusiera por delante, apretarle los glúteos hasta que se la pusiera bien dura. Se había despertado con la revista de chicos sobre la cabeza a la que echaba un ojo antes de quedarse dormida, dando protagonismo al chico con el que estaba en su sueño. Iban en un descapotable rojo, era de noche, entre montañas y por mitad de la nada, en una carretera de doble carril, uno de ida y otro de vuelta. Sin embargo, no vagaba ningún coche por allí. Él era quien conducía sin camiseta, mientras ella apoyó su cabeza en su trabajado abdomen con una pose típica de chica adolescente enamorada. Pero, no tardaron mucho en parar en un pequeño local de carretera abandonado para irse a los asientos traseros del coche. Ella, sentada en sus muslos, gimoteando, gritaba sin parar mientras tiraba con fuerzas de su pelo. Él parecía estar controlando la situación, aunque de vez en cuando pegaba algún que otro grito, sin distinguir muy bien si era de placer o dolor. Sin ni siquiera haber terminado ni saber cómo acaba el sueño, sin previo aviso, se despertó.
Casi en un estado de sonambulismo, se fue directa a la cama, rápidamente, procurando que la remota posibilidad que pudiera tener para continuar el sueño siguiera en su cabeza. Tan pronto se levantó del sofá como se acurrucó en la cama, al lado de su marido. Poco a poco, notaba como un calor ardiente caía por su garganta, respiraba pausadamente, y gemía muy seguidamente. Sentía el vaho de su boca acariciarle el vello del cuello y de la espalda, mientras bajaba lentamente hasta su pelvis. Apenas había luz en aquella habitación, y la poca cantidad que hubiese entraba por un pequeño agujero que tenía la persiana desde hacia varios meses. Sentía el calor de sus mandíbulas acariciando jugosamente su clítoris, mientras tenía en su cabeza, esta vez, la imagen de aquel hombre que, minutos después de llamar, se presentó en la puerta de su casa para arreglar la cañería de la cocina que estaba estropeada desde ya hace varios días, con un mono azul desabrochado hasta la cintura, las manos grasientas de sujetar una llave inglesa en ellas con la que jugaba entre sus dedos y la caja de herramientas en el suelo. Era alto, moreno y no tan musculoso como el de aquel sueño. Era guapo. A quien en cuanto abrió la puerta, y tras repetirle un par de veces la misma pregunta con tal de saber dónde estaba la cocina, le señaló con el dedo el camino, procurando disimular al recogerse el flequillo que se le venía a la cara su ensimismamiento,  En cuanto abrió la puerta, y tras repetirle un par de veces en dónde está la cocina debido a su ensimismamiento, se despertó mientras añadió ─ por allí.
Estaba cachonda, y a medida que escuchaba su nombre en forma de suspiro se estremecía de repente. Un hilo de escalofríos le recorrió toda su espalda, y no podía desviar su mirada a cualquier lugar que no fuera su culo. A pesar de sujetárselo con sus dos manos, sentía la necesidad de estamparlo contra algo. Aunque sea contra la encimera de la cocina, sin ser menos que la mesilla de noche, o la cabecera de la cama. Se relamió varias veces seguidas sus labios con la lengua, plácidamente, sintiendo más ganas de cogerlo y sentarlo encima suya. Su tono de voz, al menos, en aquellos minutos, era bastante particular. Escuchó repetidas veces su nombre, pero tan sólo se limitó a asentir con la cabeza sin escuchar siquiera ninguna de sus palabras. Ni siquiera sé paró a escuchar quién era verdaderamente aquella voz. En aquel momento, le daba igual; tan sólo quería terminar lo que había empezado y no consiguió acabar. Pero, las voces seguían hablando por sí solas.
Ella, en un acto de inconsciencia, le ponía cada vez más empeño y ganas en aquellos últimos minutos en los que, por un momento, parecía que se había callado aquella extraña, pero familiar, voz. Sólo escuchaba sus fuertes latidos casi arrancándole el pecho y los gemidos de ambos, haciéndolo cada vez más lento. Pero, no. La voz volvió a romper el silencio de aquella habitación, despertándola por completo, sobresaltada, y con el corazón a mil por hora. Sin ni siquiera tener la intención de acabar lo que habían dejado a medias. Su marido, quien se encontraba boca abajo, asomó la cabeza entre sus piernas, asombrado de aquel intenso grito diferentes al resto de los de aquella tarde cuando ella cerró por completo sus piernas y le echó a patadas de allí, se quedó perplejo observando cada uno de sus movimientos, sin entender ni media palabra, vio asquear la cara al momento de tumbarse de nuevo en la cama, y seguidamente, se giró y, acto seguido, se quedaba dormida; mientras él, aún sorprendido por todo, quiso buscar una respuesta en donde sólo había silencio.
El deseo nace cuando la realidad pierde su encanto.