
Etiquetar equivale a limitar, a cerrar caminos. Etiquetar es rotular, encasillar y hasta diría sentenciar. ¿Por qué muchas personan vivenponiendo etiquetas a todo el mundo? ¿Por qué esa necesidad de que todo nos cierre de algún modo? “Robertito es de lo dulce y Danielito es de lo salado”, “no ves que sos torpe”.. Incluso muchas veces nos etiquetamos a nosotros mismos para saber en donde estar parados, para sabér qué somos.
Deberíamos revisar como nos expresamos cotidianamente hacia los demás, porque encasillándolos no estimulamos sus potenciales que seguramente no estarán a nuestra vista.. Como bien dijo el Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Y si ese potencial invisible a los ojos está, con las “malditas etiquetas” podríamos dejarlo muerto para siempre.
Cuando etiquetamos a otro emitimos un JUICIO de valor sobre la otra persona, determinamos por ciertas actitudes observables, cómo es esa persona sin saberlo realmente. Somos mucho más que lo que ven los demás de nosotros y tenemos el derecho a reservarlo.
Hace muy
poco me sucedió que estando en una reunión laboral, mientras tomábamos el café
habitual previo a comenzar nuestra tarea, una compañera hizo un comentario
sobre mi persona que me dejó bastante atónita. Resultó ser que estábamos
conversando sobre los abrazos y las demostraciones de afecto. De pronto, dirigiendose a mí dijo: "Ella es fría". Suele suceder que
personas que se abrazan públicamente, se dan vuelta y hablan mal de esa
misma persona que abrazaron segundos antes. Yo no soy ese tipo de personas.
Abrazo cuando realmente siento algo por esa persona que recibe mi demostración.
Beso cuando tengo un vínculo afectivo que me motiva a ello. No voy por la vida
besando y abrazando gente. Pero sí lo hago cuando lo deseo, cuando lo siento. Alguien que me
conoce hace veinte tantos días, no está apta para emitir un juicio de valor
sobre mí, para etiquetarme como fría frente a mis demás compañeras de
trabajo ni frente a nadie. Me tomó por sorpresa, me sentí “mal tratada”,
evaluada y juzgada. Alguien que no sabe nada de mí, me estaba poniendo en un
lugar que no es el mío. Evidentemente lo esencial era invisible a sus ojos.
Siendo docente desde hace muchos años, he visto con cierta frecuencia a colegas que etiquetan a sus alumnos con comentarios absolutamente destructivos. Con qué derecho podemos hacer que un niño con su vulnerable cabecita, se convenza de que es “malo”, de que es “insoportable” o cuantos otros adjetivos descalificativos se nos ocurran. Las etiquetas no siempre descalifican, a veces ponen al otro en una exigencia que quizas no está apta para respnder o no es de su agrado: "Paulita es tan inteligente", "Susanita es tan colaboradora". Muchos padres queremos que encajen en el patrón que tenemos preparado para ellos desde que supimos que existían. Y esas exigencias las trasladamos a cuanto nos rodea. ¿No será que la propia inseguridad nos lleva a “ETIQUETAR” a otros?

Mejor dejemos las etiquetas para los vinos y para las prendas y permitamos que las personas tengan la oportunidad de SER LO QUE QUIERAN SER. No hay una sola opción que encasille a alguien. Todos lloramos, nos enojamos, gritamos o estuvimos inquietos alguna vez y no por eso somos “llorones”, “cabrones”, “gritones” o “inquietos”.
Cuánto mejor sería que podamos construir en vez de destruir, potenciar todo aquello positivo para que pueda salir a la luz.
