Revista Talentos
Sorprendentemente, el cielo sigue ahí, tan claro. Son las ocho y media de la tarde. Una tarde de domingo, sea de invierno o primavera, suele proceder así: detiene el tiempo durante horas. Hoy parece que la gracia se ha extendido a casi todo el día. Estas prolongaciones desdibujan las fronteras. Durante la semana vamos de aquí para allá y sabemos con cuántas monedas se pasa este o aquel peaje. Quizás, lo mismo que distrae, agota.
La tarde del domingo nos exonera de calcular. Las monedas están allí, sobre la mesilla de noche, como dormidas: una misteriosa transfiguración de la intimidad. Si se sabe mirarlas, si no se apresura uno a introducirlas en el bolsillo, en adelantar el lunes, entonces susurran esa verdad. Esa, la de los domingos por la tarde.
La tarde del domingo nos exonera de calcular. Las monedas están allí, sobre la mesilla de noche, como dormidas: una misteriosa transfiguración de la intimidad. Si se sabe mirarlas, si no se apresura uno a introducirlas en el bolsillo, en adelantar el lunes, entonces susurran esa verdad. Esa, la de los domingos por la tarde.
