“Los ojos brillaban entonces a la luz de la gran fogata, todo existe y todo no existe cuando lo ilumina el fuego, pero la gran verdad de esa eterna luz que desvanece la ignorancia del ser era más potente en ese momento primigenio, antiguo como nuestra vergüenza y novedoso como nuestra libertad. Estábamos fuera de la Ciudad y su existencia intermitente brillaba como un sol de mediodía en medio de la oscuridad durmiente, esperábamos atentamente la voz del paciente Maestro, todos reconocíamos sus ojos calmos y cómicamente trágicos en medio de los oscuros paños de la noche. De repente el silencio fue interrumpido no por la voz del Maestro sino por el aullido de miles de espectrales perros, todos nos estremecimos en silencio pero nadie dijo nada. Desde el principio sabíamos que los perros podían ser echados sobre nosotros con tanta naturalidad, como desde hace mucho se acostumbraba encomendarlos para purificar la Ciudad de sus desechos, tanto podíamos ser hoy nosotros como cotidianamente se encargaban de los viejos sirvientes, como de los vagabundos, como de los hijos moribundos de los esclavos sin pan. Los perros salvajes eran el bárbaro rostro de la Ciudad solo que nadie lo conocía mientras su vida se desarrollase tras sus muros protectores: en la plaza pública, en el templo, ni en el hogar.
(Escrito en octubre de 2010)
Nota:
Es este principalmente un fruto de la lectura miope que hice durante algún tiempo de autores como R. Graves, o L. Abraham, hombres con un tremendo compas poético aun en sus pensamientos más prosaicos.
Es además un homenaje a los luchadores.