Revista Literatura

¡hasta siempre, labordeta

Publicado el 19 septiembre 2010 por House
Acabo de enterarme hace unos minutos de la muerte de José Antonio Labordeta. Y me he quedado helado. Sabía que estaba enfermo, y que esa brutal enfermedad que se llama ‘cáncer’ lo estaba devorando, pero en un reportaje que vi por televisión hace unas semanas lo encontré un poco más repuesto. Aquella imagen me hizo pensar que era él quién empezaba a ganar la batalla: al menos, habían declarado mutuamente un armisticio. Pero veo que la realidad, muy cruda, no ha sido así. Al contrario.
¡Hasta siempre, Labordeta!
Conocí a José Antonio hace ya varios años, bastantes, en un entorno político y social. Desde entonces, siempre que me lo tropezaba era el mismo. Despreocupado consigo mismo, pero comprometido con los demás. Recuerdo verle con frecuencia en la famosa cafetería ‘Calgary’, de Zaragoza, muy próxima a su casa. En una esquina de la barra, de pie, leyendo la prensa, mientras degustaba un café con leche y unos churros. Quería pasar desapercibido, sin ser visto ni reconocido. Pero era imposible. Labordeta, como se le llamaba en muchos círculos, era imposible que pasara desapercibido para los zaragozanos en primer lugar, y para el resto de aragoneses, en segundo. Tampoco pasó inadvertido para los que nunca nos sentimos zaragozanos, aunque viviéramos allí. Cuando la gente lo reconocía y lo paraba para preguntarle algo, proponer alguna cuestión o, simplemente para pedirle un autógrafo, siempre estaba ahí, al pie del cañón. Nunca decía que ‘no’. Siempre que podía estaba y se hacía presente. Formaba parte del paisaje urbano de la ciudad, y no siempre como a él le gustaba. Pocas veces en el anonimato absoluto. Era imposible. Labordeta era mucho Labordeta para pasar por las calles zaragozanas sin ser visto ni oído.
Recuerdo que en una ocasión lo abordé para pedirle un favor. Mejor dicho para pedirle que le hiciera un favor a un amigo mío, un gran poeta. Iba a presentar un poemario y quería que él, el mismo Labordeta, apadrinara el acto. No tuve reparos en decirle lo que había. Y él tampoco escatimó esfuerzos en querer saber más de mi amigo y de su obra. Al final excusó su presencia. Aunque le encantaba la idea de poder asistir a la presentación de aquel poemario, lo cierto es que no podía. El día de autor, él debía estar en el Congreso de los Diputados ejerciendo las funciones propias de diputado al congreso por la CHA. Bien que lo sintió. Y no era fingido. Para fingido, la actitud de otras y otros, que diría la ínclita Bibiana Aído. Huyó siempre de la hipocresía. Los otros, no.
Así era Labordeta. Cercano. Humano, Solidario. Justo. Comprometido. Sencillo, Culto… y no sé cuántos adjetivos más, que no enumeraré para no cansar. Era el mismo que  bajo ese sentimiento solidario, justo y ético, era capaz de mandar a la mierda (con perdón) a determinado grupo parlamentario porque, muy educados ellos, le abucheaban durante su intervención parlamentaria. Era el mismo cuando, otro día, saliendo de ‘Calgary’ se tropezó a una vecina que venía cargada de la compra. Era un viernes –lo recuerdo como si hubiese sido hoy-, y ya sabemos cómo cargan las madres hacendosas para el fin de semana. Tras saludarla, y al ver que la buena mujer llevaba en cada mano varias bolsas, se las quitó y las llevó él los escasos metros que hay desde esa cafetería hasta su casa. Su escolta se apresuró a ayudarle, pero con esa voz recia y dura que tenía, le respondió secamente ‘¡No!’ Aquello fue suficiente para demostrar a la sociedad zaragozana que, a pesar de su condición aforada, no se le caía el pelo por ser un ciudadano más, de a pie. Y ejercer como tal. Que tomen nota otros.
Dicen que siempre se muere el mejor porque se está a la espera de su marcha, para ensalzarlo, encumbrarlo y alabarlo. No es el caso. José Antonio huiría de tantas loas. Era un hombre sencillo. Pero ello no era obstáculo para que fuese uno de los grandes en el mundo cultural y literario. Su vastísima producción literaria y musical le aupó irremediablemente al podio. No es el momento de relacionar sus obras musicales ni poética, ni narrativa. No es necesario. Fue uno de los mejores escritores y cantautores de las últimas décadas. Y siempre ejerciendo con humildad, sencillez y generosidad. ¡Cuánto deben aprender otros que atufan y apestan a egos amanerados!
Huelga también comentar su actividad política en diferentes estadios. Era un hombre comprometido. Se comprometió hasta los tuétanos. Primero con su actividad socio política, después con su guitarra como cantautor, a continuación con sus libros, y para terminar con su acta de diputado. Precisamente por ese compromiso es por lo que huía de alabanzas y tributos. Por eso, estoy seguro que ya habrá soltado algún ‘caguen…’ si se ha enterado que en la Cesaraugusta de cachirulos ajados y boinas atornilladas, se están preparando grandes homenajes y parabienes en su honor.  
Si que considero primordial anotar un asunto. Al César lo que es del César… Bien sabido es por todos los seguidores de este espacio ‘mi simpatía’ por Zaragoza y su entorno. Una ciudad que destila acidez, hielo, tirria y similares. Conozco a tres personas que han sido las tres únicas personas que yo he conocido en más de tres décadas que han hecho algo ‘decente’ por sacar a esa ciudad de su eterno letargo. Siempre bajo un prisma cultural. Los tres autores. Los tres, tres caras visibles de la sociedad zaragozana. Luis del Val, Juan Bolea. Y el tercero, José Antonio Labordeta.
Labordeta ya forma parte de la Historia de España. Otros quisieran seguir sus pasos. Pero hay grandes diferencias. Mientras alguno presume de lo que no es ni será, aunque se vanaglorie en intentarlo, él lo fue por méritos propios. Un ejemplo que muchos zaragozanos debían imitar. Seguro que la ciudad cambiaría. Buena falta le hace.


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