Revista Talentos

Hola, me llamo marta…

Publicado el 02 enero 2016 por Aidadelpozo

Aquella tarde recibí su primer mensaje por DM. Por mi condición de escritor tengo la opción de recibir mensajes directos en Twitter pese a no seguir a quien me los envía. Es un modo como otro cualquiera de hacer que todo aquel que desee ponerse en contacto conmigo, tenga varias opciones para hacerlo y no solo el mail que aparece en mi perfil.

Cuando me llegó su mensaje, no presté mucha atención pues fue un simple Hola, me llamo Marta. Cerré el DM y continué poniendo tuits, contestando notificaciones y estalkeando alguna página de tuiteros que me seguían para ver qué podía coger de ellos para que mi muro resultara interesante.

Lo cierto es que no estaba inspirado aquella tarde. Había discutido a primera hora con mi pareja, en la jornada laboral había tenido diferencias de opinión con mi supervisor y en mi tiempo de descanso no había podía redactar ni dos frases de la novela en la que trabajaba.

Al llegar a casa encontré a mi chica de brazos cruzados frente a la puerta y con cara de pocos amigos. No me importaba que llevásemos cerca de dos semanas sin sexo, lo que me preocupaba es que la discusión se aproximaba más a una crisis en toda regla que a una mera discusión de pareja con la consiguiente reconciliación entre sábanas, como siempre había sido hasta aquella ocasión.

Cuando cerré la puerta, Laura me recibió con un gesto frío y me dijo que se iba a casa de su madre a meditar sobre todo lo acontecido. Lo acontecido se resumía en que quería formalizar una relación de cuatro años que, a mi entender, funcionaba perfectamente sin formalización alguna. Quiero tener papeles, dijo ella, cuando añadió la palabra matrimonio a la conversación. Y, aunque yo sabía nada más empezarla, por dónde iban a ir los tiros, no estaba dispuesto a tomar en serio ninguna de las dos palabras: ¡matrimonio, papeles! Como si los años vividos se tuvieran que acotar en una valla llamada matrimonio, como si los sentimientos tuvieran que encerrarse porque después de cuatro años pudieran salir corriendo por la ventana y alejarse de nuestra casa. Y esos fueron los hechos que derivaron en que mi chica decidiera marcharse a casa de mamá a deliberar acerca de lo nuestro: uuna enorme discusión que zanjé largándome de allí y regresando horas más tarde, cuando estaba seguro de que Laura ya estaba dormida.

Pese a tomar la puerta y marcharme, la discusión, obviamente no había acabado. Dos semanas llevábamos dando vueltas al mismo tema, hasta el punto en que nuestras posturas no solo tenían visos de acercarse bien poco, sino que por nuestra propia personalidad rebelde y terca, estaban alejándonos cada vez más.

Llegados a ese punto, aquella misma tarde tomé conciencia de que si no zanjaba el tema de una vez por todas, hasta mis musas se iban a cabrear conmigo. De hecho, ya lo estaban, puesto que no había conseguido escribir nada interesante en unos cuantos días.

Por ese motivo, había comenzado a evadirme mediante las redes sociales, publicitando mi antigua obra, escribiendo pensamiento o versos libres acompañados de hastags o fotografías. Hasta que llegó el DM en cuestión, la postura en jarras de Laura y la noticia que se marchaba para pensar. A casa de su madre. Una mujer divorciada y seca como una pasa, no seca de cuerpo pues aún era atractiva a sus cincuenta y muchos años, sino de corazón y alma, si acaso la tuviera. Ana, que así se llama mi suegra, aconsejó a Laura que me hablase del tema de los dichosos papeles. Esa arpía, que había dejado arruinados a sus dos maridos, dejándolos enjutos y encanecidos, se habían casado robustos y con los cabellos más negros que un tizón. Esa misma mujer divorciada, amargada y envidiosa de la felicidad ajena, aconsejaba a su hija que hasta hacía dos semanas sonreía, que tenía que vestirse de blanco, invitar a doscientos extraños para mí y conseguir unos papeles que demostraban lo que ella ya sabía con certeza ciega: que yo la quería.

Tras dos semanas más de reflexión en casa de su madre, Laura me llamó por teléfono anunciándome que regresaba. Contesté a esa llamada diciendo había llegado el momento de tomar caminos diferentes, que volviera por supuesto, pero para recoger el resto de sus cosas.

Os preguntaréis qué sucedió a lo largo de esas dos semanas para que yo actuase con tanta frialdad, porque eso es lo que parece, lo sé, que fui frío y que no tengo sentimientos. Estaréis confundidos, diréis que algo de la historia me he merendado con seguridad, pues cuatro líneas antes, he afirmado que quería a Laura.

Es cierto, me he saltado dos semanas de acontecimientos, pero lo que habéis pasado por alto es un sencillo DM del que he hablado nada más relatar los hechos, un DM que recibí el mismo día en que encontré a Laura esperando en la puerta de casa para anunciarme que se tomaba esas semanas de reflexión.

Cuando alguien se toma tiempo para reflexionar, debe ser consciente de que da tiempo para que la otra parte lo haga también. Yo recibí un DM y comencé a reflexionar.

Ese día, aún sin reaccionar y dando vueltas por el salón, seguí escribiendo en las redes sociales y, llevado por la curiosidad, abrí de nuevo mi DM donde aquella desconocida había escrito su saludo. Abrí después su muro y observé durante unos minutos su foto. Una mujer atractiva, de unos cuarenta años, pelirroja, enseñando sus dientes blancos en una sonrisa sincera. Se llamaba Marta, al menos eso ponía en su perfil y así se había presentado en el escueto DM.

Sus últimos tuits eran reflexiones sobre la vida, el amor, las amistades y la familia. Un muro como muchos en apariencia, pero la que no era como la de mucha gente era su sonrisa. La suya era especial, de esas que invitan a acompañarla. Abrí DM y contesté a su saludo.

-Hola. No te sigo... pero estoy encantado de que me hayas saludado.

Silencio durante más de media hora. Seguí a mis cosas. De pronto, en mi móvil un aviso de DM. Era Marta que contestaba a mi DM.

-Hola. Lo sé. Leí un tuit tuyo hace un par de días, no puedo recuperarlo porque ni siquiera lo retuiteé. Pero me encantó. Vi que puedes recibir DMs aunque no sigas a tu interlocutor, así que decidí saludarte.

-Te lo agradezco.

-Quería decirte que compre tu novela pero no me dio tiempo más que a decirte hola. Me llamaron por teléfono y no pude continuar. Seguro que te resultó de lo más extraño mi "hola, me llamo Marta" a secas. Por cierto, me gustó tu obra. ¿La vas a publicar en papel?

- La tengo en papel pero no está a la venta en Amazon sino que únicamente la comercializo yo. Unos cuantos ejemplares para quienes realmente estén interesados en leer tocando... ¿La quieres?

-Me gusta oler el papel y adoro el tacto de un libro. Deseo comprarla. Envíamela dedicada, por favor.

- Eres de Madrid, por lo que veo en tu perfil...

- Como tú.

Parecía un tanto atrevido, casi desesperado por conocer a esa mujer. Sentí que así ella me iba a intuir y quise frenar. Pensé que la asustaría siendo tan directo pero, a fin de cuentas, ella me había saludado sin que siquiera yo la siguiera. Así que continué algo más calmado, en apariencia.

-Puedo enviarte un ejemplar por correo si me das tu dirección.

- ¿Cómo te lo pago?

No pienses mal de mí por favor, pero la te la entrego en mano, dado que ambos vivimos aquí, la novela cuesta lo que vale un café.

- ¿Cuándo y dónde me entregarás el ejemplar firmado y te haré el pago del café?

- ¿Aceptas?

- ¿Cómo no aceptar un regalo así? Como te he comentado, me gusta el papel. Tocar los libros, olerlos. No me acostumbro a los ebooks. Un café es un precio muy pequeño para lo que sentí al leer tu novela. Además, podré conocer a su autor y eso es todo un regalo.

- ¿El viernes a las siete en la Puerta del Sol? ¿O prefieres que te recoja en algún lugar?

- Sol está bien. ¿Eres el de la foto de tu perfil?

- Sí, no oculto mi rostro, me gusto, jajajaja

- Yo soy Marta, la de la foto, tampoco oculto el mío, considero que no tengo por qué.

- ¿Incluida la sonrisa?

- La sonrisa es lo único auténtico que poseo.

Enigmática respuesta, pensé.

Cuando nos conocimos, no podía parar de mirarla. Ahí estaba yo, esperando en la Mallorquina, nervioso e impaciente. Cuando ella llegó, alumbró toda la plaza. Suena a frase de escritor de novela romántica, pero es que lo hizo. Su sonrisa era tan brillante como la de la foto. Nos saludamos con dos besos en las mejillas y nos dirigimos sin rumbo fijo, hacia el primer café agradable que nos encontrásemos. Mientras caminábamos me decía que era un tonto por no haber planeado llevarla a un lugar especial pues ella lo merecía. No parecía que ella estuviera pensando lo mismo que yo pues, a juzgar por su sonrisa, estaba a gusto paseando a mi lado.

Encontramos un Café y The y entramos. Ella pidió un descafeinado de máquina en vaso y con leche desnatada y sin azúcar. Sonrió al camarero amablemente y él devolvió la sonrisa abiertamente, sin importarle demasiado que yo estuviera presente. Yo pedí un café solo. Cuando cogí la taza percibí por primera vez mi nerviosismo.

Marta aparentaba unos treinta y cinco, no más. Yo acabo de cumplir los treinta. Llevaba un vaporoso vestido azul y sandalias de cuña del mismo color, un pañuelo de colores a modo de cinturón y un bolso bandolera blanco. Era una mujer atractiva que se sabía encantadora. Lo demostraba cuando sonreía abiertamente, cuando con una frase elocuente, mostraba sus dientes blancos en una carcajada sincera. Reímos como si nos conociéramos de siempre. Pronto olvidé que no nos conocíamos, y más pronto aún, que estaba nervioso.

Una semana después, tras un par de citas más en el mismo café, la cita fue para comer. Aquella tarde, tras la comida y mientras paseábamos por el centro de la capital, aminoré el paso, sin darme cuenta, hasta quedarme mirando la entrada de un hotel. Marta sonrió y asintió con la cabeza. Entramos.

Era incapaz de apartar mis ojos de ella cuando se desnudó ante mí. La luz que entraba por la ventana iluminaba su sonrisa y daba a su mirada más seguridad en sí misma de la que aparentado normalmente. Poseía una madurez hermosa. Sus imperfecciones eran divinas, la calidez de su cuerpo se percibía sin siquiera tocarla. Me acerqué a ella y la estreché entre mis brazos. La sensación fue extraña, fue como regresar al hogar. Me pareció que estaba delirando. Después de estar abrazado a su cuerpo y de oler su cabello y sentir su corazón palpitar al unísono con el mío, me atreví a mirarla. Primero sus ojos y después su boca. Nos besamos.

No conté las horas. Cuando decidimos irnos, simplemente nos duchamos juntos y tras secarnos mutuamente, nos vestimos. Nos despedimos con un hasta luego. En cuanto llegué a casa, la escribí por DM.

-Aún no tengo tu teléfono. ¿Me lo darás al fin o seguirás diciendo que con Twitter tenemos suficiente?

Me dio su número y aquella noche hablamos por wassap durante horas. Nos despedimos a eso de las once. Nos dimos los buenos días al día siguiente. Deseaba verla. Hotel y teléfono se repitieron durante la semana siguiente, hasta el sábado. Ese día me invitó a su casa.

Vivía en el sur de la capital, en una casa de tres habitaciones y dos baños, de nueva construcción. Un ático en una urbanización con piscina. En la enorme terraza que rodeaba la vivienda, jardineras, césped artificial, enredaderas, una tumbona de ratán, una mesa con cuatro sillas, un cenador con techo de paja y candelas de cristal de colores colgando del mismo. Un lugar para soñar. Pero yo quería ver su dormitorio, descubrir la habitación donde Marta dormía y soñaba, sin ser consciente de que lo hacía. Sueños, no ensoñaciones. El jardín era un lugar para soñar despierto, la alcoba para hacerlo sin querer. En mi cama, yo soñaba con ella antes de dormir. No recordaba qué soñaba estando dormido. Intuía que con ella. Deseaba que Marta soñara conmigo.

El dormitorio era blanco. No había nada que rompiera la blancura de la estancia con excepción de una pequeña manta sobre el sillón blanco que había al lado del gran ventanal que lo iluminaba con luz natural aquella tarde. Al lado del sillón, una lámpara de pie y en el suelo, una torre de libros. Al lado, una estantería baja con más libros y varios adornos que evocaban el mar: conchas, caracolas de diferentes formas y tamaños, un pequeño velero de cristal y un móvil con gaviotas, que colgaba de la parte superior de la estantería mediante un fino cordón. Hicimos el amor en aquel dormitorio. Fue en ese momento cuando tomé conciencia de que la amaba.

Pocos días después, en la misma habitación, Marta me contó que había estado casada y que fue muy feliz. Su marido y su hija habían muerto el año anterior. Sonrió cuando lo contaba y no lo entendí entonces. Después me preguntó si la amaba. Contesté que sí. Me preguntó también si había alguien en mi vida. Antes de que contestara, ella me dijo que había alguien en la suya: yo. Seguidamente y tras depositar un suave beso en sus labios, contesté que ya no había nadie. No mentí. En aquel mismo instante había tomado la determinación de no volver con Laura.

Unos días más tarde me volvió a hablar de su familia y sobre el día en concreto en el que perdieron la vida y la suya se fue con ellos. Marta debía recoger a su hija de un cumpleaños. Llamó a su esposo. No podía llegar a tiempo pues la reunión no había finalizado aún. Llovía copiosamente. Hubo un aparatoso accidente en la M30 en el que se vieron involucrados varios automóviles, incluido el de su familia. Su marido y su hija murieron al instante.

- Durante un tiempo me castigué pensando que, si hubiera recogido yo a Lidia, nada de lo que pasó habría sucedido. Roberto llegó media hora más tarde de la fijada para recoger a nuestra hija. Media hora antes aún no había empezado a llover. Soñaba con ellos cada día, soñaba que me culpaban por lo sucedido. Cuatro meses de tratamiento después, soñé con Lidia. Me lanzó un beso con la manita, iba cogida de la de Roberto, que también me sonreía, me pidieron que caminara y se despidieron. No volví a soñar con ellos. Desde entonces, camino y sonrío, incluso cuando recuerdo aquel día. No he vuelto a culparme por lo sucedido. Todo lo contrario, si alguna vez lloro, es de alegría al recordar anécdotas, momentos, sonrisas...

-Tu sonrisa especial.

-Ahora la tengo por ti.

Lo cierto es que, de no haber llamado Laura dos semanas después de que se fuera a casa de su madre, lo hubiera hecho yo para despedirme. Ya no concibo mi vida sin Marta. Suena a locura, lo sé, pero, ¿qué es el amor sino una maravillosa locura? Yo jamás había amado, lo he averiguado ahora que la he conocido y sé que sé que ha llegado para quedarse. Me gusta su sonrisa, su forma de afrontar la vida, su manera de amar, su valor y su fortaleza. Las musas regresaron cuando hicimos el amor por primera vez. Lo cierto es que mis musas eso esperaban, que mi corazón se llenara con el calor de otra persona. Estaba templado, digámoslo así, y ahora me arde en el pecho cuando estoy con ella.

Aunque es una mujer muy segura de sí misma, ha tardado en confesarme su edad: cuarenta y uno. Me he quedado de piedra pues no los aparenta ni mucho menos. Nos separa el tiempo pero nos une el amor le dije cuando, tras confesármelo, comenzó a sentirse inquieta. Su vulnerabilidad me ha conmovido y a la vez excitado. Hemos hecho el amor de tal manera que cualquiera diría que acabábamos de escuchar en las noticias que el mundo iba a acabarse al día siguiente. Tras ducharnos, me ha dicho que la vida une a personas muy diferentes en personalidad e ideas pero que, en nuestro caso, se ha reído un poco de nosotros por haber hecho que naciéramos con más de una década de diferencia y que algo se nos ocurriría para paliar ese pequeño fallo.

He guardado en el cajón la novela que empecé y he comenzado otra cuya protagonista es una pantera negra con melena roja y sonrisa felina pero también dulce. Marta es una mujer-pantera-paradoja. Mi paradoja, en sí misma. Aunque siento que será mi paradoja para lo que me resta de vida, Marta es muy dada a sujetarme al suelo y solo me deja volar si lo hacemos juntos. Dice que el futuro no existe, que no le dé vueltas y que no hagamos planes. Ella sabe bien de lo que habla pues nos separan muchas vivencias y unos cuantos años y ese hecho la ha hecho más realista que yo. Aunque, cuando miro sus ojos después de hacer el amor, veo en ellos una llama de esperanza y mi reflejo me devuelve la imagen de un hombre que ha madurado en tan solo dos semanas. Y yo la veo como una joven que vive de nuevo una gran aventura, la de amar otra vez, así que los años que nos separan se acortan en el tiempo, como si entráramos en un túnel mágico que nos une cada día un poco más.

El tiempo, me digo, el tiempo, ¿qué es sino lo que nosotros hacemos de él? Y cuando la miro y le digo que la quiero, ella me dice, somos presente y ahora estamos bien. Dejemos que fluya lo que deba fluir... No repite mis palabras, no me contesta: y yo a ti. Aunque así lo prefiero porque sé que cuando me lo diga, será porque realmente lo siente.

HOLA, ME LLAMO MARTA…

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