
Si existieran serias razones para creer en la teoría del criminal nato de Cesare Lombroso, ya me habrían llevado a prisión muchas veces sin preguntar por qué y sin haber pasado por juicio previo. No hace mucho decidí profundizar un poco en las características de lo que en el siglo XIX denominabanHomo Criminalis. Debo reconocer que mientras leía el trecho en el que se enumeraban las cualidades fisonómicas del delincuente, tuve la impresión de estar frente a un espejo y no frente a la pantalla de un ordenador. Es verdad, tengo la mirada penetrante, un rictus en mi boca que se ve como si estuviera siempre sonriendo con malicia, arcos superciliares pronunciados, frente recta, cabello ondulado y asimetrías varias... En fin, lo cuento:
Hace unos meses entré en una marroquinería para comprar una maleta porque tenía que realizar un viaje de varios días y no tenía ninguna que pudiese contener mis pertenencias. Cuando la vendedora me vio ingresar en el negocio, su primera reacción fue la de abrir desmesuradamente los ojos, luego intentó escapar hacia el fondo del local, pero -ya sin demasiadas chances- acabó levantando los brazos e indicándome con la mirada dónde estaba la caja con el dinero. Traté de tranquilizarla preguntándole -con mi voz más frágil- si podía venderme una valija más o menos grande, pero me interrumpió con una súplica.
-No... Sí, agarre lo que quiera, llévese todo, pero por favor... por favor, no me haga daño.
Como vi que no había forma de modificar su juicio previo, y para no llevar la situación a extremos trágicos, tomé la maleta que más me gustaba y salí disparando del lugar.
