Revista Literatura

Icono, María del Carmen Cerezal

Publicado el 20 octubre 2011 por Adriagrelo
Icono, María del Carmen Cerezal
Laiglesia estaba en esos momentos en que la luz cenital la convierte en un ámbitoperfecto para el recogimiento. Los niños habían terminado de ensayar el coro.Estaban preparando los elementos para el oficio siguiente. El sacristánencendía el incensario que iba a perfumar y sacralizar aún más la celebración.Entrótratando de no hacer ruido para no quebrar la magia del momento. Se deslizóhacia la nave principal, buscando acercarse al altar mayor.Fuecuando la vio. Un brillo dulce, emanado de los cirios que escoltaban el íconode San Vladimir daba a su cabello, casi blanco de tan rubio, reflejos ebúrneos.Era la viva imagen de la pureza.Tratóde no hacer ruido que la perturbara, tan ensimismada en su oración la percibió.Raramente se encontraba sola, así que decidió aprovechar el momento paraacercarse. Casi en puntas de pie. Como si pudiera espantarla.Estabasufriendo una conmoción tan grande que tenía miedo de estallar en llanto. Seahogaba. Pero pidió al santo la entereza necesaria para afrontar ese momento.Con un hilo de voz, la llamó por su nombre. Ella se volvió extrañada, miró sinver y continuó con su plegaria.Entoncesdecidió rozar su mano, apenas rozar.  Lasintió tibia, dulce pero ajena. En ese instante un fárrago de emociones la invadió:pasaron ante sus ojos las imágenes más dolorosas. Su llegada al país lejano yexótico de la mano de  Serguei, su amigode la infancia  con quien  iniciarían una vida posible escapando de laguerra inmisericorde. El aprendizaje de lenguas y costumbres tan extrañas, elbarrio extramuros, la contención de la colectividad que le aliviaba la angustiade la familia ausente y  en peligro, elamor prodigado por su compañero que la hicieron pensar que era retribuido porella. Laniña llegó a esa dicha esquiva que pretendían, iluminándolos  . Vislumbraron una posible felicidad que duróun par de años. Hasta que él entró en sus vidas y Tatiana  se dio cuenta  de que la tranquilidad se esfumaba. El amor laarrasó a su pesar  y comprendió quésentía realmente por su marido. Su mundo se volvió un infierno. Luchódenodadamente contra esta pasión que destruiría su hogar, porque sabía queSerguei no sabía perdonar, pero tenía veinte años y ninguna experiencia de lavida.Huyócon su amante, pero tardó apenas un mes en volver. No podía con su conciencia,extrañaba a su niña desesperadamente.  Sumarido, inmisericorde, ciego de despecho y rencor, cerró para siempre laspuertas de su casa y de su corazón. Nunca más le permitió ver a la niña. Tatianalloró, rogó, suplicó, se humilló de todas las formas posibles. Nada. El odiopudo más. La pequeña jamás salía sola, y ella pasaba horas espiándola pues la acompañantetenía orden estricta de no dejarla acercar. La veía ir a misa, al jardín , apiano. Conocía todas sus actividades pero fisgando tras  de un árbol, entremezclada con otras personas,como un fantasma.Sergueicrió a la niña con todo amor y dedicación, enseñándole a rogar a San Vladimirpor el descanso eterno del alma de su madre. Y  era lo que estaba haciendo en este instante.Por eso cuando la pequeña  de cinco años sevolvió, esa extraña no era más que otra señora que compartía su devoción y lahabía rozado a modo de saludo cómplice, dejando en su manita un perfume delavanda que le recordaba vagamente algo que no podía identificar.

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