Inchátiro ocho: El misterioso señor Granados.

Publicado el 15 febrero 2013 por Gildelopez

   Las Redes Sociales y el Misterioso Señor Granados.
Hace algunos años, junto con mi hermana Estela se nos ocurrió la idea de formar una asociación de los michoacanos, en especial de la región de Tacámbaro que radicamos en el sur de California.
Empezamos con muchos bríos: nos entrevistamos con directivos de otras agrupaciones de paisanos, con don Luis Miguel Ortiz Haro, a la sazón cónsul de México en Santa Ana, y en ocasión de sus visitas, con don Lázaro Cárdenas Batel, con Genovevo Figueroa, Octavio Aparicio y Diego Monroy, entre otros personajes michoacanos.
Todos ellos veían con buenos ojos nuestro proyecto y prometieron su apoyo para cuando tuviéramos una propuesta bien estructurada.
La idea era desarrollar proyectos culturales y educativos, más que económicos o políticos: círculos de lectura, alfabetización funcional, difusión de talentos tacambarenses -locales y exiliados-, promoción turística, etc.
Entre los planes estaba la publicación de un libro sobre Tacámbaro que trascendiera a los usuales catálogos onomásticos y prontuarios de efemérides que más que de historia, parecen libros de estadísticas. El nuestro combinaría historias antiguas y hechos actuales, momentos importantes y sencillas anécdotas cotidianas. Pretendíamos conjugar historia y leyenda, realidad y ficción. Una obra, pues, más literaria que académica.
Ahora bien, para su elaboración era menester documentarnos bien sobre la materia, a fin de "mentir con conocimiento de causa" (Vargas Llosa).
No era mucho el material a nuestro alcance para tal efecto y fue entonces que di mis primeros pasos en la autopista informática. Al 'guglear' "Toma de Tacámbaro", entre el cúmulo de resultados apareció la crónica de ese hecho escrita por don Eduardo Ruiz, que me sirvió de mucho. Lo curioso del caso fue que el sitio de donde venía la nota no era de alguna editorial o institución educativa, sino del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares. Preguntándome que tenía que ver el ININ con mi pueblo, seguí hurgando en la página y mi asombro creció: además de la nota referida, encontré obras pictóricas de Sergio Higareda sobre paisajes del ahora Pueblo Mágico.
El tiempo de que disponía para acceder a la internet era limitado, ya que lo hacía desde una computadora de la escuela en la que estudiaba inglés, pero me propuse investigar y desentrañar aquel misterio en mis siguientes sesiones escolares, pero ya saben: 'el hombre propone...' justo entonces, graves contingencias familiares cortaron de tajo nuestros planes y con ellos se fué al olvido mi propósito detectivesco.
Luego de varios meses, la emergencia pasó y todo volvió a la normalidad, pero el proyecto fue arrumbado: eran otros los actores en la escena política y era mucho lo que teníamos que reacomodar en nuestras actividades cotidianas.
Con el tiempo y con el advenimiento de los smart phones, dispuse de mayor conectividad y gracias a una jornada laboral que me dejaba tiempo suficiente, navegué a mis anchas por el ciber océano. Música, cine, libros, noticias, estaban ahora a mi alcance en segundos.
Llegó entonces el boom de las redes sociales y la posibilidad, literalmente, de interactuar con todo el mundo.En pocos meses tenía cientos de amigos en Facebook y otros tantos seguidores en Twitter. Recorrí el ciclo habitual de tales sitios: descubrimiento-adicción-hartazgo.
Alcancé un nivel de saturación, en que ya casi no frecuentaba a mis 'amistades' virtuales.Entonces, llegó el aviso de que un amigo de la infancia, Adrián Álvarez me había incluído en un grupo de FB llamado Todos Somos Tacámbaro. Curioso, entré para ver de qué iba la cosa.
No bien ingresé, cuando las redes sociales cobraron un nuevo sentido para mí: se convirtieron en mi herramienta para desenterrar recuerdos que creía perdidos, recuperar la comunicación con entrañables amistades. En breve: rescatar mi pasado.
Me puse al día de lo que había sido la vida de muchos amigos estimados. Siempre encontraba en la página del grupo alguna historia interesante, una foto de algún rincón amado de mi tierra, etc.
Seguía con interés las publicaciones y eventualmente participaba con mis notas y opiniones. Entre los comentarios que leía, se destacaban, por su acierto y notable inteligencia los de alguien que no conocía: Gustavo Granados. Recordaba a un señor de ese nombre, amigo de mi papá; una fina persona que frecuentaba nuestra tienda y con el que tenía amenas  de temas de futbol cuando iba a recoger diariamente su periódico.
La pequeña foto de perfil que acompañaba a los comentarios no era muy clara en mi teléfono, pero claramente se veía que era la de alguien distinto al Gustavo Granados que yo recordaba. Pensé que sería un homónimo o pariente suyo.
El misterio se aclaró parcialmente cuando tuve oportunidad de conectarme desde una computadora. No sólo era más clara la foto, sino que tuve la posibilidad de agrandarla con un click.
Mi primera impresión fue la de estar viendo a mi amigo, mi hermano Marco Antonio Rodríguez-Meza (a) 'el Lìder'. No era él, pero inmediatamente supe de quién se trataba y le pregunté, por no dejar: "¿eres Mario o te pareces muchísimo a él?". Su respuesta, casi inmediata: "¡Soy Mario! y tú ¿eres Gil, el que vendía revistas en Tacámbaro?". Era mi amigo, el ahora doctor en física Mario Alberto Rodríguez-Meza.
Gracias pues, al grupo de 'Talán', retomamos una amistad interrumpida más de treinta años atrás.
Poco a poco fui sabiendo lo que había sido de mi amigo en todo ese tiempo. Me enteré de sus logros académicos y profesionales. No sólo culminó la carrera que estudiaba en el Tec de Morelia por el tiempo en que nos perdimos la pista, sino que casi simultaneamente estudió otra en la Universidad Michoacana. Después hizo estudios en la Universidad de Puebla y en el extranjero. Ahora se dedica a la investigación en el ININ y a la docencia en la UIA. Sus ratos de ocio los emplea en escribir artículos de divulgación científica y una que otra pieza literaria.
En pocas palabras: cumplió con las expectativas que de él teníamos quienes fuimos sus amigos en la juventud. Supo ganarse a pulso en las más prestigiosas instituciones el nombramiento oficial que décadas antes le habíamos conferido: era común entre nosotros llamarlo 'el genio' o 'el sabio'.
Éste reencuentro sirvió además para resolver el añejo misterio de la presencia de Tacámbaro en una página del ININ. En cuanto a Gustavo Granados... si bien descubrí su verdadera identidad, quedan las dudas: ¿por qué un pseudónimo?  y ¿por qué la elección de ese nombre?
Dejemos que sea él quien desvele esas incógnitas.

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