Infiltrada por una noche

Publicado el 14 agosto 2011 por Eternalolita
 Estoy súper cansada. Antes mi día solía empezar a eso de las dos de la tarde, ahora no puedo dormir después de las nueve de la mañana y cuando te has acostado a las seis, el cuerpo pasa factura.
 Son fiestas en mi pueblo y aunque no pensaba salir, lo hice. La verdad es que soy una persona bastante solitaria, me agobio en lugares donde hay mucha gente y en reuniones sociales de mas de cuatro o cinco personas no suelo hablar mucho. Sin embargo, a veces necesito desesperadamente un baño de masas. Anoche, sin ir más lejos, lo necesitaba. Necesitaba rodearme de desconocidos, ver caras nuevas, sonrisas nuevas, escuchar retazos de una y mil conversaciones diferentes, encontrarme con antiguos compañeros de clases y andanzas adolescentes y llenarme de millones de realidades difusas que nada tienen que ver con la mía.
 Candela, acababa de llegar a pasar lo que queda de verano en el pueblo, antes de irse a Bruselas con una beca Erasmus. Le dije que me diera media hora para cambiarme y que se pasara a recogerme. Me puse unos shorts negros, una camiseta blanca con estampados y unas cuñas. Me maquillé, me puse un colorete coral y mi labial favorito y alisé mi melena rubia natural hasta la cintura. Si lo comparamos con la cara lavada que lucia hacia unos minutos, el pelo recogido con una pinza de los chinos y una camiseta vieja de mi hermano que me llegaba hasta las rodillas, el resultado no pudo ser más espectacular.
 Dimos un paseo por la feria, por las decenas de puestos hipys que se alineaban en el paseo marítimo, por la churrería repleta de gente, por la plaza del pueblo en la que los niños bailaban con sus abuelos al son de una orquesta popular y acabamos con todos los demás jóvenes en el botellodromo a las afueras del pueblo. Disfruté atrayendo las miradas, recibiendo piropos y correspondiéndolos con sonrisas. No soy una belleza, pero tampoco soy una de esas chicas que pasa desapercibida fácilmente. Tengo la piel muy clara, los ojos enormes de un color verde agua marina y el pelo rubio ondulado me llega más abajo de la cintura. Soy bajita, pero las mujeres de mi familia me han dejado en herencia unas curvas de infarto, que, cuando me interesa, resalto sin ningún pudor. El rostro aniñado sumado a mi baja estatura me da ese aire de eterna adolescente que tanto llama la atención a los hombres mayores y mi actitud callada y observadora, tan distinta a las demás chicas de mi edad, suele resultar bastante interesante a los jovencitos.
 Candela es muy distinta a mi. Es muy extrovertida, inquieta, alocada, risueña. Es alta y desgarbada, su concepto de peinarse es recogerse el pelo con un lápiz en la coronilla y en su vestimenta es capaz de mezclar una camisa de su madre de hace veinte años, con unos pantalones enormes de su hermano y una riñonera de los años noventa. En el botellodromo hablaba con todo el mundo, reía, se sentaba, se levantaba y se volvía a sentar. Yo la observaba y me divertía con el espectáculo. A veces la envidio un poco, esa capacidad de mezclarse con la gente, de integrarse completamente. Yo, sin embargo, lo veo todo desde fuera, como una mera espectadora. He intentado mas de una vez mezclarme en esa masa de tacones de vértigo, perfume barato, risas, alcohol, hachís, hormonas y música cutre a todo trapo pero no he tenido éxito. No es mi mundo, no es mi realidad, pero de vez en cuando, me divierto infiltrándome en ella.