
A veces -un día o dos al año- temo que sea verdad eso de que nacimos con una caja de bombones en la mano.
A veces, las menos, temo haberme comido todos esos bombones y no haber dejado ninguno para lo último.
Temo que éstos sean limitados, que se extingan como el rinoceronte negro occidental, que se hayan terminado por culpa de la intensidad que llevo a cuestas.
Temo haber cumplido con la última cuota, haber cocinado todas las recetas de cosas ricas, haber terminado de descorchar todos los vinos que elegí de acompañamiento, haber escrito todos los poemas, relatos y boludeces crónicas; temo no encontrar las cucharitas para el postre en el cajón de la cocina, no conseguir mascarpone para el tiramisú, que no me quede magia para nadie más, que no vuelva a ver en un fondo de ojo mis pupilas amando.
Temo profundamente que en la caja no queden más bombones porque ya bailé demasiado.
Bailamos. Y todo eso.
Reímos y todo eso.
Vivimos y todo eso.
Hasta hace poco pensaba que no habíamos tenido un final feliz.
Eso fue hasta hoy a la mañana, cuando nuestros hijos me recordaron que bailábamos temas de Ricardo Montaner en la cocina sin cita previa y encima con ellos de espectadores.
Este es un final feliz.
No creo en otros finales.
Patricia Lohin
