Revista Diario

La casa del Tiempo Adelantado

Publicado el 03 diciembre 2011 por Bergeronnette @martikasprez
La casa del Tiempo Adelantado
Todas las ciudades que pisamos y que conocemos tienen algo de mágico. Todas ellas pueden dividirse en zonas o en barrios. Y cada uno de éstos se puede distinguir por las construcciones, o la gente, o incluso por los recursos que llegan del propio centro de la ciudad. La Ciudad del Viento también sigue este esquema.
Las calles parecen haber sido trazadas con tiralíneas, calles paralelas y perpendiculares de la misma longitud, plazas únicamente redondas, con cuatro grandes árboles, que dominan los puntos cardinales, y numerosos arbolitos y arbustos que enjaulan una fuente en su mismo centro o una estatua.
Una de las zonas más interesantes, quizás por extraña, o curiosa, o seductora es la que parece dominar el resto de la ciudad desde lo alto de una larga cuesta. Se trata de un distrito con enormes casas con jardín, largos y anchos paseos, bien de tierra rojiza bien asfaltados. En ese lugar, hasta los vientos parecen haberse dado una tregua, a ellos y a los ciudadanos de Ciudad del Viento. Únicamente aparecen por allí los primeros días de noviembre y los primeros también de febrero. En esas fechas, solían juntarse todos los señores del viento en casa de la “jefa”, como cariñosamente la llamaban Zephyros y sus amigos.
Una de las casas más bonitas y más grandes es la Casa del Tiempo Adelantado. Se trata de una casa terrera, de unos mil metros de superficie, con un amplio jardín, donde los árboles frutales, limoneros y perales crecen vigorosos y dan unas frutas tan grandes como sabrosas. La casa en sí es blanca, con múltiples ventanas en todas sus paredes, que dejan entrar y salir los rayos del sol, sin necesidad de que el astro se tropiece con las paredes.
El tejado no es de los típicos, con tejas, y que terminan en punta, sino que se trata de una amplia azotea desde la cual, Ancor, el dueño de la casa, suele contemplar la ciudad. La posibilidad de tener una ciudad a sus pies, o incluso ver las altas montañas a lo lejos, ver como las nubes viajan por toda la ciudad, y observar los árboles con sus movimientos ondulantes debidos al viento, es algo que le fascinaba desde pequeño.
La Casa del Tiempo Adelantado debe su nombre a una historia que aconteció en los orígenes de la propia Ciudad. Cuando se construyó por orden de un famoso médico, fue la primera de toda esa zona. Era la que primero recibía el sol por las mañanas, y también la última en la que se iba. Había ganado por situación una hora más de luz y por tanto, una hora más de vida. Hecho que los inquilinos agradecían cada día.
Ancor era un hombre apuesto, al menos eso decían los vecinos, aunque él no lo tenía muy claro. Era joven, con un espíritu luchador, y con pocos temores que afrontar. Él formaba parte de la Ciudad del Viento. Había nacido en pleno centro. Le gustaban los días nublados en los que el viento parecía darles un descanso, pero en cuanto, soplaba algo, se escondía en su casa, temeroso de las jaquecas que le daban. Sólo conseguía descansar de ese suplicio, cuando caminaba con paso rápido por los paseos, y llegaba a la casa de sus padres. Allí, hasta él mismo se sorprendía. Sin viento que le atormentara, se comportaba de manera distinta. Seguía siendo él mismo, pero era más feliz. Las arrugas de las comisuras de la boca se le marcaban con más fuerza. Y hasta le salían unos graciosos hoyuelos, que volvían locas a las muchachitas de la zona de la Cuesta. Sus pensamientos acerca de un futuro inmediato parecían fluir con más impulso, y nada, o casi nada se le antojaba difícil.
Solía ir a ese lugar una vez al año. En alguna ocasión, había conseguido escaparse en otra temporada, pero lo más normal, por compromisos, era ir sólo una vez. Lo primero que solía hacer era salir al jardín, y dar una vuelta completa a toda la casa. Recibía el calor del ambiente en su piel, olía los aromas de los limoneros, observaba como habían crecido los árboles plantados el año anterior. Y sobre todo, en un punto estratégico del jardín, buscaba con la mirada el pico de la gran Montaña. Si había nubes en su cumbre, sabía que dentro de unos días aquella zona se nublaría, pero si estaba despejado, tendría sol y buen tiempo durante más días.
Ancor echaba de menos los buenos momentos que había vivido en aquella Casa, y en esa zona. Necesitaba el calor y la luz, que en Ciudad del Viento no encontraba. Pero ¿cómo irse hasta allí, cuando su vida parecía estar unida a otro lugar? Aquel noviembre, Ancor cogió una maleta roja, la llenó de cuadernos, de ropa otoñal y de un par de libros, y se fue allí. Necesitaba pensar que hacer, y que mejor lugar para sus cavilaciones, que comprobar in situ, si podría ser capaz de vivir allí, encontrar un trabajo que le gustara, y en definitiva, reencontrarse a sí mismo.
Llegó con la lluvia. Dejó su maleta en la entrada, y se fue directamente a la ventana de su habitación. Desde allí podía ver la veleta en forma de gallo de la casa vecina, los montes de la Esperanza cubiertos de verde, y la blanca pared que delimitaba el terreno de la Casa del Tiempo Adelantado.
Acababa de ganarle una hora al día. A su día.

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