Revista Diario

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Publicado el 14 mayo 2026 por Elcopoylarueca

LA HABANA: PUERTA ENTRE DOS MUNDOS

«La educación es el único medio de salvarse de la esclavitud».
José Martí

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Mujer con flor, Cundo Bermúdez, técnica mixta sobre cartón 1955.

Pasear por la historia de La Habana descubriendo los ciclos donde la primitiva villa fue madurando hasta ser «llave del Nuevo Mundo»…; pasear por la historia de la ciudad donde nació y se hizo poeta Manuel Díaz Martínez, el autor de esta semblanza que ofrece al principiante una visión tan veraz como emocional; y que recuerda al que la urbe conoce lo que el olvido intenta secuestrarle. Pensar en La Habana… 

En este mundo nuestro, que gasta tantos recursos en vestir a la ignorancia con frases y consignas repetidas hasta la saciedad, que no sólo demoniza la filosofía y la historia, sino que construye una a medida de sus intereses, que no son otros que la «lobotomización» intelectual, para lo cual nada es descartado por muy banal que parezca —se demoniza la comida que al cerebro alimenta, se fomenta la uniformidad y la monocromía en la moda, se promueve la ambigüedad sexual, se sustituye la belleza por lo utilitario, se le da a la cultura extranjera lo que se le niega a la nativa, se le impone al lenguaje el emoticono…—, un texto como La Habana: puerta entre dos mundos es joya a recobrar.

La Habana: puerta entre dos mundos es joya a rescatar porque a pesar de su brevedad es un caleidoscopio de profusas imágenes que muestran el inmenso poderío de mi tierra y de sus gentes; de una isla que estaba casi inhabitada cuando fue descubierta y que creció hasta convertirse en referente del mundo, y no sólo del de habla hispana. 

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Etiqueta de puros, litografía.
(«Dice el Almirante que nunca tan hermosa cosa vido», expresó Cristóbal Colón, según los escritos de Bartolomé de Las Casas).

Hay que salvar a la historia de las garras de las ideologías que utilizan la incertidumbre, el miedo y la incultura como armas de destrucción de nuestra civilización. El cubano, quien desde la colonización española hasta la llegada del castrismo fue ejemplo que el mundo admiró, puede, nuevamente, hacer que Cuba sea «puerta, puerto, puente, paso de hombres, mercancías, ideas, tesoros, voces, secretos, noticias, modas, modos, idiomas, colores, fragancias y sonidos».

No hay pensamiento libre donde el conocimiento es sometido a la esclavitud. Cuando la censura rige nuestras vidas es necesario desobedecer y educarnos por nuestros propios medios, pues el espíritu se alimenta del saber; así como el saber se apoya en los recuerdos y estos en las impresiones, de ahí la importancia de conocer el pasado. Conocer de dónde venimos es fundamental para la consolidación de nuestra identidad.

Ilustro La Habana: puerta entre dos mundos con las pinturas de las Hermanas Scull, cubanas que crearon su arte en el exilio y que llevaron a sus lienzos, de escenas vernáculas, la luz, el humor y el colorido de Cuba.

José Martí proclamaba que… «saber es tener». 

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

LA HABANA: PUERTA ENTRE DOS MUNDOS

♣

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Plaza del Ángel, collage, técnica mixta sobre lienzo/cartón, h. 1985.

Por Bartolomé de las Casas lo sabemos: deslumbrado ante la naturaleza de Cuba, «dice el Almirante que nunca tan hermosa cosa vido». Lejos estaba Cristóbal Colón de imaginar que con su asombro inauguraba la presencia de América en el apetito europeo. Y más lejos estaba de suponer que fundaba la poesía en castellano en el ámbito del que pareció nuevo mundo a su mirada forastera.

Por las Casas sabemos también que, pese a que «aquella isla es muy grande, y tan hermosa que no se hartaba de decir bien della», el navegante genovés la valoró entonces, sobre todo, como estación de tránsito hacia el buscado Cipango, el imperio del Gran Khan. No repuesto aún de su deslumbramiento antillano, vemos ya al marino presumiendo, «que de allí a tierra firme había jornada de diez días». Así, desde el primer momento de la conquista, Cuba fue destinada a ser puerta, puerto, puente, paso de hombres, mercancías, ideas, tesoros, voces, secretos, noticias, modas, modos, idiomas, colores, fragancias y sonidos entre los dos mundos que acaban de encontrarse.

Pero antes mostró a los recién llegados el tabaco y su rito, y les llenó los oídos con palabras relucientes que pronto comenzarían a sonar en castellano: hamaca, caimán, canoa, cacique, maíz, huracán… y canabi (así llamaban los taínos de Cuba a los indios de Guayana que devoraban a sus enemigos), voz que en la fonética de los advenedizos dio lugar a caníbal y fue madre del nombre que estos dieron al mar de las Antillas: Caribe.

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

La rumba, collage, técnica mixta sobre lienzo y cartón, 1975-1976.

Fundada en 1514, veintidós años después de la llegada de Colón, Santiago de Cuba fue el primer centro de irradiación colonial hacia el continente americano. De allí se extendió a la tierra firme la ambición de Castilla en las naos del porquerizo extremeño Hernán Cortés, convertido en rico alcalde de Santiago, quien bordeará la fábula sometiendo, más con astucia que con fuerza, al imperio de Moctezuma. Pero ya antes de que, en 1553, la Audiencia de Santo Domingo autorizase al Gobernador de la colonia a residir en La Habana, esta villa, declarada capital por el Rey en 1607, había asumido casi enteramente la misión impuesta a toda la isla por motivos geográficos: la de ser «llave del Nuevo Mundo».

Más de medio siglo antes de ostentar título de capital, San Cristóbal de La Habana, como años atrás Santiago, ya se agitaba en afanes conquistadores cuando el Adelantado Hernando de Soto aprestaba su funesta expedición a la Florida. Once meses de preparativos militares, amenizados con jolgorios, animaron la villa hasta que los nueve barcos de Hernando levaron anclas. La mujer del aventurero, Isabel de Bobadilla, quedó con título de Gobernadora, y enloqueció esperando el imposible regreso de su marido. Noche tras noche, la pobre hija del Conde de la Gomera sería una sombra en las barbacanas de La Fortaleza que miran al mar.

En el siglo XVI, La Habana era el puerto más activo del llamado Nuevo Mundo, y lo siguió siendo hasta bien entrado el XIX. A él arribaban los navíos que de España traían provisiones a América y los que transportaban a España el oro y la plata de México y Perú. Sabedor de que esta villa era «la escena principal de las Indias, (…) llave y puerto de embarcamiento de la canal de Bahama por donde salen las naos para venir a España (…) y reparo de los pueblos y fuerzas de la Florida», Felipe II ordenó su fortificación para que no volviese a ser presa de piratas como en 1555, cuando el francés Jacques de Sores la hizo cenizas después de saquearla, y para que pudiese dar protección, «a falta de seguridad en el mar», a los galeones españoles acosados por los corsarios y filibusteros franceses, ingleses y holandeses que merodeaban por el Caribe.

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Bembé para la Virgen de La Caridad, collage, técnica mixta sobre lienzo/cartón, 2001.

Y a más fue La Habana con el sistema de flotas, que duró de 1526 a finales del siglo XVII. Consistía este sistema en que los barcos de bandera española que hacían la travesía a América navegaran en convoyes y armados para protegerse del corso y la piratería. Dos flotas zarpaban de Sevilla anualmente: una en abril, con destino a México, y otra en agosto, con destino a Cartagena, Santa Marta y algunos otros puertos de la costa continental caribeña. Tanto a la ida como a la vuelta, estas decenas de navíos tocaban La Habana.

En La Habana se citaban ambas flotas para regresar juntas a la Península. Los barcos, con sus tripulaciones y cargamentos, podían demorar meses en la bahía habanera alistándose para el viaje, y antes de emprenderlo debían esperar el arribo de navíos rápidos que traían las últimas noticias de la agitada y enrevesada política europea.

Para alojar a los viajeros y entretener sus ocios, La Habana se llenó de hospedajes y tabernas, en los que confluían todos los comentarios, noticias, chismes, intrigas, fábulas, temores e ilusiones de América y de Europa.

El precio de las maderas, la productividad de las minas, los entreveros de la política virreinal, las tropelías de los piratas, los avatares de la trata de esclavos, los últimos ingenios científicos, las más audaces quimeras sobre tesoros ocultos y prodigios presentidos, todo esto y más se volcaba, se transmitía, se comentaba en las bulliciosas tascas, posadas y mercados de una villa que, de esta manera, devino el mejor informado y más cosmopolita centro urbano del hemisferio y donde era posible beber un fino jerez o un rioja de buen cuerpo al tiempo de saborear los sorprendentes frutos de la cornucopia americana. Cuando se juntaban las flotas, ningún puerto del mundo tenía un bosque mayor de mástiles ni más banderines al viento que el de La Habana.

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Un trocito de vida, lámina de un libro, sin fecha.

La importancia de la ciudad fue en aumento: en el siglo XVIII llegó a tener reputación de más poblada y rica que Boston y Nueva York. Una nobleza criolla surgió con el auge económico, y comenzaron a verse lujos de palacetes, carruajes y libreas. En la mansión de su señorío habanero, los marqueses de San Felipe y Santiago recibían con saraos fastuosos a ilustres personajes extranjeros, como el príncipe Luis Felipe de Orléans, después rey de Francia. Los estilos de decoración y moblaje y las modas del vestir europeos fueron adoptados por esta clase. El azúcar, el tabaco y la esclavitud permitían tales dispendios.

Con la política sensata de un rey liberal, Carlos III, entraron en Cuba las corduras de la Ilustración. Se fomentó en la isla el interés por los adelantos tecnocientíficos y su aplicación a la economía, y se divulgaron, en el primer periódico que se imprimió en La Habana, fundado en 1790, los ensueños y las cogitaciones de la incipiente intelectualidad criolla. Un miembro de ella, el médico Tomás Romay, explicaría y aplicaría, por primera vez en América, la vacunación.

La máquina de vapor se instaló en la industria azucarera, y las últimas corrientes filosóficas fueron acogidas por los primeros cubanos que aprendieron y nos enseñaron a pensar. La isla comenzó a ser puente de cultura además de continuar siendo obligado tránsito para todo tipo de empresas entre el Viejo Mundo y el Nuevo.

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Escena habanera, collage, técnica mixta sobre lienzo/cartón, 1989.

Dos escritoras —la condesa de Merlin, de la aristocracia capitalina, y Gertrudis Gómez de Avellaneda, de la burguesía camagüeyana— representan, en la primera mitad del siglo XIX, la voluntad de inserción en el mundo con que los cubanos hemos compensado nuestra insularidad. María de las Mercedes Santa-Cruz y Montalvo, condesa de Merlin, hizo su carrera literaria en Francia; la Avellaneda, en España. Ambas, la primera en su tertulia de París y la segunda en los teatros y prensas madrileños, forjaron una imagen del destino cultural de la isla, destino de enlace, de vinculación, de empalme.

En el siglo cumplirán también ese destino José María Heredia, el primer gran romántico de América, Juan Clemente Zenea, José Martí… Martí será el más amplio, competente, moderno y creativo nexo entre la inconformidad americana y la tradición liberal revolucionaria de la cultura europea. Uno de sus maestros fue Simón Bolívar. Otro, Benito Juárez. (En el siglo XX, otros creadores lograrán con su obra —tronco americano en que se injertó el mundo, como quería Martí— hallarle un sitio a la expresión cubana dentro del diálogo universal: Nicolás Guillén, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, los pintores Carlos Enríquez y Wifredo Lam, los músicos Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Ernesto Lecuona…).

La Habana, siendo sólo capital de una colonia, por ser puerta entre dos mundos tuvo pronto vocación de gran ciudad.

El vertiginoso enriquecimiento de la burguesía azucarera desde la primera mitad del siglo XIX propició esa vocación. Ha de saberse que donde primero sonó un teléfono fue en La Habana. Lo fabricó un emigrante italiano, Antonio Meucci, a mediados del siglo, y lo hizo funcionar en el Teatro Tacón, donde era tramoyista. Pocos años después, el norteamericano Graham Bell instaló en la muy habanera Acera del Louvre el primero de los teléfonos públicos. Donde primero rodó un ferrocarril en el imperio hispánico fue en La Habana. Ocurrió en 1837, diez años antes de que rodara el de Barcelona-Mataró, el primero de la península.

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Recuerdos de mi antigua Habana, collage, técnica mixta sobre lienzo/cartón, 1995.

¿Y qué decir de los ensayos de navegación por globo, cuando este capricho apenas se iniciaba en el mundo, y de las funciones de cine junto al Parque Central, cuando el cinematógrafo daba los primeros pasos? Los teatros capitalinos recibían solistas famosos y compañías de ópera italiana, que nos dejaron en germen de la habanera. Luego fue la habanera a Europa a ser parte de las óperas y a instalarse en el cancionero español. Viajó con cantes y cantos que de Cádiz habían ido y a Cádiz regresaron cubanizados. También fue la habanera al río de La Plata para hacerse milonga.

Finalizado el siglo XIX, La Habana se convirtió en uno de los focos de actividad literaria más germinativos de América. El Modernismo, que irrumpió en España en 1898 provocando un giro en la literatura peninsular, tuvo en los habaneros José Martí y Julián del Casal a dos de sus artífices mayores. Darío, que llamó maestro a Martí y admiró a Casal, visitó La Habana tres veces, y allí fue nombrado «negro de honor» en una fiesta de negros y escribió algunos de sus poemas más célebres.

Eran aquellos los tiempos en que el anarco-sindicalismo, llegado de España, hallaba entre los obreros de las tabaquerías y las otras industrias de la ciudad su avanzada en América. Fue por entonces que el poeta Diego Vicente Tejera, colaborador de Martí, fundó, en plena ocupación militar norteamericana —consecuencia de la rendición española a Estados Unidos—, el primer Partido Socialista de Cuba. 

En 1902, con la República, se abre una etapa nueva en la historia de la isla. Atrás, en los rincones de la historia, iban desdibujándose los Capitanes Generales, el látigo del negrero y el predominio de Europa en la vida culta de la nación. Súbitamente, Cuba comenzó a recibir la influencia norteamericana, patrocinada por la presencia, cada vez más decisiva, de los intereses monopolistas estadounidenses en la economía nacional.

Las «fiestas Watteau» de la burguesía criolla más rumbosa —disfraces, champán, charangas soneras en jardines de El Vedado— contrastaban con la pobreza popular, la creación de las primeras organizaciones obreras de inspiración marxista y el surgimiento de una intelectualidad cada vez  más preocupada por los problemas sociales. La Revolución Rusa de 1917 proyectó sus ondas sobre el mundo, y a La Habana llegaron temprano.

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

Plaza de la Catedral, collage, técnica mixta sobre lienzo, sin fecha.

Temprano llegarían también a la ciudad las ondas expansivas de las vanguardias estéticas europeas. Sin demora fueron acogidas por los escritores, los pintores y los músicos de izquierdas, que tomaron muy en serio lo que en ellas había de subversión ideológica y política. El «negrismo», que en las artes plásticas europeas surge del redescubrimiento artístico de África, en Cuba tendrá su expresión vernácula, impregnada de compromiso social, en la literatura, sobre todo en la poesía. La poesía llamada «afrocubana», con Nicolás Guillén en primer plano, aportará un matiz autóctono y desafiante al verso hispanoamericano y de manera muy marcada al caribeño.

Con la revolución de 1959 empieza otro capítulo en el devenir nacional. Cuba se convierte en el primer país socialista de occidente, y La Habana, que había perdido algo de su encanto de puerta entre dos mundos, vuelve a ser punto de confluencia y centro de irradiación. Utopías viejas y nuevas, fantasías, proyectos, inventos, ideas, alucinaciones, todo brota de la ciudad o llega a ella buscando sitio.

La Habana, epicentro de una revolución con voluntad continental, que despierta recelos y esperanzas, se transforma en una caja de resonancia: lo que ahí sucede, lo que ahí se dice, lo que ahí se acepta o se rechaza va a tener repercusión universal. Como en los lejanos tiempos de las flotas, la ciudad hierve de viajeros que esparcen por ella fragmentos de mundo y que se marchan sintiendo que algo, para bien o para mal, ha cambiado en sus vidas. Eran los años —¡ay, qué distantes y traicionados!— en que Julio Cortázar decía: «Si quieres encontrar a alguien, ve a La Habana».La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

La Habana: puerta entre dos mundos. Semblanza (Manuel Díaz Martínez).

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