La huida

Publicado el 25 septiembre 2010 por Onomatopeyistas

Había fútbol en la televisión. Salía con prisa de casa y mi abuelo, mi padre y mi tío estaban sentados alrededor de la televisión. Con los pantalones remangados, los calcetines subidos y las manos sobre las rodillas. Debatiendo asuntos trascendentales, cosas que no se pueden dejar para mañana. "¿No lo ves? ¿Es que no lo ves? Él es el único que corre la banda. Escupe, da patadas, se deja el pecho por el escudo. Eso es lo que apreciamos la gente de aquí".
Tenía prisa. No suelo medir bien el tiempo. Media hora me parece una eternidad pero veinte minutos nunca son suficientes. Siempre me toca esperar o hago que me esperen demasiado. Aquel día no era el momento de fallar. Se lo había prometido. "No tardaré. Estaré aquí como un clavo a las cinco de la tarde. Lo prometo".
Eran menos diez y todavía tenía que coger el tranvía. Atravesar la gran avenida de la Calle Mayor y pararme a recoger aquellas flores. No había tiempo. Imposible. Salté del tranvía con los brazos abiertos y me pareció estar en una película. Una de esas películas antiguas en las que los malos se apean del tren sujetándose el sombrero.
Floristería Santa Bárbara. Aquel cartel llevaba décadas colgado de ahí. Siglos incluso. Se solía mover con el viento cuando yo era pequeño. La imagen más común: ancianos sentados a lo largo de la calle, gritando y secándose el sudor con un pañuelo mientras aquel cartel no paraba de sonar. "Chi, chi, chi".
Salí con unas rosas rojas. "Quiero éstas". "¿Rosas, caballero?". "Sí". A todo el mundo le gustan las rosas. Eran las cinco en punto. Me quedaba bajar por los bares del flaco Mauricio, siempre con aquel delantal. "Todo esto lo he levantado yo con mi esfuerzo. Nadie me ha ayudado ni me ha dado nada. Así que no me pidan algo sin haberlo intentado". La calle estaba llena de bares, y todos pertenecían a Mauricio. En las puertas y terrazas, los hombres pasaban su lengua por los labios mientras observaban la jugada de cartas.
Pasé corriendo y no les hice ni caso. Algunas tardes solía pararme a ver las jugadas. Cuando jugaba mi primo, me ponía detrás y le chivaba la mano del resto de jugadores alisándome el flequillo. Aquella tarde lo llevaba destrozado. Se movía de un lado para otro mientras corría y pensé de nuevo en aquellos hombres malos que saltaban de los trenes. Y en sus gorros. Me imaginaba corriendo calle abajo con un sombrero y dos pistolas en las axilas.
Y cuando llegué allí no había nadie. Sólo una persona mayor, tan recta y enclavada como un edificio. Estaba mirando al suelo, como comprobando la distancia entre la cabeza y sus pies. Como el tipo que mira al río desde un puente antes de acabar con su vida.
"¿Rosas? Mira que eres bruto. ¿Qué tal estás?". Estaba detrás de mí. Se apretaba las manos e intentaba mirar a un lado que no fueran mis ojos. Como esquivando balazos. Hacía casi dos semanas desde la última vez. "Estaré a las cinco, lo prometo". Desde aquel día no había faltado ni un solo año, pero nos veíamos poco. "Me gusta que estés aquí, de verdad".
Verla era como un recuerdo del pasado. La foto que redescubres haciendo limpieza. Esa foto en la que te ves más guapo y te hace pensar que ahora las cosas ya no son lo que eran. Ella solía descalzarse cuando entraba en mi coche y fumaba echando el aire siempre por la nariz. Y todo aquello resultaba sexy.
Pero cuando llegó lo de su padre, todavía era lunes. En las pelis todo el mundo se muere. ¿Pero qué pasa después? No supe qué hacer con ella. Cuando la vi vestida así, de negro, sin los labios pintados y con aquella cara, quise huir como huyen los malos después de atracar un banco.
Ahora bajo apresurado una vez al año para disculparme. Y qué si soy un cobarde. Sobreviví y ella también. Así que los dos salimos ganando. No cogí sus llamadas. Y una vez no le acompañé a la mesa mientras tomaba café. Pero y qué. No me gustan las flores. Quería seguir viendo los partidos en televisión y poder pararme a ojear las jugadas de naipes. Y aquel día, no lo pude hacer.
Imagen: Keith Davis Young