Revista Talentos

La llegada

Publicado el 28 abril 2015 por Sylvia
De algún modo, pensé sin pensar que podría no ser en ese momento. La ropita de la bebé estaba sin lavar, no había preparado las cosas para llevar a la clínica, y tenía planes para todo el mes siguiente.
La instrucción de la doctora ante mi anuncio fue que acudiera a consulta a las 8:00 de la mañana; pero mi madrina médico, a larga distancia, dijo que si seguía perdiendo líquido debía ir al hospital. Utilizó una de esas expresiones difíciles: "mucho líquido"... ¿Cuánto sería mucho? A mí mamá se le ocurrió que "como dos vasos... o un vaso". ¿Alguien puede imaginar eso? ¿Vasos de qué tamaño? ¿Llenos hasta el borde? Mi madrina dijo que pusiera una toalla de baño debajo de mí para ver si se mojaba... sí: se mojaba.
Más o menos al mismo tiempo que empecé a tener contracciones, alrededor de la medianoche, hasta a mí me quedó claro que eso ya era "mucho". Me había ocupado de avisar a varias personas, primero porque soy comunicativa, y luego porque, para agregar emoción a la situación, estaba sola en la casa. Un par de amigos llegó con intención de llevarme con ellos para estar acompañada, pero ya era necesario ir directo a la clínica.
Bueno... sentí que era necesario; antes tuve un intenso debate interior. En las pláticas del sector salud habían dejado claro que una vez que se rompe la fuente, hay que ir al hospital, sin prisa pero sin pausa; que hay aproximadamente ocho horas para llegar. Mi mamá, mi abuela, una tía y mi hermana, insistían en que me fuera de inmediato. Pero, ¿qué iba a decir? ¿Dijo la doctora que viniera por la mañana, pero dice mi mamá que ya debo estar aquí?
Aunque estaba tranquila, ya internada, fue un alivio ver llegar a la otra parte del equipo; se puede estar muy acogida, pero qué importante es el papá para una mamá... Luego de un par de horas, las contracciones casi no dejaban espacio entre una y otra, pero nunca hubo dilatación. La presión de la niña, que no fue la ideal desde la primera revisión de esa madrugada, subió todavía más, y la doctora finalmente decidió operar. 
Vi a B por primera vez cuando la anestesia me tenía todavía medio drogada; luego la vi otros segundos, más largos, en los que la besé, la bendije, y se la llevaron de nuevo. Estaba preciosa y completa, y yo feliz.
Silvia Parque 

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