Roland Okoń Photography
Mi querido compañero epistolar:
El tema central por estos días es el frío. Alguien me dijo hace poco que hablar sobre el clima rompe el hielo, y que hablar del clima en un ascensor es muy raro; aunque sospecho que también lo hacen. Me imagino a Dora del 4ºC hablando con Luciano de mantenimiento sobre el frío y sus vericuetos.
Estamos a cuatro días de romper un nuevo récord. En alguna charla intrascendente de principio de año leí que posiblemente vinieras para el 9 de julio. O yo tenía que ir a algún lado a mitad de camino. ¡Qué buenos somos para romper promesas, proyectos y planes! Deberíamos tener un diez felicitado en el boletín. Lejos de parecerme una catástrofe, y de sumarme a esas frases de rotisería del tipo: “si no pasa por algo es”, he aprendido a tomarme las cosas con calma, sin drama, sin apuro, sin insistencia, sin culpar al destino.
¿O será que ya no hay retorno? Es posible, pero no me estaría sirviendo para mis escritos afirmarlo. Digamos algo que se parezca a la verdad: somos aquel libro abandonado en el fondo de la biblioteca, que ya no huele como antes y cuya hoja 33 aún tiene una frase subrayada: “Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción”.(1)
Evidentemente no todo está arruinado: nuestra memoria sigue intacta y yo insisto con recordarte mi existencia a través de cartas epistolares. Entendería que estuvieras al borde del suicidio o con un posible diagnóstico mental de esos que tienen tres palabras seguidas e inentendibles.
Volviendo al viaje que no es, suceden dos cuestiones: mi carnet de conducir está vencido, el combustible está por la estratosfera, y este domingo haré lo mejor que me sale últimamente: correr cerca del agua. Tengo una teoría con todo este tema de correr: haz lo que requiera únicamente tu esfuerzo, una visión muy chota e individualista, más para vos que estás acostumbrado trabajar con equipos, lo sé. Es que a veces el acto de apoyarme en el otro me sale para la mierda. Uno decide ampliamente dónde está el verde intenso y en qué pasto recostarse.
Te vas a reír mucho con esto, pero conocí a otra persona que también afirma que mis dichos son decretos. Tuvimos un breve intercambio de ideas: yo le dije que ya sé si algo va a funcionar o no; que existen momentos de certezas, tanto para encontrarse como para desencontrarse. Según él yo estoy decretando anticipadamente, según mi propia perspectiva yo sé lo que quiero, y no ando con vueltas, ya sé como va a salir todo porque en mi interior algo groso me dicta que ese no es mi lugar.
Si hace mil años buscaba incansablemente un lugar que fuera mi hogar, como una de esas huérfanas de los libros amarillos de la biblioteca Billiken, a estas alturas he optado por adornar pacientemente este hogar unicelular, no de una manera conformista, si de una manera acogedora. El día de mañana veré si es necesario refaccionar.
El otro día escuché una de estas cosas astrales que dice que el eclipse de no sé quién y no sé donde a mitad de julio, va a funcionar como el instituto Lacuna, Inc (2): es decir que luego de esa conjunción estelar disparatada se me formateará el cerebro.
Pero mi mente definitivamente tiene un resplandor dentro, eterno. A veces su luz es más intensa, otras se pone en modo ahorro. Aunque a estas alturas sospecho que algunos recuerdos descansan muy lejos de la mente.
¿Sino cómo se entenderían tantas cosas, tantas vidas, tantos lugares, tanto sentir?
Tuya,
Patricia
(1) Ernesto Sábato – La resistencia, pág 33, Seix Barral edición bolsillo.
(2) Película “Eternal Sunshine of the Spotless Mind.”
P.D.: Juro que primero escribí el número de página y luego fui al único libro que tengo debajo de mi mostrador. Pero no tengo manera de comprobarlo.
Patricia Lohin
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