Revista Literatura

La piba del sueño

Publicado el 20 septiembre 2020 por Netomancia @netomancia

Desde el ventanal que daba a la calle céntrica, el que tenía el nombre del bar fileteado en amarillo y rojo, ya desgastado por el paso de los años, podía verse el andar de la gente. 

Alejandro y Walter estaban en la mesa pegada al vidrio, con el latido de la ciudad de fondo.

La aceituna no se dejaba atrapar, para bronca de Walter, que trataba en vano de clavarle el escarbadientes. Alejandro lo miraba impasible, sin meterse, porque era la última. La de la vergüenza. Y no sabía si por costumbre de pibe, o vaya a saber de dónde, siempre que quedaba algo en soledad, lo dejaba para el otro. 

— Anoche soñé de nuevo con esa piba — dijo Alejandro. Walter levantó un solo ojo debajo de la tupida ceja. 

— ¿Cuál? - preguntó Walter - ¿La que te pareció ver en el parque la otra tarde? ¿La rubiecita, que iba con nosotros a la primaria?

— Si, esa. No la vi, lo soñé. Soñe que me la encontraba en un parque. 

— Es lo mismo. 

—- No, no es lo mismo. Si la hubiese visto, entendería por qué la sueño. Pero hace treinta años que no la veo y de repente la tengo presente.

— Te la llevaste dos veces a la cama — Walter soltó una risotada, mientras le hacía seña al mozo para que trajera dos cervezas más. 

— Le pregunté a mi tía Matilde…

— ¿La bruja?

— No es bruja, tira el tarot.

— Es lo mismo. 

— No, no es lo mismo. La llamé esta mañana y le conté. Ella es muy bicha con estas cosas. ¿Y sabés qué me dijo?

— Y no, la adivina es ella. 

— Que seguro es algo pendiente y sacó una baraja del mazo, en videollamada, así yo veía y salió un Arcano, la de Los Amantes, invertida. 

— ¡La piba es ahora un hombre!

— Por lo que cree que algo no se concretó en su tiempo, que quizá tendríamos que haber sido novios o algo de eso, y ahora mi mente me lleva a ese momento, tratando de hacerme dar cuenta que ella podría ser el amor de mi vida.

— Alejandro, teníamos diez, once años. A lo sumo se daban un beso, le tocabas el culo en la fila, pero de ahí a ser el amor de tu vida… vamos. Hasta que no me diga los números del Quini 6, no le creo un pito a tu tía Matilde.

—- Tengo que encontrarla, Walter. Es una señal.

— No te acordás ni como se llamaba.

— Puedo ir a la escuela, buscar en los archivos, quizá en algún cuaderno viejo. Alguna maestra jubilada por ahí mantenga contacto, quizá…

— Basta Ale.

— Mi vieja guarda las fotos de cada curso, y detrás las firmábamos, así que en alguna tiene que estar el nombre de la chica. Mañana voy a buscarlas.

— Basta.

— ¿Basta con qué? Si todavía no empecé.

— Con engañarte. Se acerca agosto y cada año lo mismo. Yo sé que hacés todo el esfuerzo del mundo por olvidarte, pero hay algo ahí dentro de su cabezota que no funciona bien. Y la bruja de tu tía no es capaz de decirte la verdad, y tu vieja, mucho menos. Y vos, vas a seguir buscándola, como cada año, desde hace treinta años. 

— Pero, ¿qué decís, Walter?

— ¡Qué está muerta! ¡Lara está muerta! La mató el puto colectivo de la escuela, cuando estaba cruzando delante tuyo. Jamás te gustó Lara, Ale. Hasta ese día. Y cada año, querés que vuelva. Y cada año trato de persuadirte de la idea. Los demás te dejan escarbar en el pasado, creyendo que eso te hace bien. Dejala ir. 

— Mirá qué decir tremendas barbaridades… ella… la voy a encontrar, y vas a tener que tragarte todas esas estupideces que dijiste.

— Tenés que superarlo. Hace treinta años que cargás con lo mismo. 

— No es cierto, mañana voy a ir de mi vieja y voy a buscar esas fotos.

— Sabés que no.

— Claro que las voy a buscar.

— ¿Y cómo vas a salir de acá? Hace años que no te dan un pase de salida.

— Pago y me voy, ¿cómo querés que haga?

Walter volvió a llamar al hombre que iba y venía por el recinto. Alejandro observó cómo el chopp con cerveza era en realidad un vaso plástico. Giró hacia la ventana y al ciudad no estaba. En su lugar, un patio amplio, con bancos de plaza y algunos árboles. Tampoco había fileteado alguno en el vidrio. Ni platitos con aceitunas, ni restos de una picada. Su amigo vestía de calle, pero él llevaba puesta una bata celeste.

— Ale, mañana o pasado vuelvo. Sacate esa idea de la cabeza. O nunca vas a poder salir de acá.  El enfermero vino a buscarlo. Era hora de volver a la pieza. Instintivamente se llevó la mano al bolsillo. Suspiró aliviado. Al menos, no tenía que pagar la cuenta. Se había olvidado la billetera en alguna parte.


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