Marcel regresa a París con Albertine, a quien no ama pero conserva cerca de sí aún cuando a su madre se le hacía extraña esa compañía (pero cuya verosimilitud se basa en la circunstancia de que su amiga es huérfana) si no iba a tomarla por esposa, ya su "estilo gomorreo" (Cfr. p. 88) era considerado un vicio, dejándolos solos la temporada en que la señora parte a Combray para cuidar a la tía abuela, quien se hayaba delicada de salud. Marcel y Albertine están juntos en una relación enfermiza:
Era capaz de causarme sufrimiento, en modo alguno alegría. Sólo por el sufrimiento subsistía mi aburrido apego. (p. 29) Por lo demás, son curiosos estos ejercicios de autodenegación: ¿No era el propio autor parte del inmenso clan sodomita?
A veces, Albertine se ponía tierna y lo llamaba "Mi querido Marcel" (Cfr. p. 78). El niño de Combray, el joven parisino, el hombre hecho y derecho que veremos en El tiempo recobrado, nunca es Proust. Marcel, voz narrativa, es el personaje que sufría por no poder realizar una vida literaria (aún habiendo obtenido el permiso de los padres). Veremos que, al final, algo tarde pero a tiempo, triunfa el artista, pues las verdaderas vocaciones son invencibles.
"París no era una fiesta" nos informa el novelista colombiano Santiago Gamboa en la revista Nexos 397, de enero 2011: Proust visitó varias veces a Oscar Wilde en sus últimos días, luego de que éste saliera de prisión acusado de homosexualidad por los agentes al servicio de su majestad inglesa.
La calle de las ventas
El escritor realiza su tarea desde su cama (Churchill tenía su cuarto de guerra en su dormitorio). El joven Marcel se acuesta tarde y se levanta alrededor de las 10. Los mercaderes cantan a toda voz desde la calle y se oye en la habitación.
Por fortuna, Albertine, a medias inconstancia y docilidad a medias, olvidaba en seguida lo que había deseado y, antes de que hubiese yo tenido tiempo de decirle que eran mejores las [ostras] de Prunier, quería sucesivamente todo lo que oía vocear por la vendedora de pescado: "¡Gambas!¡Gambas riquísimas!Llevo raya viva, vivita y coleando.-Merluzas para freír, para freír-. Aquí llega la caballa, caballa fresca, caballa nueva. Aquí tienen la caballa, señoras, una caballa, hermosa. ¡Mejillones frescos y ricos, mejillones!". (p. 133)
Así, descontextualizada, la siguiente frase parecería referirse a la salud perdida y el esfuerzo que imponía al autor el desarrollo de esta historia. En realidad, Marcel se refiere al tutelaje de Albertine, el cual le imponía inventar pretextos que le permitieran no salir con ella para hacerla vigilar sus (¿malos?) pasos. En nuestros días, el "estilo gomorreo" no es perversidad sino preferencia.
Lamentablemente, mientras que con el mismo ingenio la cuentista persa retrasaba su muerte, yo aceleraba la mía. (p. 138)
El carácter contrastante de Albertine, entre la docilidad y la impaciencia, hacían sospechar en Marcel que su "prima" hubiera concebido el proyecto de sacudirse sus cadenas (lo cual, por otra parte, será materia de Albertine desaparecida).
Muerte de Bergotte
La naturaleza no parece precisamente capaz de dar sólo enfermedades bastante cortas, pero la medicina se ha anexionado el arte de prolongarlas". (p. 191)
En efecto, este relato largo y minucioso que es En busca del tiempo perdido, avanza a placer del autor: Puede dar vuelcos de ánimo y de acción hasta aún en el estrecho espacio de una línea. Así como en la vida real sentimos que el tiempo avanza en cierta dirección, en la novela vemos cómo van cayendo los personajes, una generación entera va muriendo al tiempo que crece el autor y Gilberte, y se atestiguan las novedades que ofrece la ciencia (un discípulo del difunto doctor Cottard profesaba un axioma bastante original: "Más vale prevenir que curar" (Cfr. p. 254)) y la tecnología (el automóvil, la electricidad, el aeroplano, el teléfono). El Caso Dreyfus, que dividió a Francia, apenas es un recuerdo en la gente mayor. Una bella época (¿en que las clases bajas miraban a los señoritos como a través de una pecera?) va muriendo.
Bergotte ya era tan viejo al morir que apenas y salía de su casa. Cuando salía de su habitación solía cubrirse con mantones, pues le abandonaba el calor del cuerpo. Los médicos vieron en su agotamiento la causa de sus trastornos nocturnos, pues la pesadillas le habían quitado el gusto de dormir. En fin, el gran intelectual muere mientras hacía la visita de la exposición holandesa que trajo a París el célebre cuadro de Vermeer llamado Vista de Delf. Proust hace la apología del mundo intelectual, tan diferente del mundo terrenal y sus leyes. Afirma que la vocación es un empuje a pertenecer a un mundo de leyes invisibles.
Albertine, que era bastante mentirosa, le dice que ella ha sido la última persona con quien ha conversado el maestro. Su afirmación no es del todo descabellada, pues el viejo adoraba a las mujeres jóvenes pero, lamentablemente, el gran escritor había fallecido la víspera en que la cautiva dijo habérselo encontrado.
Por lo demás, esta morena preciosa, muchacha en flor, morirá en Albertine desaparecida
"Nos enteramos con profunda pena de que el Sr. Charles Swann sucumbió ayer en París, en su palacete, de resultas de una dolorosa enfermedad. Fue un parisino cuyo talento era apreciado por todos, como también la seguridad de sus relaciones, selectas pero fieles, y será unánimemente añorado tanto en los medios artísticos y literarios, en los que la finura avisada de su gusto lo hacía sentirse cómodo y estar solicitado por todos, como en el Jockey-Club, del que era uno de los miembros más antiguos y escuchados. También pertenecía al Círculo de la Unión y al Círculo Agrícola. Hacía poco que había dimitido del Círculo de la Rue Royale. Su fisonomía espiritual y su notable notoriedad no dejaban de despertar la curiosidad del público en todo great event de la música y la pintura y, en particular, en las inauguraciones a las que había sido fiel hasta sus últimos años, durante los cuales apenas había salido de su morada. Las obsequias se celebrarán, etc." (p. 209)
Cuadro de Tissot que representa el balcón del Círculo de la Rue Royale y aparecen: Galliffet, Edmond de Polignac y Saint-Maurice.
El verdadero viaje de conocimiento: La sonata de Vinteuil
Vinteuil llevaba muchos años muerto, pero, en medio de aquellos instrumentos que había amado, había tenido la posibilidad de perseguir, por tiempo ilimitado, una parte al menos de su vida. ¿Sólo de su vida de hombre? Si el arte era una simple prolongación de la vida, ¿valía la pena sacroificarle nada? Escuchando mejor aquel septeto, no podía pensarlo yo. (p. 268)
Interpretada por Morel, el hijo del ayuda de cámara del abuelo del niño Marcel, que al revisar sus cosas había encontrado la foto de la entonces joven Odette, la dama de rosa, luego Sra. Swann, quien en tiempos éste último le había contado las virtudes de la sonata que se estaba dando en la fiesta organizada por el Sr. de Charlus en casa de unos furiosos y ofendidos Verdurin. Cuando un autor reúne de este modo tiempos y circunstancias, está a punto de revelarnos algo. A no dudarlo, se acerca uno de los momentos más importantes de la novela (ahora entiendo por qué no se le concedió el Nobel: Al morir, Proust no había logrado ver el conjunto de su obra publicada, y es una obra tangible lo que premia la Academia Sueca. También me queda claro los esfuerzos de Robert Proust y herederos por ver los papeles de Marcel salir a la luz pública -pues hay algo de testamento en lo referido a la labor de rescate de la amiga de la Sra. Vinteuil al desenredar el galimatías que había dejado el viejo al morir). Por lo demás, un poco lo que le pasó al propio Proust con su obra, publicada por entero luego de que él mismo falleciera.
El único viaje verdadero, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, con otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es, y podemos verlo con un Elstir, con un Vinteuil, con sus pares, volamos en verdad de estrellas en estrellas. (p. 274)
El momento de la revelación, de la vocación, es una "llamada a un gozo supraterrestre" (Cfr. p. 274), que caracterizaba las impresiones que, a intervalos alejados, habían sido los puntos de referencia para la construcción de una vida verdadera. Y que "ya no dejaría yo nunca de oír" (Cfr. p. 277), realizable por el arte, de la nada que había encontrado en todos los placeres y en el amor mismo, afirma el joven Marcel. A esto dedicaría el resto de su vida, a recuperar ese Paraíso de donde había salido la urgente vocación. Todo este momento se encuentra concentrado en la revelación a través del famoso septeto de la sonata de Vinteuil.
Las frases de Vinteuil me hicieron pensar en la fracesita y dije a Albertine que había sido como el himno nacional de Swann y Odette (p. 396)
Las telas de las dogaresas
Geometría del cantero en las novelas de Thomas Hardy
El color en las obras de Dostoyevski ("no sólo hay creación de personas, sino también moradas", p. 398) ¿Pero asesinó a alguien alguna vez? "Las novelas que conozco de él podrían titularse todasHistorias de un crimen" (p. 399). "Yo no soy novelista, es posible que los creadores se sientan tentados por ciertas firmas de vida que no hayan conocido personalmente". (p. 399) (Digamos, p. ej., Inmaculada o los placeres de la inocencia, novela pornográfica que el propio Juan García Ponce tuvo que hacer al dictado por estar enfermo de algo grave que lo contenía confinado a una silla de ruedas). "En Dostoyevski hay -concentrado, contraído aún y gruñón- mucho de lo que se desarrollará en Tolstoi, quien lo imitó mucho". (p. 401) En Dostoyevski hay esa aspereza anticipada de los primitivos que los discípulos aclararán. Ahora bien, es un gran creador. En primer lugar, el mundo que representó parece en verdad haber sido creado para él". (p. 400)
"Sí, había que partir, era el momento" (p. 434). Marcel, joven soñador, anhela realizar el viaje hacia Venecia que planea desde la niñez. En tanto, Albertine se ha marchado sin despedirse personalmente, pues apenas se ha dignado escribirle una carta. El señorito, al recibir en su cuarto la noticia esa mañana en que ha llamado a la servidumbre tan tarde, se ha quedado en la cama impresionado por el dolor amoroso, pero igual despide a Francoise sin hacerle comentario alguno.
21:15, jueves 24 de febrero de 2011. Hace calor, unos 30 grados celsius al abrigo, ¡y todavía no termina el invierno!.
Todas las citas las he tomado de:Marcel Proust, En busca del tiempo perdido V: La Prisionera, Trad. de Carlos Manzano. Editorial Lumen. Palabra en el Tiempo. Primera edición: noviembre 2005. Barcelona, España. 436 p.
