Ella, con aire distraído, dijo:
—Ahora no puedo.
—Pero...
—Tengo que arreglarme el cabello.
El pretendiente la miró extrañado:
—Eres una egoísta.
Ella asintió con la cabeza. Sacó un pequeño espejo, empezó a peinarse:
—Ya está. Ahora dime, ¿estás seguro de que me soportarás en las malas...?