Se mofaban de él: "¡Gordo, feo!". Incluso, sus padres lo despreciaban. Juanito se deprimió. Pedrito se hizo su pretendido amigo para aprovecharse. El niño se fió y lo pagó en oro. Papá y mamá lo abofetearon por tonto. Esa noche, abrió el gas. Salió. Ellos, defenestrados, entre sus sonoras carcajadas.