Revista Diario

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Publicado el 30 mayo 2026 por Elcopoylarueca

LAS PALOMAS

«A veces un gesto es suficiente para despertar la memoria».

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Autorretrato, Ofelia Gronlier Lamar, lápiz sobre papel.

Hoy comparto con ustedes el primer capítulo de Memorias del Vedado, libro que fue editado en el hogar de Manuel Díaz Martínez y de Claudia Díaz Gronlier, esposo e hija de la autora de las anécdotas que comienzan en Las Palomas, relato que irá a continuación de esta breve introducción y que fue publicado en el primer número de la revista Espejo de Paciencia (1996).

El título que hoy reseño es de esos que vuelan directo al alma. La hermosa edición, hecha a mano, donde la cubierta rosa brillante arropa el autorretrato de mi madre, es cofre de una prosa poética, emotiva, elegante, imaginativa, honesta y no carente de humor; de una prosa que es inventario de lo perdido en manos de hombres que expoliaron, material y espiritualmente, al pueblo que en ellos creyó.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Con mi hermana y mi mamá en la Sierra del Escambray.

Con crucifijos yaciendo sobre sus pechos, los guerrilleros engañaron a la nación. Prohibieron la libertad individual y el libre comercio; secuestraron la cultura, monopolizaron la educación y establecieron nuevas cotidianidades que desestructuraron la familia y penalizaron los valores tradicionales. Esta pesadilla, que se extiende hasta hoy, también es descrita en Las Palomas, porque la memoria tiene el don de ubicarse en varios lugares distintos… a la vez.

Las Palomas, por la manera en la que está contada, es muy visual. Las Palomas nos muestra cómo transcurría la vida pinareña a través del diario pasar de los días de una niña que crecía en el caserón de una familia acomodada y culta, de una niña que fue educada por sus abuelos maternos y tres tías solteronas; y como se trata de la vida, en este episodio, de un tiempo ido, se hermanan, a través de las impresiones y de la recreación de atmósferas, la historia cotidiana con la nacional. 

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Mi madre con sus padres y sus hermanas en México, 1958.

Memorias del Vedado está dividido en nueve capítulos que alternan la voz de Ofelia niña con la de la joven Ofelia, estudiante de artes plásticas en la Escuela de San Alejandro; sin embargo, todos los recuerdos cantan a una, pues han sido hilados con la intención de destacar que la mejor manera de evitar ser «títere con titiritero» —así dice un poema de mi padre— es evocando el pasado. Es impidiendo el olvido. A fin de cuentas, somos… ¡lo que fuimos! 

Memorias del Vedado nace como homenaje póstumo a Ofelia Gronlier Lamar, quien falleció el 27 de diciembre de 1995 en Las Palmas de Gran Canaria.Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

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LAS PALOMAS

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Mi madre con sus abuelos maternos: Octavio y Mamatán.

LAS PALOMAS

A Lucrecia Llano, mi abuela

La luz entraba en mi sueño sesgada y lenta, con la persistencia de un adagio.  Poco a poco detenía la última imagen soñada y la iluminaba con el delicado color de las postales viejas que guardan las tías. Pero la postal desaparecía y aparecía cada vez más desleída en el pestañeo interior de aquella niña codiciosa de sueños. «Ahora llegan las palomas con su aletear —se decía. Las veo venir dentro de mí remolonas y medio dormidas, abriéndose paso en el alero, ya me llega el cuchicheo y para mí que si cantaran serían ellas y no el gallo las que recibirían el día. Andan posadas en todas partes y las veo en el tejado, en los arcos de hierro del corredor y hasta en las jaulas de los pájaros, llenándoles de caca el mosquitero, y siento sus voces aprendidas del viento.

Algunas son del palomar del vecino pero otras vienen de muy lejos, como cuenta mi abuelo, que las conoce bien a fondo. Me ha dicho que estirar las alas es su bostezo y que lo aprovechan para limpiarse la axila con el pico. Con los picotazos cortos se peinan las plumas y se sacan del cuerpo la modorra y luego se mirarán de perfil con esos ojitos anaranjados que miran y escapan. «¡Hay que ver cuánto protocolo, dice mi tía, para calentarse el cuerpo y animarse a eso del amor!»…

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Y a la tela de araña de la niña de entonces volvían las esferas rojas y azules que la sumen en una duermevela de caleidoscopio, aterciopelado y confuso, en el que mezcla soles y ojos de paloma, resplandor de persianas y frescura del viento. Sólo cuando siente estallar, como una ametralladora, los tacones de la tía Estrella, percibe el irresistible olor del café con leche y luego el del pan caliente. Pero le llega el zas-zas de la abuela deslizándose sobre las losetas catalanas tan bruñidas que parecen de espejo y la nieta la imagina patinando en un lago en el que se hubiesen helado las aguas, las flores y los peces y para ella los botines negros de cordones y puntera fina en que terminan las pobres piernas deformadas por la elefantiasis no son otra cosa que patines de hielo. Y la ve resbalar y balancearse en el lago helado siguiendo el compás de una música que sólo ella escucha.

Y le parece intrusa en ese paisaje la voz lejana del abuelo reclamando betún para limpiar las botas, pero se percata del alboroto de los pericos desde la pajarera grande que está junto al jazminero y piensa que la tía Blanca debe estar retirando ya los mosquiteros de las jaulas. Entre los helechos y las vicarias del corredor silban y trinan, además, canarios, petirrojos, azulejos, mariposas y tomeguines del pinar y de la tierra.

«Arman tal bullicio que se diría que el corredor va a reventar y a llenar de plumas la casa» —se dice la pequeña soñadora que, aferrada al sopor del sueño imagina que las plumas flotan y se arremolinan, y vuelan transfiguradas en pájaros que vuelven a ser remolino de las plumas en una metamorfosis que ya se anunciaba infinita a pesar del olor de las bacinicas y del traqueteo que arman las tías para lavarlas. De repente, la despierta un sobresalto: cae el chorro de orine de su primo en el orinal. Nada más ese sonido irritante es capaz de sacarla de su mundo de figuraciones. «¿Por qué lo hace el condenado —se pregunta y se vuelve hacia la pared blanca en que se apoya el costado de su cama, y en esa pared, que es la pantalla de cine donde proyecta sus pensamientos, busca, todavía con los ojos medio cerrados, los pájaros que han escapado de la joven cabeza imaginadora. Pero no los encuentra y rezonga: «¡Ay, si no fuera por el miedo a dormir sola en la oscuridad, me alegraría de que se fuera para La Habana!»

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

—¡No finjas más sueño; ya tu primo se ha levantado! De un tirón abrí los ojos del todo y me sentí de súbito cegada por el intenso resplandor del amanecer cubano, mi segundo estremecimiento. Ya sentada en la cama, vi a Blanca a contraluz como recortada por un halo resplandeciente parecido al de los ángeles. Detrás de ella, la puertaventana gigantesca tenía las persianas abiertas y el sol se multiplicaba en los espejos y en las paredes encaladas del cuarto de tal modo que yo tenía que entornar otra vez los ojos para evitar el deslumbramiento. Despacio, mi tía iba adquiriendo cuerpo: alta, pálida, el pelo casi negro con raya al medio y recogido en la nuca a la manera española. Pero Blanca no era eso, sino sus ojos muy abiertos mirándome y mi despertar a la mañana de entonces. Ni marido ni hijos, ni siquiera novio tuvo; al menos nunca se habló de eso en la familia. Pero por ser la mayor, Blanca acabó convirtiéndose poco a poco en la madre de sus doce hermanos y ahora también de todos sus sobrinos.

—¡A quien Dios no le da hijos, el Diablo le da sobrinos! —había dicho, más que como exclamación como un profundo suspiro, mientras con un pequeño nudo se ajustaba debajo de la rodilla una de sus corredizas medias de andar.

Decididamente, a este ángel guardián nos lo había enviado Dios para imponernos a todos la disciplina. Blanca, distante y de apariencia fría, no titubeaba en cumplir su misión de elegida. Persistente, delicada y serena, de paciencia inmutable, ella era una virtuosa de la ironía y su aguda perspicacia rayaba en la clarividencia, en la que, por cierto, parece que no creía. Por no habernos besado ni sentado en las rodillas, la suponíamos incapaz de eso que llamamos un gesto de ternura, y, sin embargo, asomarse a los ojos de Blanca era lanzarse a un pozo sin fondo: ella era tan indescifrable como su enigmática sonrisa.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Me limitaré, pues, a contar lo que a pesar de mis cortos años ya me resultaba evidente en mi tía y es que aunque cumplía hasta el paroxismo su misión protectora e intervenía con un entusiasmo radiante en las discusiones de familia, haciendo alarde de sus propios criterios, Blanca, que conocía el ardor del hielo que quema, sólo se realizaba a plenitud en su doble pasión por el silencio y la música.

Nunca me levantó la voz ni me impuso el silencio, sino que a través de la buena música me educó para que fuese mi oído el que rechazara los sonidos desagradables. La niña pequeña que era yo escuchaba, en la intimidad tranquila de aquel cuarto de música apartado del resto de la casa, a los maestros del Barroco y al virtuoso Jascha Heifetz en un arrobamiento que era casi un estado de gracia.

—¡Ah, si aprendieras a disfrutar el silencio! ¿Te he contado que a una niña que pensaba en silencio con los ojos cerrados se le apareció una vez un ángel? —me dijo todavía con la mirada ausente y en la embriaguez en que la dejaba el violinista austriaco.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

No me hacía mucha gracia la aparición de un ángel en mi vida. Creo que aunque en aquella época yo no pasaba de los cinco años, ya de un modo irracional sentía horror por los seres que a fuerza de espiritualidad se vuelven asexuados. Sin embargo, accedí a que fuese mi tía quien invocara el ángel y puesto que dábamos por sentado que su largo viaje hacia nosotros demoraría el fantástico encuentro, decidimos utilizar ese tiempo como un preámbulo en el que Blanca me iría describiendo las apariciones que «veía con los ojos cerrados».

A la memoria me vienen aquellas siestas en la cama grande en las que yo le peinaba las cejas con una peineta y ella contaba: «veo una niña que juega con un aro a la orilla de un lago; lejos, allá en la casa grande, su madre toca el piano y el aire lleva hasta el lago el sonido de la música»… Y se dormía sin terminar el cuento, que no era cuento porque sus historias ni personajes ni argumento; se quedaban en la exposición finamente descrita de una o varias escenas, según la apremiara el sueño, que al final dejaba caer, sin remedio, aquella cortina de niebla a través de la cual me llegaban vagamente palabras perdidas, dichas por una voz que no era del todo suya: «se llamaba Blanca Rosa»…Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

¿Quién era Blanca Rosa, la madre o la niña? ¿Era quizás alguna otra figura que ya mi tía no podía compartir conmigo? Acaso el lago fuese aquel que solo vi de pasada desde el automóvil una vez en mi vida y que estaba en la finca «El Brujo», la última propiedad de la que se deshizo mi abuelo.

La desaparición súbita de aquellos lugares descritos por Blanca me dejaban una desconcertante sensación de vacío, pero mi pequeño yo ya se iba nutriendo de esas figuras fantasmales que luego completaba con la imaginación y el tiempo. Sin embargo, mi sensibilidad morbosa por lo desconocido no se limitaba a participar en la invocación del ángel ni en dibujar o desdibujar a mi antojo las apariciones fugaces que me describía Blanca, sino que no paraba de registrar baúles, rincones y gavetas de una manera obsesiva.

Fue así como di con aquella fotografía fantasmal de Blanca, el único ser milagrosamente visible de aquel coro que adivino de niñas, a punto de ser borrado por el tiempo. Allí estaba ella adelantándose en el centro, acercándose al lente, como si quisiera pasar para siempre a esta orilla, con los cabellos largos y lacios partidos al medio, vestida de ángel, las alas enormes sujetas al cuerpo por tirantes cruzados, toda ella flotando entre tules de su bata y las flores de su corona, mirando a la cámara, tocando una mandolina. En la atmósfera amarillenta todo se había difuminado menos los ojos de Blanca mirándote y fugándose a la vez con la música…

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Muchas veces oí hablar en la mesa de comer de la bella voz de mi tía y de lo lindo que se acompañaba con la mandolina. Nadie cantó como ella, ni siquiera mi madre, la Barcarola de Hoffmann —todos lo reconocían. Pero cuando conocí a Blanca ya no existía la mandolina y la tuberculosis le había llevado para siempre a mi tía su preciosa voz de soprano, dejándole a cambio una tosecita persistente y molesta.

Con las campanas de la iglesia tocando a vuelo, ¿quién podía olvidar que era domingo? Después del contrapunto inicial ad libitum, los campanarios se lanzaban al unísono con todas sus voces llamando a misa.

Blanca se acercaba con su tosecita seca: traía en un perchero mi pequeño uniforme de gala, planchado, inmaculadamente blanco, y, como siempre, alisaba con la mano, más aún, los tachones de la saya para luego liberar primero los botones como guindas y después el corbatín de terciopelo rojo. Sobre la cómoda reposaba el sombrerito de pala de ala ancha. Como ya empezaba a apuntar en mí ese rechazo que siempre he hecho a los domingos y que expresaba frunciendo el entrecejo, mi tía, que me acicalaba, hacía lo posible por aliviar mi irritación y, con la mejor de las intenciones, me recordaba que la misa la cantaba el padre Cayetano, aquel personaje que traía locas a todas las mujeres del pueblo y que para mí era apenas «el cura de los cachetes colorados que una se encuentra en todas partes».

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Me parece verlo venir por la calle del Obispado, esa por la que me da tanto miedo caminar a la caída de la tarde a causa de los murciélagos. Se acerca a nosotras con el andar de paso largo que le tensa la sotana y la pisada fuerte que le acelera el corazón a mi tía, quien se detiene en seco y traga saliva como las monjas del Sagrado Corazón cuando le alcanzan los pasteles y la copita de créme de vie al cura, después de las confesiones de los viernes. El sacerdote le tiende la mano y mi tía se enciende como si algo la alumbrara desde adentro.

Hoy recuerdo la desenvoltura de aquel andar orgulloso y la limpieza de los rasgos soberbios de su cara joven y comprendo que se velara la voz de Blanca al darle las buenas tardes. Pero a la niña que paseaba con su tía no le impresionaban las aventuras amorosas del cura, susurradas entre risitas y algún «cuidado que hay moros en la costa», que sin duda la aludía, ni la figura gallarda y a veces exageradamente erguida de aquel hombre que no vinculaba todavía con el confesionario (esto lo haría después, cuando a los siete años la preparara para la primera comunión), sino con la calle que, a su entender, albergaba a todos los murciélagos de Pinar del Río.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Horrorizada como estaba de que al ponerse el sol comenzaran a salir de la arboleda y del campanario los murciélagos, yo miraba el cielo y tiraba de la falda de mi tía, pero ni ella ni el cura se enteraban. Blanca lo miraba a los ojos y él hablaba de Euzkadi, de los acantilados de Guipúzcoa, y, como cuando visitaba a mi abuela, de algún modo se despediría cantando aquel himno triste que a fuerza de escucharlo me sabía de memoria.

Su conversación era siempre bien recibida en mi familia y sobre todo por mi abuela, hija de vasco con pinareña. Ella estaba siempre dispuesta a matarle al cura, con pasteles y natillas, el hambre vieja que arrastraba desde sus tiempos de la guerra civil española y que, a todas luces, se había convertido en crónica. Ni mis tirones ni mis lloriqueos fueron atendidos por aquellos dos seres que sólo se despidieron al encenderse las luminarias del parque, que fue cuando abandonamos el lugar entre el aleteo y el chillido de los murciélagos.

De modo que aunque mi oído musical me permitía apreciar su bella voz de barítono, siempre imaginaba al cura con un murciélago posado en el hombro de la sotana y en verdad escuchar el nombre Cayetano en boca de mi tía me hacía aborrecer todavía más la mañana de domingo.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Destapé la motera y me pasé por la cara la borla impregnada de polvos de Coty; sentí el sutil alivio que me producía el olor avainillado del heliotropo y me busqué en el espejo. Enmarcada en el óvalo de la luna vi mi imagen: una niña un poco pasada de peso, con cara de pandereta y ojazos negros, medio estrábicos, me miraba fijamente bajo una mata de pelo enmarañado. A mi lado, Blanca no se había percatado de mi rostro nevado de polvos, enfrascada, como estaba, con su santa paciencia, en desenredarme la melena, después de haber logrado, ¡al fin!, hacerme la raya al medio, perfecta, absolutamente geométrica.

Había dejado de hablar del cura vizcaíno, como le llamaban en casa, y separaba en secciones mi pelo para tejerme las trenzas, que luego, sujetas con cintas de tafetán, doblaría a ambos lados de mi cara empolvada. Entonces, al menos para mí, yo adquiría un aire semejante al de Aleta, la rubia platinada que era la novia de «El Príncipe Valiente» en los dibujos coloreados de las tiras cómicas del periódico «El País» que mi tía me leía cada domingo.

También los muebles del cuarto se reflejaban detrás de nosotras en el espejo, integrados a su manera en una desigual armonía. Las dos camas, demasiado grandes y duras, parecían góndolas atracadas en aquel ambiente donde los espejos hacían ondular el sol como hacen las aguas. Entre las camas se alzaba el armario como un vikingo coronado de volutas. En la enorme puerta azogada que yo imaginaba la armadura del guerrero aparecía, por el juego de espejos, la minúscula cómoda de cedro, con sus tiradores de lazo y la luna de huevo en la que me miraba.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

La criada abre, uno tras otro, los ventanales, siguiendo la arraigada costumbre cubana de airear la casa antes de limpiarla, y entre, con los pregoneros, como un torrente, la mañana pinareña, que huele a café y a tabaco, pero también a la vegetación húmeda. Las familias del lugar combinamos la pulcritud y el orden con un menos aparente pero más sentido dejar pasar tranquilamente las cosas. Hay una actividad de sabia confianza en la naturaleza que nos permite disfrutar mejor la vida.

«La tierra nos lo da todo», dice el pinareño, que por eso no sólo siembra en el monte, sino en los jardines y en los corredores de sus casas sombreadas y a la vez bañadas por el sol. En los traspatios, las enredaderas disimulan platanales, gallineros y cerditos, y en aquellos suelos rojizos y rezumantes de humedad crecen las palmas reales, porque son buenas como pararrayos y como protección espiritual, »que allá en la copa se sienta el negrito guerrero dueño de la tormenta y el rayo», dice con aire de sapiencia Federico, el guajiro que cuida de nuestro jardín. Por eso, apuntando muy por encima de los tejados y de las copas de otros árboles, en cada patio, al menos una palma real, esbelta y femenina, mece como una cabellera al viento su penacho.

La niña recordará siempre el olor a monte que sobre todo en la mañana le trae el viento. Porque en aquel tiempo las casas se perdían en la manigua y los yerbazales se asomaban a las casas llenándolas de flores y de hojarasca y había hasta quien sabían diferenciar el olor a yerba de monte del olor a yerba de casa en aquel mundo de ambigüedades y de espejismos en el que vivíamos. Espejismos reales, por cierto, que contemplábamos desde las azoteas y que nos encandilaban la imaginación.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Eran fenómenos espectrales, quizás debidos al exceso de humedad y a la descomposición de la luz solar en aquel aire tan cargado de ozono, como decía el abuelo, tan dado a la vez a la física y a la metafísica. Pero en la distancia el paisaje se invertía y ondulaba en la atmósfera azulada como reflejado en un lago, llenándose de delicadas transparencias que cambiaban de color con la luz del sol y que ejercían una suerte de encantamiento sobre la nieta, que entonces imaginaba galopar en el caballo de su primo y perderse entre los mogotes y los palmares, ya no como Aleta, sino que ahora, con el pelo suelto, era una amazona de «Roldán el Temerario».

Este es el paisaje que se cierra en torno al caserío, el que le da la vida y la filosofía de la vida: unas tierras dominadas por las vegas vueltabajeras que producen el mejor tabaco del mundo. Las vegas nos invaden con el olor del tabaco en flor, más incisivo y profundo que el de otros sembrados. Es una fragancia inquietante que aparece de súbito y no se mezcla con los otros olores de la casa. El guajiro Federico llama «el perfume de la aparecida» a esa emanación que viene y se va con el viento y agrega solamente que «el suelo resuena a su paso». No sabemos a quién se refiere ni a él le interesa ser más explícito.

En Pinar del Río proliferaban las mariposas, los cocuyos, los grillos y hasta los caballitos del diablo, pero la gente abría de par en par las ventanas porque se había acostumbrado a convivir con ellos, como con la superstición y la magia. Sin embargo, yo todavía no tenía la sabiduría de los mayores para aceptar a estos bichos dentro de la casa y si al anochecer descubría en el techo una tatagua grande se me helaba la sangre en las venas.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

—No es una bruja, como dice Federico, sino una mariposa que anuncia visita —dice mi abuela para tranquilizarme.

«Pero Federico me ha jurado que ese bicho enorme, como de terciopelo negro, anuncia la muerte. Y yo solo conozco de la muerte lo que de ella habla mi abuelo en la mesa cuando alude a esa guerra en la que, ¡al fin!, han entrado los americanos. Es una guerra que siento lejana porque no comprendo bien la palabra guerra ni la palabra muerte, y porque tampoco es todavía un tema dominante en la conversación de sobremesa. Aunque vagamente intuyo, eso sí, el horror de la muerte, a la que relaciono con los murciélagos de la calle del Obispado. Le creo a Federico cuando me cuenta que todos los murciélagos de la tierra vienen de esa calle, y cuando me dice que esos ratones con alas son los fantasmas de las monjas que mueren en pecado también le creo. No sé qué es el pecado, pero debe ser verdad eso que me dice de que la lechuza es el propio demonio, aunque tampoco tengo claro qué es el demonio, y le escucho cuando me advierte que si me la topo por el camino le grite haciendo la señal de la cruz: «¡Solavaya, ánima sola!» Y ya no podré dejar de temerle a los seres alados de la noche, sobre todo a los ángeles» —se decía la niña.

La tía ha terminado el peinado, pero la pequeña cabeza aturdida sigue pensando en la sombra negra prendida al techo de la saleta. Sin pronunciar la palabra tatagua, la tía le dice, como quien no quiere la cosa, que escampó desde la madrugada y que la luz del día espanta a los bichos de la noche. Más tranquila, la sobrina estira el cuello para mirar a través de la ventana y ve brillas las gotas de agua en las hojas del jazminero: se siente atraída por el revoloteo de las mariposas del día y ya no puede retirar la vista de aquella danza. «Da gusto mirarlas» —piensa sonriendo y se busca en el espejo.

Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

Desde el espejo me sonríe siempre la niña de los ojos estrábicos. Es presumida y sonríe con cuidado porque sabe que le falta un diente. Sabe también que aquella mañana bañada por una luz ámbar pasará al fondo de su espejo. Ha visto un destello de esa luz en el ala del sombrero de paja y luego el mismo destello en el azogue de la luna, justo donde el primo se peina el pelo engominado. Y la luna se tiñe de un melancólico amarillo, anticipándose al tiempo: Estrella pasa con su taconeo de ráfaga, la cabeza pelirroja como una llamarada; la abuela patinadora se desliza; el abuelo, en calzoncillos largos, se lustra las botas y hasta ha aparecido el tío Rafael, retocándose su corbata de lazo. Blanca se mira y me mira satisfecha. Sonríe complaciente y dice que me parezco a la postal de «La Bella Josefina».

La niña de los sueños sigue ahí, de pie sobre el banquito para alcanzar el espejo, oyendo entre el campaneo la voz ronca de ese terco grillo que canta. Mañana, con la claridad del día, llegarán de nuevo las palomas.

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Ofelia Gronlier Lamar fue pintora, escritora y traductora. Ofelia perteneció al Consejo de Redacción de «Espejo de Paciencia», siendo, también, responsable del diseño de la revista. Había nacido en La Habana, donde fue secretaria y amiga personal de José Lezama Lima. Precisamente se dio a conocer como escritora con un relato biográfico sobre el autor de «Paradiso». Ofelia Gronlier fue articulista habitual del periódico canario «La Provincia». Colaboró en «El Nuevo Herald» y en la revista literaria «Linden Lane Magazine», ambos de Estados Unidos. Desde diciembre de 1992 residía en Las Palmas de Gran Canaria en compañía de su esposo, el poeta y periodista cubano Manuel Díaz Martínez.

(Ficha biográfica que aparece en el número donde fue publicado «Las Palomas»).

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Las Palomas. Memorias del Vedado (Ofelia Gronlier Lamar).

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