* levrero y los adventistas

Publicado el 30 enero 2013 por Chinopaper

En “La Novela Luminosa”, Mario Levrero nos hipnotiza con el relato denso, pesado, cotidiano, de la lucha que emprende día a día contra sí mismo para volver a ser el escritor que fue alguna vez, y que hoy (al momento de tener que ponerse a escribir la novela en sí, perseguido por problemas de salud, achaques de la edad y de la mente, etc) estima demasiado lejano y escondido. El gran trabajo del uruguayo es lograr con el lector una identificación imposible. Imposible desde lo concreto, porque más allá de la habilidad literaria con la que Levrero empuja el relato hacia el interior del lector, en aquellos pasajes en donde se reconoce la obra y no el experimento, todas las experiencias, pensamientos, ideas, pesares y sufrimientos del autor son intrasladables, son enigmas y piezas perdidas de una mente particular que deben tomarse como lo que son y se presentan: una búsqueda. Conmueve el esfuerzo consciente que realizó Levrero durante su recorrido por esa cantidad abrumadora de páginas en donde nunca nada de lo esperado sucede.

En mi caso – y no trazo aquí paralelismos o comparaciones para no ofender a puristas de poco vuelo-, el recorrido no es hacia el lugar perdido u olvidado, si no hacia un lugar que descubrí (las cosas siempre se descubren, las ganas no se intencionan) que quiero o me gustaría ocupar. Siento este proceso como una metamorfosis, pero con la diferencia de que es evolutiva. En el caso de M.L. él mismo plantea su proyecto como una renuncia al hombre domesticado y contaminado en el que se fue convirtiendo con los años. Levrero está – estaba- pegando la vuelta. Mi proceso es recién la ida, el viaje hacia un destino desconocido pero a la vez elegido: no estoy conforme con lo que soy, aunque ignore totalmente qué encontraré una vez que llegue, si es que logro llegar, a esa especie de “tierra prometida” que me planteo como destino. Este proceso conlleva necesariamente hacerse cargo de espacio y lugar, necesita de la toma de decisiones y su consecuente acatamiento; ningún cambio se produce por ósmosis ni sin efectuar los sacrificios necesarios. Y esta es la parte más difícil, porque para ser uno de esos valientes argonautas hay que combatirse cuerpo a cuerpo con la depresión, la angustia, la duda, la autoestima, el miedo a la propia estupidez, etc.

Existe otro vector de potencia dentro de todo este proceso que planteo: la confianza. Los grandes cambios, o aquellas decisiones que haya que tomar para efectuar estos cambios, implican consecuencias inmediatas y también tendrán ecos a futuro. Considero algunas de ellas como drásticas, pero bien puedo estar exagerando; de todos modos la cuestión es qué tanta confianza en ese futuro tenemos como para arriesgarnos a emprender la metamorfosis. Para una persona optimista la cuestión está zanjada y dirimida desde un principio, pero claro, nunca se deben seguir los impulsos optimistas porque suelen reflejar sólo un deseo y no contemplar la realidad completa. El optimista es un iluso, un ingenuo, un pobre infeliz al que se le ha negado la posibilidad de interpretar el conocimiento. El mayor problema de esta gente no es la ausencia de inteligencia alguna, si no que se les han negado (sistemática o inocentemente) las herramientas idóneas para relevar, analizar e interpretar la completitud de una idea, un concepto, un problema o bien una realidad, general o particular, propia o ajena. Me refiero a que existe una mirada sesgada, recortada, dirigida; y voy más allá en este delirio iniciático: ese campo magnético – electrificado- que condiciona la mirada, está controlado firmemente desde las estúpidas creencias de la fe. La fe vieja. Está bien creer en algo por más estúpido que sea, el hombre sin fe no tiene nada, nada. El problema es que cuando esa fe, construcción humana, comienza a nublar el entendimiento de tal forma y con tal intensidad que se convierte en el único tamiz con el que contamos para tomar decisiones quedamos presos de la perversión de los que aprovechan la debilidad y la confusión para domesticarnos. Nos convertimos en boludos alegres que, como una piara desconcertada, camina hacia la cuchilla con los ojos llenos de ilusión.

Que no se interprete como una crítica destructiva. Que estas palabras no se tomen como un llamado al exterminio, discriminación o quema en piras para con los cerdos felices. No es la intención. Soy un creyente. Soy un devoto del equilibrio, concepto inmanente que nos permite establecer con mayor o menor coherencia las relaciones del mundo. Considero extremadamente necesaria la existencia de “la patota optimista”    que, con un tesón admirable, día a día empuja, molesta, agrede y desprecia al grupúsculo que ocupa el otro extremo de la balanza: los adventistas del fin del mundo.

Por ahora, este delirio que comenzó como un rito iniciático de la metamorfosis que me propongo, o estimo, conseguir, termina con mucha menos claridad de la que comenzó. Gracias, Mario.

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