Por mi parte, puedo decir que estoy feliz por muchos motivos. Feliz porque el destete se haya producido de una manera tan natural, tan tranquila y tan positiva para los dos. Feliz por el tiempo que hemos compartido mi hijo Alejandro y yo con la lactancia. Y feliz porque ahora miro hacia atrás, y me doy cuenta de que detrás de esta lactancia, hay mucho más que el propio hecho de dar de mamar: hay muchas personas, muchas historias, muchos momentos únicos.
El inicio no fue sencillo. El posible efecto de la anestesia que me pusieron durante el parto (que hizo que Alejandro estuviera muy dormido todo el primer día, ni siquiera la primera hora fue de alerta tranquila), unido a un frenillo que no fue cortado hasta la semana de vida, llevaron a que durante los primeros meses, nuestra lactancia fuera con pezonera pues no podía mamar sin ellas. De esto, aunque fue engorroso en cada toma (y eran muchas), podemos sentirnos agradecidos porque sin ellas, no sé si hubiéramos podido tener una lactancia.
Recuerdo las mañanas en nuestra primera casa, sin movernos de la cama, entre tomas, durmiendo, leyendo, descansando, aprovechando el tiempo juntos... También recuerdo en esos primeros meses, el grupo de lactancia al que empezamos a ir, el mundo de posibilidades que empezamos a conocer gracias a la lactancia y cómo se nos abrieron nuevos horizontes.
Y de pronto, al sexto mes, mientras un día buscaba las pezoneras porque quería mamar, se enganchó y mamó sin ellas. No quería ni respirar, ni moverme,... nada, sólo quería mantener ese instante por si no se volvía a repetir. Pero no fue así, a partir de ahí, pudimos olvidarnos de las pezoneras y disfrutar libremente de la lactancia.
Y el último medio año, la lactancia con Alejandro se redujo bastante por su propia iniciativa a los momentos de ir a la cama, de cansancio o algún momento esporádico de aburrimiento o incomodidad. No solía pedir más que en esas ocasiones, a pesar de que por ambas partes continuábamos con la lactancia a demanda.
Varias noches en las que se quedó dormido con su padre mientras le contaba un cuento y yo dormía a Iver, otra noche que se durmió en el coche de vuelta después de un viaje, hicieron que no compartiéramos nuestro momento de toma nocturna durante unos días.
Y entonces se lo planteé: le pregunté si quería dormirse a partir de aquella noche, abrazado a mí, mientras le contaba un cuento, dándonos sin cariño,... pero sin la teta. Y me dijo que sí. Así que ratificamos el acuerdo, y desde entonces... Ha sido tan sencillo, tan bonito, tan positivo... Creo que era el momento.
Es real, se ha producido el destete de mi hijo mayor, después de 42 meses de lactancia, la mitad en un tándem (que en algunos momentos no ha sido sencillo, publicaré un post en el blog algún día) con su hermanito Iver y estamos satisfechos, orgullosos e iniciando un nuevo período.
Gracias hijo por este tiempo de brazos, de abrazos, de sueños, de miradas, de sonrisas, de leche, de teta, de placer. Gracias por este maravilloso regalo.
