“Los hombres del camino extremo”:Le choix des armes. Renovación y homenaje, el polar de Alain Corneau

Publicado el 10 mayo 2010 por Esbilla

Le choix des armes

Director: Alain Corneau

1981

Francia

135 min.

Fotografía: Pierre-William Glenn

Música: Philippe Sarde

Guión: Alain Corneau & Michel Grisolia

Reparto: Yves Montand, Gérard Depardieu, Catherine Deneuve, Michel Galabru, Gérard Lanvin, Jean-Claude Dauphin, Jean Rougerie, Christian Marquand, Etienne Chicot

Ya amenacé que volvería a reincidir en la revisión de un autor, a mi juicio, tan indispensable (e influyente, su gran cine de finales de los 70 y primeros 80 es fácilmente reconocible en los dos mejores autores del neo-polar: Olivier Marchal y especialmente en el espléndido Jacques Audiard) en el thriller francés como Alain Corneau. En esta ocasión el motivo de la exhumación es Le Choix des armes, el último trabajo previo a su sorprendente disolución comenzada con el engolado melodrama de aventuras coloniales Fort Sagane. Como en el anterior artículo sobre Serie negra ya repase someramente la filmografía de este director paso rápidamente a la película en cuestión, a ver que sale:

Le Choix des armes recoge toda la tradición del polar francés en general y de los universos de Jean-Pierre Melville y José Giovanni pero no por ello carece de entidad propia, sino que, bien al contrario, resulta una intensa cumbre de un género al que renueva y homenajea al mismo tiempo. Así aquí reencontraremos decantadas las constantes temáticas de los mejores trabajos de estos dos maestros sobre lealtades masculinas, amistades rotas/creadas por las circunstancias, su particular ritmo contemplativo y ritual al que se añade una estética naturalista en busca de un verismo que no implica ausencia de estilización -en ese sentido ambivalente destacan la depurada planificación de las secuencias de acción y suspense, la rugosa fotografía otoñal, o una puesta en escena seca que valora el peso del encuadre y el valor de la repetición o el movimiento- sino un contraste muy estimulante entre la forma (absolutamente coherente con los trabajos anteriores del autor, especialmente con Policia Python 357 y La menace también con Montand) y el fondo (que refiere desembozadamente a títulos como A todo riesgo realizado por Claude Sautet en 1960 o Hasta el último aliento dirigido por Melville en 1966, ambas sobre originales de José Giovanni y por debajo de este film de Corneau).

Pero además se añade un componente esencial que es el que da a este trabajo su verdadera dimensión, una cualidad metatextual y reflexiva “desde dentro”, es decir que no está colocada en un primer (y grosero) plano, que ,pesea ser en el fondo el tuétano de todo el invento, se deja con mucha inteligencia como un hummus alimenticio y fortalecedor que hace lo que tiene que hacer la gran ficción cuando se pone reflexiva: actuar desde la sombra, casi de un modo subliminal, permitiendo el acceso por igual a los interesados únicamente en la trama en si y permitiendo escarbar en busca de esa segunda lectura conceptual.

Con este enfoque, el enfrentamiento/reconocimiento entre dos generaciones distintas de delincuentes y de tipologías es también la colisión entre dos modos de afrontar el género: la estilización melvilliana y el polar clásico contra las nuevas formas sociales y crudas del policiaco dentro de una narrativa minuciosa y compleja. Encarnadas estas características teóricas por los físicos y las maneras de Yves Montand y su hieratismo parsimonioso como representante de la vieja escuela (además tanto su look como su situación de exdelincuente dedicado a la cría de caballos remiten al personaje de Howard Vernon en Bob le flambeur de 1955 y Gerard Depardieu, adoptando el estilo crispado y la caracterización que usaba en en sus títulos para Bertrand Blier (desde la exitosa Los rompepelotas en 1974 a esa negra humorada que es Buffet froid ya en 1979), como el nuevo crimen callejero y anárquico. Casi la nobleza del hampa contra el lumpenproletariat (mientras uno vive soñando en comprase una villa en Irlanda, el otro se oculta en pisos de barriadas deprimidas y cuida de su hija como si fuera un fantasma, siendo esta ternura lo que finalmente lo redimirá en un final hermosísimo que cierra obligatoriamente un círculo de dolor) en una dialéctica de las armas trágicamente azarosa. Y es que es la casualidad y el miedo lo que empuja la trama, la desconfianza hacia el otro al que cada uno ve como alejado y contrario a su propio mundo.

Cada personaje solo conoce su propia percepción pero Corneau permite, con una disposición que multiplica el punto vista que el espectador pueda ver el tapiz completo – poliédrica e invisisble estructura formal resuelta con la mayor naturalidad y que comprende el de Montand, el de su esposa interpretada por Catherine Deneuve, el de Depardieu, el del impulsivo policía que con su afán de violencia análogo al del joven delincuente precipitará la tragedia y al que interpreta un estupendo Gèrard Lanvin (imborrable su duelo final con Montand en el que este le da una lección de vida) y el del veterano agente personificado por Michel Galabru- y así observar las razones particulares que humanizan a los que, en el fondo, son arquetipos reconocibles.

Terminó ya sin destripar nada (o no demasiado al menos) de una historia que  reflexiona con verdadero genio sobre esas relaciones masculinas, sobre el precio de vivir al margen (porque ambos son igualmente asociales pero mientras Montand es capaz de fingir una normalidad aceptable, Depardieu es como un animal aterrorizado), el peso del pasado (cinematográfico y vital) y sobre un sentido ético profundo que no admite nada más allá del compromiso inquebrantable. Sin descuidar ni el nervio narrativo, ni el vigor genérico equilibrando perfectamente la acción y el dramatismo y haciéndolos confluir armónicamente en un estremecedor tercio final perfecto cierre para una obra maestra a descubrir, la vez áspera y lírica, sentimental y violenta.