
Después de varias noches sin dormir, uno aprende a escuchar los ruidos de la noche, todo lo que la noche le susurra a uno.
Su valiosa lección.
Goznes lejanos, el crujir de alguna cañería, zumbidos casi imperceptibles.
Ecos, susurros, disonancias que el insomne inexperto juzga fruto de la casualidad.
No volveré a tratar de compartir con nadie esas valiosas conclusiones, ya sé que no me entenderán. Guardo silencio y dejo que pase el día y mis obligaciones. Cuando todos duermen, reanudo ese diálogo secreto.
Yo pregunto y la noche me responde.
Durante un tiempo, el día fue para mí una sala de espera: debía someterme a su esterilidad, antes de que me recibiese la noche y su fantástica audición. Mas pronto comprendí que el día era una prolongación de la noche, que su luz es solo el reverso de las sombras: la noche sigue ahí, agazapada, para quienes hemos aprendido a verla en todas partes.
Dormito en los transportes públicos, camino del trabajo: apenas diez minutos basta a mi descanso. Cuando despierto, sé cuál es la voz que debo atender, es la única verdadera y se esconde en el sueño disfrazado de mi vigilia.
En mi extendida duermevela, yo sigo recibiendo las señales de ese otro mundo que aprendo, poco a poco, a hacer mío; escucho su lenguaje lleno de imágenes y de caleidoscópicas revelaciones.
Tengo la precaución, como digo, de no hablarlo con nadie, aunque a menudo los demás intentan acercarse a mi secreto, tratan de sonsacármelo: me preguntan, hasta me han increpado en ocasiones. Pero no quiero que me juzguen delirante seres que viven en su mundo que yo sé ya falso y precario, un espejismo.
Hoy me han echado del trabajo. Me han conducido en ambulancia a un edificio enorme, en las afueras, donde reinaba una mañana deslumbrante entre parterres y abedules, y les grité que no guardo ningún secreto, que no hay secreto que yo pueda revelarles: la noche no los tiene.
¿Quieren arrebatarme la voz de mi noche perpetua? No te preocupes, me susurra mi noche perpetua.
Porque he mordido a un compañero de la sala de blancos azulejos donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, me han trasladado a otro lugar: una pequeña celda. Pero a mí no me importa. He vuelto a oír gotas cayendo y circulando por lejanas cañerías, a animales extraños que suenan como niños, el zumbido que hacen las otras dimensiones cuando confluyen con la nuestra y giran como goznes: la realidad y su desierto quedan ocultos por muros que he ido aprendido muy despacio, desde hace mucho tiempo, a sortear.
Para asomarme tras de ellos.
Mi desierto y mi encierro se trasforman despacio en el lugar maravilloso que entreveo.
Puedo verlo, oírlo. Debo guardar silencio ya. Y regresar a él.
