Revista Talentos

Lucía ibañez

Publicado el 09 mayo 2017 por Ana Ana Vázquez @AnaVazquez39
Don Ignacio se había traído a Vega a su madre, que estaba muy enferma,y no quiso que muriese en soledad en su casa de Pamplona. Doña Lucía Ibáñez era una mujer muy delgadita, con el pelo totalmente blanco y una piel tan clara que parecía transparente. Cuando la conocí apenas podía caminar. Su hijo la sacaba a pasear cuando hacía buen tiempo, en una silla de ruedas, y se sentaban al sol por las tardes, mientras don Ignacio le recordaba historias de cuando él era pequeño y estudiaba en el seminario. De las tardes de frontón, contra los muros de la parroquia, después de haber hecho los deberes y haber merendado el pan con chocolate negro que sabía a tierra y rechinaba los dientes. 
Ese chocolate que le dejaba un regusto amargo en la garganta y que no era capaz de mitigar ni bebiendo grandes tragos en la fuente de la plaza, esa amargura que no sabía muy bien si era por el chocolate o por el destino escrito desde el día de su nacimiento. Pero eso jamás se lo contó, nunca le dijo lo que le había costado aceptar un futuro que él no había decidido. Nunca le preguntó que con quién había contado para encomendarle a Dios, a través de la vida eclesiástica, como pago a su pecado, el pecado de haber amado a un hombre ateo, descastado, que no quiso casarse por la iglesia cuando se quedó embarazada y que murió luchando por algo que a ella no le importaba lo más mínimo, por algo, que —en el fondo— se la traía al pairo, es más, se hubiese alegrado de que Franco ganase la guerra y pusiese un poco de orden y disciplina en este país de descerebrados, si no hubiese sido porque su amado Ignacio estaba luchando con el ejército rojo.
Y su hijo, su hijo querido, creció convencido de que había nacido para ser cura, que no había otra opción. Nunca se planteó no obedecer a su madre, jamás le dio un disgusto. Tomo los hábitos por pura disciplina, para no ver a su madre llorar, porque, al fin y al cabo, ¿no era lo mejor? Y en las noches de primavera, cuando el curso estaba a punto de finalizar y se acostaba de día, porque su madre decía que era la hora de ir a la cama, aunque aún hubiese luz y los chavales anduviesen todavía por las calles aprovechado que el tiempo estaba templado; entonces miraba al techo cuarteado de su habitación, iluminado por las rendijas de sol que se colaban a través de las contraventanas dejando una estela de polvillo suspendido en el aire y se planteaba huir, desaparecer; fugarse con un hatillo con una muda limpia, cuatro mendrugos de pan y una lata de sardinas, y viajar a Francia o a Alemania y alistarse en el ejército, o los bomberos, o la policía… dondequiera que le admitiesen. Pero nunca fue capaz de tomar decisión alguna, porque era más cómodo —o eso se decía a sí mismo— obedecer y no pasar frío o calor lejos de casa, y ¿cómo le iba a dar ese disgusto a su madre, que no tenía otra meta en la vida que hacer de él un sacerdote? Y cuando cantó misa, Lucía Ibáñez, satisfecha y orgullosa, le dijo que era el día más feliz de su vida. Pero, Ignacio nunca le contó sus pesares, jamás le dio la mínima pista sobre sus vacilaciones y su madre murió —ahogada con la almohada que Ignacio apretó despacio, mientras dormía— convencida que su hijo amado era un cura de vocación y que nunca, jamás, una sombra de duda había ensombrecido su semblante.

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