

Paula Grande
Si hace unos días dedicaba mi entrada a lospies, hoy no puedo resistirme a hablaros de las manos y las uñas, una parte de nuestra anatomía que, por extraño que pueda parecer, tampoco es ajena a las modas , y no me estoy refiriendo únicamente al color del esmalte más vendido cada temporada.

Recuerdo que, cuando estaba en el instituto y estudiaba literatura, algún autor cuyo nombre no recuerdo describía a la mujer de sus sueños señalando que tenía las manos pálidas y las uñas muy rosadas, algo que a mi siempre me ha espantado, y que aún no he visto reivindicar a ningún gurú de la moda (pero tranquilas, todo se andará). Al igual que los cuerpos rollizos, la palidez extrema era entonces señal de buena crianza –de no ponerse al sol y no dar palo al agua, normal que estuviesen blancuchas y orondas-. Afortunadamente, desde hace décadas existe la laca de uñas, que permite obtener, con mínimo esfuerzo, el color deseado, si no en las maños, al menos sí en las uñas.
Claro que, en un rebuscado empeño por mejorar la naturaleza, se comercializan también colores que no parecen tales, hasta tal punto imitan la tonalidad auténtica de las uñas. Son los típicos pintaúñas para hacerse la manicura francesa que, clásica entre clásicas, sigue siendo mi preferida. Estos esmaltes se venden en varios tonos diferentes –desde el más beige al más rosáceo- pero todos buscan el mismo efecto de mimetismo. La teoría señala que esta manicura se completa con un toque de esmalte blanco cubriendo el extremo de la propia uña, aunque yo nunca lo practico, ya que los resultados podrían ser picasianos. Como alternativa, cuando quiero redondear el efecto, repaso el borde de la uña, por debajo, con un lapicito blanco, lo cual proporciona un acabado mucho más natural y de manera más sencilla. 
De los restantes colores, me espanta el rosa nacarado. Lo tengo tan asociado a mujeres de cierta edad que me parece que le ponen veinte años encima a cualquiera. Yo creo que sólo deberían venderlo en packs junto con los polvos de talco, el agua de lavanda y el tinte color malva, para evitarle tentaciones a las más jóvenes.
En el otro extremo se sitúan los turquesas, naranjas y colores flúor de moda este verano, que, en mi opinión, sólo deberías usar si te sientes capaz de ir por la calle con el Nuevo Vale debajo del brazo, bien visible, sin pasar vergüenza (traducción: sólo apto para adolescentes o mujeres con gran seguridad en sí mismas). Mis favoritos son los berenjenas y rojos fuertes, aunque siempre que los he probado, me he sentido“disfrazada” y he terminado por despintarme las uñas.

Tampoco soy demasiado partidaria de la decoración creativa, la verdad, aunque una pequeña florecita, hecha con habilidad –de la que yo carezco- en una uña más bien corta puede quedar hasta simpática. Claro que esto de los dibujillos no es nada al lado de las últimas tendencias, que proponen el equivalente a “piercings” para las uñas, o bien incrustaciones de materiales diversos, pegadas sobre la superficie de las uñas. Me parece una horterada al mismo nivel estético que las calcomanías de Chanel que comentábamos hace algunas semanas. Por supuesto, la mejor superficie donde perpetrar estos últimos inventos estilísticos son las que se me ha ocurrido bautizar como “uñas norteamericanas”. No sé si este estilo es o no mayoritario en EEUU, pero sí que la mayor parte de adeptas a esta tendencia viven al otro lado del charco. Pues bien, estas uñas se caracterizan por ser considerablemente largas, tanto que resultan poco prácticas para la vida diaria. En cuanto a la forma, pueden ser totalmente planas o muy curvadas (de “bruja” de toda la vida) aunque las dos tienen en común que se llevan muy rectas en el extremo, sin suavizar las esquinas.

Volviendo a los recuerdos de instituto, me quedó grabado cuando en una serie estadounidense de la época, tipo Falcon Crest o Dinastía, una de las protas llamaba por teléfono. Se trataba de un modelo antiguo, de los que tenían los números en círculo y había que meter el dedito y girar para llamar –para aquellas exageradamente jóvenes, acompaño fotografía del artilugio en cuestión-.

Pues bien, la pérfida protagonista tenía tales uñacas que se servía de un bolígrafo para esta operación. ¡Menos mal que por aquel entonces aún no se habían inventado los móviles!. Y es que las uñas muy largas son una incomodidad para muchísimas actividades cotidianas, como escribir, teclear o hacer zapping, no digamos para las tareas domésticas. Así que podríamos decir que sus poseedoras son el equivalente contemporáneo de las inanes damiselas de uñas rojas y manos blancas que ensalzaba aquel poeta de nombre desconocido. Eso, o se dejan una pasta cada quince días en uñas artificiales. Pero de este tema prometo hablar otro día .

Hasta la próxima semana.
