Mi luciérnaga

Publicado el 14 octubre 2015 por Aidadelpozo

No tengo palabras para explicar lo que siento,

o tal vez, serían tantas, tan densas,

tan llenas de sentimientos,

de cosquillas y de caricias,

que no sabría por dónde empezar.

Me mareo por el simple hecho de coger la pluma,

que pesa más que mis propios pensamientos,

esperanzados hoy, otrora negros

como la noche eterna

en que estaba sumido.

Todo era vacío desde donde mi memoria alcanza.

Vacío de besos, de ánimo, de equilibrio.

Vacío de risas, sonrisas y esperanza.

Y de repente, un día entró la luz

como la luminaria de una luciérnaga.

Pequeña, muy pequeña,

diminuta como una gota de lluvia.

Pero iluminó mi vida y sació mi sed.

Quizás solo eso necesitaba: una luciérnaga,

criatura desde hace un tiempo

casi mitológica, que solo vi en libros,

pero que ahí estuvo, siempre a mi lado,

y que aquel día vi por casualidad.

Incluso pude escuchar su aleteo en mi cabeza rota,

como cien carros de caballos recorriendo el camino

en el que me hallaba parado.

Ni un paso había dado desde que me perdí,

ni uno solo.

Y de pronto, llegó ella y me volvió a traer al mundo.

Y caminé de nuevo.

El camino se hizo barro en ocasiones, cristal en otras,

mis pies se hirieron con los clavos que pisé algunos días,

y lloré, lloré con lágrimas densas.

Otros días lució el sol a llamaradas e inundó mi ser

con rayos de esperanza.

Y algunos días fueron azules y volvieron mi piel añil.

Esos días fueron los mejores

pues los primeros en los que se vuelve a sonreír,

jamás se olvidan.

Ahora luzco en mi piel el blanco de la calma

y camino con ilusión al lado de mi luciérnaga.

A pesar de su tamaño, mi fiel amiga,

luce con esplendor y me guía.

Es enorme a mis ojos

mas desconozco si a los ojos de los demás

será igual de grande y luminosa.

Pero no me importa

porque a los míos,

es más inmensa que el propio sol.

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