MI PADRE, MI MADRE Y LAS GALLINAS
«Porque fuimos esculpidos por el bravo fuego…».
Gabriela

Ángel en el bosque, Eduardo Abela, óleo sobre lienzo, 1955.
—¡¿Gallinas?! —exclamó, interrogó, gritó mi padre, llevándose las manos a la cabeza.
—Sí, y, para ser más exacta, serán tres, más cinco pollos y dos sacos de arroz —contestó mi invencible madre, sin titubeos y mirándolo con la mirada de que el asunto no tendría discusión—. Sabes que las niñas necesitan proteínas.
—Ofelita, otra vez no. Y no es que niegue la evidencia —respondió mi padre, echándonos un vistazo a mi hermana y a mí, siempre observantes—, pero es que ya pasamos por «esto» una vez y…
—Ay, Manolo, la ropa es mía; y nosotros ya no vamos a ninguna parte, porque no hay ninguna parte que visitar en este país de mierda; además, para tu información te diré que tengo el asuntico amarrado y que el guajiro llega esta tarde —y, señalando las paredes y el escritorio, apuntilló—: Manolo, esto no se come —mi madre dio la espalda a mi padre y continuó tendiendo la cama de aquel cuarto atiborrado de papeles y de libros.
Manolo hizo lo que siempre hacía cuando la situación se tensaba en casa: cogió la libreta de los mandados, que para lo único que le servía era para la huida, y dijo:
—Ofelia, me voy a dar una vueltecita por la bodega, por si ha llegado algo —y fue a meterse en el Capablanca, el club de ajedrez de la calle Infanta.
—Anda, anda…; y a ver qué encuentras —mi madre sabía lo del Capablanca; y tanto que lo sabía si su familia era su querer.
ANTECEDENTE SEÑALADO POR MI PADRE

Un día que íbamos por la Rampa nos encontramos con Pepe Rodríguez Feo —yo tendría unos seis años, y esta conversación la escucharon mis oídos—, quien llevaba en un cartucho un pescado, que aún coleteaba. Mi mamá le preguntó que dónde lo había comprado y Pepe le comentó que tenía un amigo, que tenía otro amigo, que tenía un conocido que era pescador y que, en vez de vender su mercancía, la canjeaba por cosas que necesitaba. Esto fue canto de sirenas para mi mamá, pues mis padres nunca llegaban a eso que llamaban, con voz temblorosa, «final de mes».
—¿Crees que habrá problemas si contacto con él? —las manos de Ofelia temblaban—. Ya sabes lo que digo, que él pueda ir con el chisme a alguien. Mira que eso ya sería lo último que nos faltaba, tal y como está la situación de Manolo, ¿ya sabes?
—¡Qué va! ¡Qué va…! —Pepe hablaba con cuello tan alzado, que a mí me parecía una de las avestruces del Zoológico a donde mi padre nos llevaba los domingos para que, así, mi madre pudiera hacer las tareas de casa—. Muchachita, ese tipo está curtido en el arte del disimulo. Vive de esto; además, sé de «buena tinta» que está preparando una llanta libertaria, ¿me entiendes?
(Cada vez que soltaban interrogaciones del tipo: ¿Ya sabes? ¿Me entiendes? ¿Cómo está la cosa? ¿Y de aquello qué?.., los mayores que me rodeaban me parecían ventiladores en movimiento, pues sus cabezas giraban hacia todos los lados. Sin embargo, lo que mi mente inconsciente veía cómico, ahora me da mucha tristeza: ahora sé que ese movimiento compulsivo es el de los espiados, el de los perseguidos, el de los acorralados. Es el característico cabeceo del miedo).
Pero volvamos a retomar el hilo de esta madeja. El palique, que se me hizo infinito, y estuvo acompañado de no sé cuántos buchitos de café en el quiosquito que estaba en la acera del restaurante Sofía, donde, por cierto, no había nada atractivo al paladar de los niños, terminó con Pepe, que no sé por qué siempre le decía «muchachita» a mi mamá, escribiendo en un papel roñoso las señas de aquel pescador que yo ya veía como el héroe tuerto de un personaje de cuento.
Fue así como Ofelia cambió sus zapatos y sus bolsos de charol, reliquias de antes del 59, por un cubo atiborrado de peces. Bueno, también tuvo que ver Tomasa, quien vivía en un central azucarero —sus padres habían sido esclavos— y solía pasar por casa cuando venía a La Habana a visitar a su hermana. Tomasa tuvo mucho que ver en la abundante compra: —Señora, ni lo piense, que yo hago un escabeche de rechupete.
—Ay, Tomasa, si tiene el suelo perdido; y mire a la niña, pero… ¡si tiene escamas hasta en los ojos! —exclamó mi padre, cuando llegó y se la encontró destripando pescados y tirando las cabezas al suelo para que yo jugara con ellas.
—Déjela, señor, déjela, que mientras juega yo adelanto en lo mío —y le dio un chancletazo a la cucarachita que, con tanto bullicio, corría a protegerse debajo del mueble que, no sé por qué si siempre estaba vacío, le llamaban el vianderito.
—¿Y Ofelia, dónde está? —preguntó mi padre, quitándome el cubo donde yo iba embutiendo las cabezas decapitadas que recogía. Tomasa no se daba la vuelta para dármelas: las tiraba hacia atrás, y a dónde caían iba yo en cuatro patas. ¡Era muy divertido!
—El ama ha ido a ver si encuentra vinagre en alguna parte, porque miramos si había pimienta. Y hay. Miramos si había laurel. Y hay. Miramos si había aceite. Y hay poco, pero hay. Miramos si había cebolla. Y no hay, aunque podemos pasar de ella. Y miramos si había vinagre. Y no hay. Y, señor, sin vinagre no hay «ná de ná» —dijo la negra Tomasa, sin dejar de escamar aquellos pescados que se acumulaban en la encimera del fregadero, al lado de dos grandes frascos de cristal, que habían sido de mi abuelo, de cuando él tenía bodegas y guardaba en ellos las aceitunas: eran los frascos que mi mamá había destinado al proyecto del escabeche.
Ofelia llegó exhausta y sin vinagre, pues no había en ninguna parte. Comimos pescados dos días: al tercero presentaban una expresión como la del oso que llaman «de los Ojos Tristes», de modo que mi padre agarró los pecados, les quitó las partes más blandas y lo mejorcito lo cortó en cachitos. Luego, se subió al murete que daba al tejado de zinc del taller de coches que lindaba con nuestro edificio, ofreciéndoles a los gatos un inolvidable banquete. Fueron ellos los que disfrutaron, realmente, de los elegantes tacones de pullas con los que mi querida madre, en otros tiempos, pisaba las mullidas, y célebres, alfombras de El Encanto.
VOLVIENDO A LAS GALLINAS

Las aves llegaron una tarde; y llegaron acompañadas de dos sacos de arroz que harían que aquellas comidas cundieran más, pues ya mi madre le había dicho a mi padre, en la discusión primera, que «con lo bien que te queda el arroz a la chorrera sacaremos mucho provecho al intercambio». Pero la cosa salió torcida.
Sucedió que el guajiro dejó su «mercancía»… ¡volando! Los pollos y las gallinas tenían alas y empezaron, con el nerviosismo que traían, a subirse por todos los muebles y a ensuciar como si no hubiera un mañana. Mi madre, mi hermana y yo salimos del piso espantadas. Nos sentamos en las escaleras del bloque a esperar que llegara Manolo, que ese día se demoró lo suyo porque Bienvenido, el administrador de la UNEAC, lo citó a su despacho para clavarle el teque «de que las guardias laborales había que hacerlas sí o sí». Total, que cuando llegó caía la noche. Nosotras estábamos exhaustas; y él también, aunque por motivos distintos: Bienvenido reunía en sí mismo dos condiciones: la verborrea pedante y las malas intenciones.
El poeta, mi padre, no había tocado una gallina viva en su vida; así que tuvieron que pedir ayuda a nuestra vecina Felicia, hermana de Tomasa. Felicia les cortó las alas; y las encerró en el patio del comedor de mi casa. Allí quedaron, entre helechos y flores de guacamayos.
¿Quieren saber cuánto duró aquello? Estuvieron con nosotros algo más de una semana, que fue lo que duró el arroz que se zamparon; y que había comprado mi madre, soñando con la paella a la chorrera que tan sabrosa le salía a mi padre. Para cuando el arroz se terminó, las aves habían engordado, tenían nombre propio y se habían convertido en nuestras mascotas.
¿Y quieren saber qué pasó con ellas? Pues que Felicia las mató una a una; y una a una se las comió en su casa. Nosotros no supimos a qué sabían las gallinas, porque esos seres vivos ya los considerábamos como de la familia: ¡Ay, las pobrecitas…!
Son cosas de la Cuba hambrienta, que la memoria rescata del cajón de sinsabores cuando menos te lo esperas. Lo que he contado puede parecer chistoso, pero no lo es. Detrás de estas anécdotas está la desesperación de unos padres que intentaban poner un plato de comida a sus hijas. Son recuerdos que permanecerán frescos en mi memoria; y que he decidido compartir porque es la manera que tengo de agradecer a mis padres lo que hoy soy: la hija esculpida por el bravo fuego.


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La entrada Mi padre, mi madre y las gallinas. Anécdota de infancia. se publicó primero en El Copo y la Rueca.
