Mi puzzle inacabado

Publicado el 13 octubre 2015 por Aidadelpozo

La luz compensaba la falta de claridad de mis ideas. Toda una semana en aquel lugar apartado del mundo y aún estas se desparramaban por mi cabeza como agua que no deja de caer de un grifo y se sale del vaso que la contiene. Mis ojos brillaban pese a la penumbra que me embargaba por dentro pues el brillo de mi mirada nunca me había abandonado. Con ese brillo cautivaba, solían decirme los hombres con los que había compartido mi vida sentimental. Mi cabeza tenía dentro un puzzle a medio terminar y vivía en una sensación continua de que las piezas no iban a encajar jamás, como si faltara siempre una, cada vez una distinta, según el día, la circunstancia, la concreta situación.

Me di la vuelta en la cama y ahí estaba él: mi puzzle inacabado. Un hombre maduro, atractivo, plácidamente dormido. Descansaba en una posición fetal y la serenidad de su rostro contrastaba con la tensión del mío. Me amaba a su manera y yo lo hacía a la mía. Pero nuestras maneras eran bien distintas. Contemplé su rostro y acaricié su incipiente barba. Llevábamos en aquel lugar cerca de una semana y había decidido cambiar algo en su vida. De momento, comentó el primer día en que llegamos al hotel, me dejaré crecer la barba. Y así había hecho. Nacía canosa como su cabello y le daba un aire de profesor de universidad. Con las gafas de pasta negras, la imagen se completaba. No le queda mal, pensé mientras seguía observando su rostro. Lejos de parecer mayor con aquella barba caneada, estaba más atractivo.

No iba a dejar a su mujer, jamás lo haría. Me lo dejó claro desde el primer día y trató de que lo entendiera, pero yo no podía hacerlo. Si me amaba, ¿cómo no tomar una determinación? No era difícil, desde mi punto de vista. Mas debería entender, como me decía cuando hablábamos del tema, que las relaciones humanas no son tan sencillas, que todo tiene un coste, que las decisiones se toman por algún motivo, que él tenía los suyos... De pronto se despertó, me miró con sus enormes ojos grises y sonrió. Un segundo después se dio la vuelta y siguió durmiendo.

Me levanté, escribí una nota con mi caligrafía bipolar, me duché y me vestí con celeridad. Los primeros rayos de sol comenzaban a bañar su cabello cano. Cuando inundaran toda la estancia, se despertaría. Cogí mi bolso de mano, metí rápidamente mis cosas en él y salí por la puerta, sin mirar atrás. Cuando despertara encontraría la nota. Mientras arrancaba el tren pensé en su cara desencajada cuando la leyera. Me despedía sin más palabras que tres: "me faltan piezas."

Nunca volvería a saber de mí. Bloqueé su número en mi whatsapp. Nunca tuvo mi dirección pues siempre que nos veíamos era en una cafetería, un hotel, una estación de tren, un parque... Así que pensé que, con el tiempo, yo nunca sería para él, como él nunca lo fue, en realidad, para mí.

Publicado en RELATO CORTO

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