Mis atemporales escritos:

Publicado el 16 mayo 2010 por Hada

Hoy domingo inicio una nueva sección en "El Blog del Hada Verde". A través de ella te iré trayendo antiguos escritos propios, que no por "viejos" dejan de ser actuales. En realidad se trata de textos atemporales que quiero ir recuperando, poco a poco, y que te regalaré de vez en cuando.

A veces, como en esta primera ocasión, te toparás con un cuento. Otras, puede que la poesía de unos versos mal rimados te haga sonreir. Puede, incluso, que simples pensamientos errantes te acompañen, de tanto en tanto.

Confío en que sea de tu agrado mi recopilación de atemporales escritos. Y ya, sin más, te dejo con un cuento muy especial. ¡Muy feliz domingo!


El sapo y el hada

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Una tarde casi de primavera, el hada decidió volar hasta la charca del drago seco. Adoraba la soledad de ese lugar olvidado ya por todos. La ahora sucia charca había sido un bello estanque adornado por vestales de piedra y entre sus límpidas aguas habían nadado vivarachos peces de colores.

El estanque de la casa del marqués parecía saludarte en cuanto traspasabas la oscura y alta verja rematada por dagas puntiagudas intentando atravesar los rayos de luz. Los nenúfares se dejaban arrastrar, entregados, por la brisa que mecía las rutilantes aguas.

Aún siendo casi un bebé, el hada adoraba posarse sobre la fresca y cómoda hoja del nenúfar blanco en las calurosas tardes de verano. Permanecía recostada junto a uno de los bordes del inmenso botón verdoso mientras los peces emergían sus anhelantes bocas saludándola, al tiempo que buscaban alguna miga escurridiza que la pequeña Elena hubiese dejado caer minutos antes.

Cada tarde, mientras la sobremesa transcurría entre los graves ronquidos del viejo marqués y la fresca sonoridad del chorro de agua contra la vajilla de fina porcelana, la niña atrapaba entre sus regordetas manos hasta la más mínima miga que pululaba sobre el mantel de hilo azul. Con sumo cuidado para evitar que alguna se perdiese por el camino, se acercaba hasta el borde del estanque por el que, únicamente, asomaban su boca un tanto desdentada, sus enormes ojos verdes y su melena cobriza. Entonces, el hada se aplastaba aún más contra el doblez de la hoja que la mecía e, imitando a la vivaracha Elena, levantaba su cabecita para, de ese modo, contemplar, como cada tarde, los movimientos de esas cuencas color esmeralda que no paraban de sonreirle al universo acuático.

Entonces era cuando hacía su aparición el viejo sapo. Anciano y medio ciego, siendo el habitante de mayor edad de aquel lugar, era también su vigilante y cuidador. Cualquier otro ser que quisiese disfrutar de ese espacio tenía que hacerlo bajo la atenta mirada del anciano.

Al hada le maravillaba la suma discreción con la que ejercía su labor. En realidad nadie sabía por dónde se escondía el vetusto vigía hasta que aparecía, de improviso, de entre la nada. Pero al igual que nunca se le adivinaba por el jardín cuando no se le necesitaba, siempre estaba allí, surgiendo de entre las sombras, en cuanto una nueva presencia se reflejaba sobre el tembloroso espejo regado de peces y nenúfares.

El insoportable estruendo de la bocina de un automóvil devolvió al hada a la nuaseabunda realidad de la charca maloliente. Molesta y disgustada por haber sido expulsada de su vívido recuerdo, de un modo tan poco respetuoso, ordenó a sus alas que volasen entre la maraña de hierbas y de basura. No cesó en su testarudo vuelo hasta que, al fin, se topó con la rota y rajada cara del sapo de piedra y, sentándose sobre una polvorienta botella plástica, permaneció frente a ella, ensimismada, contemplándola.

Una tarde de un tórrido verano se iba a celebrar una gran fiesta en la casa. Elena se hacía una mujer adulta y el marqués daba un gran baile en su honor. Esa sería una noche muy ajetreada y al hada le llamó la atención que el viejo sapo no se hallase cerca de su estanque. Cada vez le costaba más ocultar sus formas entre los pliegues del nenúfar, pero seguía embriagándose cada día del espectáculo que le ofrecían los ojos de la ahora adolescente al contemplar desde las alturas cómo toda una flota de migas alimentaba a los habitantes submarinos de las aguas.

Sin embargo, esa sobremesa ocurría algo extraño. Ni el guardián ni la joven aparecían.

Somnolienta por los cálidos rayos del astro rey, decidió esperar, tumbándose cómodamente hasta que el profundo croar de uno o el repiqueteo de los pasos de la otra contra las losas de piedra la avisasen de que ese único momento se repetiría una vez más. Sin embargo fue otro sonido el que la hizo incorporarse brúscamente: Elena sollozaba, desconsolada, desde lo más profundo del jardín.

El hada voló, asustada, hasta situarse en una rama del ciprés que le permitía asistir, agazapada, a la dolorosa escena que se desarrollaba frente a ella.

El cuerpo inánime del anciano vigía aparecía, tirado en el suelo, ante los cremosos zapatos que vestían los pies de la muchacha. Elena debía haberse adentrado en lo más oscuro del jardín buscando a su viejo amigo, temerosa al no verlo, esperándola, como siempre hacía. El viejo sapo había muerto de forma natural mientras, dejaba que los minutos transcurrieran, hasta que la llegada de su hermosa amiga le arrastrase a croarle la tonada que a ella tanto le gustaba.

Nunca hasta ahora el cuerpo del animal había aparentado ser tan grotesco, derramado entre la putrefacta hojarasca y, nunca hasta ahora, se le había antojado más perfecto y bello al hada, que cuando Elena lo recogió, amorosa, entre sus suaves manos, lo acarició, llorosa, con sus delgados y ligeros dedos y lo besó, tierna y mágicamente, con sus carnosos labios.

La muchacha introdujo a su amigo en el bolsillo izquierdo de su delantal manchado de oleosos colores que sus nerviosos pinceles habían estampado y, ayudada, por una picuda piedra comenzó a excavar una pequeña tumba. Cuando la creyó perfecta para albergar el pequeño cuerpo, y mientras un río de lágrimas se abría paso entre sus rosadas mejillas, introdujo su mano derecha en el bolsillo de ese mismo lado y sacó un puñado de pequeñas migas. Las derramó sobre el cuenco de tierra removida y se quedó observándolas, con el mirar perdido, mientras su dolor las empapaba, construyéndole, así, un mullido lecho al sapo.

Arrodillada frente al agujero, tras abrazar al animal por última vez con sus delicadas manos, lo depositó, con extremo cariño, para que yaciera, por siempre, formando parte del jardín al que perteneció y del que era dueño.  Lo cubrió con la tierra que tantas veces había disfrutado de sus incontenibles saltos y rodeó el pequeño promontorio con el resto de migas que aún escondía en su delantal.

Aquella tarde los peces no sintieron hambre.

Aquella noche un sapo y una joven danzaron sobre las notas de un vals.

El hada descubrió que una miga transparente rodaba por su rostro mientras sonreía a lo que quedaba del sapo de piedra que, cien años antes, una canosa Elena había mandado construir, justo sobre el pedazo de tierra que albergaba los restos del guardián del jardín.