Misterio en el molino

Publicado el 04 agosto 2011 por Chirri

-   Creo que mis inclinacionesdetectivescas me vinieron desde crío.Comentaba acodado en la barra del Búho Bizco,con mi sempiterno güisqui en la mano. La prejubilación en el cuerpo de Policíay la falta de clientes de mi agencia de detectives, me llevaban a pasar lashoras muertas delante de multitud de vasos de bebidas espiritosas.-   Eso, cuénteme alguna experienciasuya de la infancia, que en pleno Ferragosto, esto parece un velatorio.- Mereplicó Lola, la pizpireta camarera de ese antro de perdición que regenta mi amigo(?) Thomas, el mayor de mis acreedores.Es curioso que recuerde ahora aquellos días,el verano en la infancia tiene otro sabor, es una fiesta continua que durahasta que el maldito mes de Septiembre viene a empañar el horizonte, atrásquedan los libros, los horarios y sobre todo los pantalones largos.Llegaba el tiempo de acudir al pueblo denuestros abuelos, de montar en bicicleta, bañarse mañana y tarde en el río y deempezar a salir en pandilla con unas nuevas invitadas, las chicas que antañoeran unos seres anodinos e impersonales, alguien a quien no podías ni rozarantes de que se pusieran a llorar y a reclamar la presencia de su padre (-Venga Señor Pepe, no me puedo creer que las chicas en su tiempo fueran así.–Lola, por favor no me interrumpas, cuando ocurrieron esos hechos, ni siquierahabías nacido)El estío transcurría pues apaciblemente,entre tardes de modorra, recostados en los duros bancos de granito de lasescuelas.-   ¿Vamos al río?-   Mejor vamos a la dehesa-   ¿Hacemos una chocolatada?-   ¿Para qué? Estoy harto de hacerlo mismo un día tras otro, vaya aburrimiento.-   ¿Entonces qué hacemos?El desánimo caía entre la pandilla, despuésde la novedad, la rutina había caído como una losa sobre nosotros, ya no nosdivertían los múltiples juegos y acciones que hasta entonces habían llenado yalegrado los días transcurridos en la sierra, por fortuna alguien habló enaquel momento, dando paso a nuestra mayor aventura aquel verano.-   ¿Os cuento una cosa?-   ¿Qué cosa, pesado?-   Desde mi casa, que como sabéis estáen las afueras, mi habitación da a las eras y llevo observando un par de nochesvarias luces que se dirigen al molino abandonado.-   ¡Anda ya! Eso te lo estásinventando.-   Es cierto, cuando quieras te lodemuestro, si quieres vamos esta noche.Aquellas últimas palabras causaron una granconmoción, de pronto nuestras mentes empezaron a elucubrar el porqué deaquellas luces, quienes eran los individuos que cruzaban las eras, alguienincluso habló de extraterrestres, pues estaba de moda la serie de los invasores,el más atrevido incluso achacó el hecho a El Lute y sus hermanos.-   Bueno, basta ya de tanta charlainútil. – Corté aquella vana discusión; en la padilla mi opinión era muyrespetada, no tanto por la madurez de mis razonamientos, sino porque era el demayor edad. – Lo que tenemos que hacer es aviarnos para esta noche, hay quehacer acopio de linternas, no valen velas ni quinqués, a ver si vamos aprovocar un incendio.-   Yo puedo llevar un machete paradefendernos.-   Bueno, vale, pero ten cuidado nocortes a nadie.-   Yo llevaré galletas, por si nosentra hambre.-   Yo leche, para mojar lasgalletas.-   ¡Basta! Llevad lo que queráis,pero dejad de dar la murga, joroba. (Observa querida Lola que en aquella épocanadie decía tacos, era pecado y además estaba muy mal visto, sobre todo por laschicas de la pandilla) Bueno, a las diez y media, todos en la fuente de lafragua.-   A mí a esa hora ya no me dejansalir. – Repuso una de las chicas de menor edad.-   Pues lo siento, pero te pierdesla aventura, además, si se lo decimos a nuestros padres ¿Crees que nos van adejar salir?La excitación ante los hechos que nosaguardaban, hizo que la tarde se nos pasara muy entretenida, la llegada delocaso hizo que nos repartiéramos por nuestras casas para cenar y recogernos, enteoría hasta la jornada siguiente.A las diez y cuarto salí de hurtadillas de micasa y al igual que mi ídolo Tom Sawyer, fui a buscar a mi alter ego Huck Finn,en este caso era Juan, con el que llevaba compartida mi vida de veraneantedesde que tenía recuerdos serranos. Juntos nos dirigimos a la fuente junto a lafragua, donde por el día Julián el herrero era el ídolo de la chiquillería,siempre con sus bromas.Cuando sonó en el reloj del ayuntamiento lacampanada que indicaba la media sobre las diez, aparte de mi inseparable Juan,sólo estaba Mamen y María, dos valientes entre el sexo femenino que no teníanmiedo al arrostrar nuestra aventura.-   Venga en marcha.- OrdenéY así formamos una fila india camino delfamoso molino, atravesamos el zarzo que delimitaba el pueblo y salimos a laseras, el suelo después de todo un día de sol inmisericorde, aun conservaba uncalor que se transmitía a nuestro cuerpo a través de las finas suelas denuestras autenticas zapatillas “Adidas tórtola” Eso nos venía muy bien, pues las noches enagosto la temperatura baja a unos niveles, en los que hay que abrigarse aunquesea con una rebeca o un jersey fino.Es curioso la de veces que hemos oído aquellafrase del silencio sepulcral del campo por la noche, y no hay nada más alejadode la realidad, de momento, una miríada de grillos atronaba la pradera con sucri-cri, en el soto, varias lechuzas dialogaban entre ellas con sus ululantesmensajes crípticos, todavía quedaban más actores declamando en la oscuridad,sapitos escondidos bajo las piedras lanzaban pitidos, nada que ver con larecién traída canción entonces de moda cantada por Jorge Cafrune. Aun quedabanpor atronar la noche, las oscuras sabandijas formadas por ratones y musarañasque al moverse bajo las zarzas, pisaban la hojarasca, haciendo que nossobresaltásemos cada pocos metros temiendo que fueran víboras, con el peligrode ser picados por ellas si las pisásemos por accidente.Después de atravesar las eras y el río SantaAna, una valla de piedra nos condujo a la entrada del molino, el candado quecerraba el portón, había desaparecido por lo que nos introdujimos dentro, no seobservaba movimiento alguno así que nosdetuvimos a considerar cual sería el mejor lugar para espiar a las gentes que abuen seguro aquella noche se acercarían al lugar. No se como, al finaldecidimos situarnos en el primer piso, tamaña temeridad, nunca lo habíamoshecho por el día por miedo a que las tablas del piso no aguantasen nuestropeso, por lo carcomidas que estaban, además de lo polvoriento y siniestro dellugar, lleno de telarañas y oscuridad que apenas aliviaban algún agujero en eltejado.Esa noche mal que bien alumbrados por lalinterna y con mucha precaución fuimos subiendo por los quejumbrosos escalonesde madera, caminando pegadosa la pared,pero lo suficiente alejados de ella para evitarlas telas de araña que tantotemíamos, pues con el tamaño de aquellas redes de caza, el animal que lasfabricó debía de tener unas dimensiones colosales, similares a las tarántulasque veíamos en las películas de Tarzán.-   Chissst, silencio.- les ordené.-¿No oís ese ruido? Parece un tableteo-   Si, hace rato que lo oigo,seguro que es el escarabajo de la muerte, está anunciando un crimen cercano.-Sentenció Mamen, enteradilla ella.-   Nooo, no, perdonad. –Dijo apenasaudible, Juan. –Es que me castañetean los dientes, pero no de miedo ¿Eh? Es defrío, pues me he venido en pantalones cortos.-   Ya macho, dí lo que quieras,pero el tufillo que sueltas es de miedo, estás cagadito ¿Me acerco al pueblo apor un pañal?Es curioso, pero después de toda la infanciasiendo inseparables, los hechos que hoy relato hicieron que nos separásemos loshasta entonces inseparables amigos, sé que bebía los aires por María, pero eldescubrir que ella me prefería a mí, comenzó una serie de resquemores yenvidias que terminaron separándonos, por lo que el que le humillase en publicoy que este fuera femenino, no hizo más que acrecentar su odio.-   Callaros, creo que vienealguien. –Nos ordenó Mamen.Efectivamente, un Land-Rover estacionó en lamisma puerta, de el se apearon dos personas que de inmediato se dispusieron adescargar extraños aparatos electrónicos, nuestra extrañeza iba en aumento, noera aquel el lugar más indicado para establecer allí ningún despacho olaboratorio, después de varios minutos trasteando y montando aquellos equipos,comenzaron un dialogo que nos dejó helados.-   Pues sí, el jefe nos exigecargarnos al rey y a su camada.-   Me alegro un montón, estoy hartode seguirles por media España, quiero volver a Bilbao con mi familia y terminaresto ya.-   En cuanto llegue la comadreja,todos ellos serán historia, no quedarán de ellos ni las plumas, ja ja ja ja.Bajo la obscuridad, no vi los rostros de losdemás, pero el mío de repente se debió volver completamente blanco, antenosotros teníamos a unos esbirros con la idea de matar al recién coronado rey.A mi lado Juan volvía a castañetear los dientes, lo conseguí arreglar de unmalévolo pellizco.
Continuará....