Hay días en que el mundo parece demasiado grande, demasiado vasto, demasiado duro; y yo, sintiéndome pequeña y vulnerable, busco acurrucarme de nuevo en los brazos de mi padre, que ya no está, y que fue mi único refugio seguro en aquellos inviernos eternos e implacables. Me dueles, siempre temo ese día de febrero en que iba a comprarte tu pastel…
Entonces escribo, porque él también amaba la palabra escrita. No hay otra manera de salvarme. Escribo como quien lanza una cuerda al vacío que, a veces, regresa convertida en una cometa. Y vuelvo a la orilla de aquella playa que me anima a jugar, a elevarla, a correr tras ella, deseando alcanzarla… Escribir es rescatar a esa niña que corría mirando al cielo, con los pies descalzos y una sonrisa pura, infinita, intacta.
Me escribo. Y en medio de las tormentas de la vida, cada palabra es un pedazo de aquella playa donde me soñaba feliz, en tierra firme, desafiando al viento, sosteniendo el hilo de esa cometa que hoy es la palabra que me devuelve a la vida, a la posibilidad de tocar las nubes y convertirlas en algodón de azúcar o en una canción para ti, papá.
Cada línea es un respiro que me recuerda que sigo aquí, que soy esta mujer valiente, imperfecta, amante de la vida, defensora de sí misma, herida, honesta, luminosa en la oscuridad, frágil y fuerte a la vez.
A veces naufrago, y me sostengo en la orilla de una frase. Y esa frase es la que me impulsa a seguir corriendo hacia la luz que nada ni nadie me puede arrebatar. Cada latido es un verso que me sostiene, la huella viva de un amor invencible. Escribo entre las sombras del dolor, porque incluso al caer, mis alas se abren para alcanzar el cielo donde tú me habitas.
© Nuria C. Mallart
