Niebla

Publicado el 19 septiembre 2011 por Moradadelbuho @moradadelbuho

Imagen | Con sabor a mí.

Lentamente las sombras difuminan el mundo. La hora bruja ningunea los perfiles, funde las imágenes. Una ligera bruma extiende su gris sudario sobre las pocas formas aún visibles. El viento ha cambiado. La cálida brisa de hace unas horas ha mudado a helado relente. Los pocos sonidos que se escuchan suenan tenues, amortiguados.

En lo alto de un peñasco una sombra gris oscuro escudriña entre la niebla. Sólo destacan unos ojos grises que parecen surgidos de la propia bruma. De repente, su mirada se detiene. En el fondo del valle, apenas intuidas, unas formas negras avanzan en columna de a dos. No le sorprende, llevan tres jornadas dándole caza.

No son excesivamente hábiles pero son tercos y pacientes y siempre acaban descubriendo su rastro. Son los soldados del brujo Anácrites que, contra todo pronóstico, parecen más que dispuestos a vengar la muerte de su amo. Sucedió en la anterior luna nueva y fue el bárbaro, que ahora los observa desde el risco, el responsable. Apoyado en el pomo de su espada rememora el suceso.

Fue en un atardecer similar al de hoy, más avanzada la tarde. El sol ya se había ocultado y una niebla fría y espesa ocultaba los edificios. Era imposible distinguir al bárbaro ascendiendo lentamente por la torre del homenaje donde, según los rumores, el brujo escondía sus tesoros. Tardó dos largas en llegar hasta la única ventana que se abría en los gruesos muros de la torre. Entró por ella apartando la pesada cortina que impedía que el viento se colara en su interior.

La estancia era muy sencilla. Gruesas alfombras cubrían el suelo y, justo en el centro, se hallaba un palio cerrado por tres lados que ocultaba su interior a los ojos del bárbaro. Por lo demás, ni muebles ni tesoros. Lentamente se fue acercando al palio. Asomó la cabeza y se encontró con los ojos del brujo que reposaba en un recargado sillón de madera tallada. Con el instinto adquirido en cientos de combates, el bárbaro lanzó un tajo horizontal a la altura del cuello del brujo, en el mismo instante que advertía que el nigromante no podía verlo, que sus ojos, vidriosos, correspondían a alguien en un estado de trance inducido por algún tipo de droga.

Ya era demasiado tarde, la pesada hoja siguió su camino cercenando la cabeza del brujo. No emitió sonido alguno pero, al cabo de un instante, un gemido largo, agudo, fue creciendo de intensidad desde las entrañas de la torre.

El bárbaro reaccionó instintivamente lanzándose a tumba abierta por las escaleras de la torre. Al llegar al final, abrió la puerta y salió al exterior, casi tropezando con los dos centinelas que corrían en auxilio de su amo. No tuvieron ninguna oportunidad.

Con las espadas aún envainadas fueron derribados por dos estocadas salvajes, hijas de la fuerza y el miedo. El resto del camino fue fácil, un árbol que crecía cerca de la tapia que rodeaba los edificios propiedad del brujo sirvió como improvisada escala.

Ahora, tres días más tarde, el resto de la guardia todavía sigue sus pasos. No son muchos, sí los suficientes.

El capitán de la guardia y cinco soldados lo persiguen como jauría de perros. Esta noche dormirá tranquilo, la niebla sigue siendo su aliada. Pero no durará eternamente, debe pensar en algo. El día siguiente es un calco de los anteriores. A una mañana gélida, le sigue un día de calor que, por la tarde, cuando vuelva a cambiar el viento, dará paso a la misma fría y espesa niebla.

Lo que sí ha cambiado es el paisaje. El bosque caducifolio deja paso a un bosque de abetos, el sotobosque ha desaparecido y una sucesión de peñas y roquedales dificulta la marcha. El bárbaro se da cuenta de que tendrán que acampar así que caiga la bruma. Demasiado peligroso el continuar por senderos que pueden acabar abruptamente en barrancos y despeñaderos. Afloja el paso, dejará que los soldados se le acerquen. Cuando ya no puedan avanzar más acamparán.

Una comida frugal y algo de licor conducirán a un sueño pesado. Esa será su oportunidad. La niebla cada vez es más espesa y fría. La visibilidad no alcanza más allá de un par de pasos.

De vez en cuando, como jugando, un jirón de niebla se desgaja y empaña la visión del bárbaro que, con sigilo extremo, avanza entre los abetos. Unos minutos más tarde le parece que la niebla emite un pálido destello amarillento; los restos de una hoguera, piensa. Todavía avanza con más cuidado, seguro de que han dejado a alguno de guardia. Mucho más curtido en guerras y emboscadas que los bien pagados soldados del brujo, detecta al centinela sin que éste ni tan siquiera sospeche de su presencia. Una mano en la boca, un  puñal en el cuello y el centinela cae, si más sonido que un leve suspiro.

Ahora avanza más deprisa, alumbrado por la hoguera. Un soldado que ya no despertará, luego otro. Un crepitar en la hoguera, un paso en falso y el capitán de la guardia se levanta, espada en mano. Aún está algo aturdido, pero detiene el ataque del bárbaro lo suficiente como para que despierten los dos soldados restantes.

No hay gritos de guerra ni insultos. Todos saben porqué están allí. Interpretan, en silencio, un ballet mortal repetido desde el inicio de los tiempos. Hombres contra hombres, matándose por los más variados motivos. A pesar de sus desventaja, el bárbaro sabe usar el terreno en su favor y conoce muchos trucos de espadachín viejo. Esquiva las acometidas y solo lanza ataques cuando cree que alcanzarán su objetivo.

A un soldado, el más joven de todos, el miedo y el cansancio lo llevan a cometer un error. Apoyando demasiado el peso del cuerpo al realizar una estocada, se ha acercado demasiado al bárbaro y, éste, con veloz movimiento le ha encajado el puñal entre las costillas. El soldado trastabilla, boquea en busca de aire y se deja caer lentamente al lado de un viejo abeto. No lo sabe, pero cuando se sienta entre las raíces del árbol ya está muerto.

Con más espacio para maniobrar, el capitán y el otro soldado están acorralando al bárbaro. Este empieza a defenderse a la desesperada o eso es lo que le parece al soldado cuando ve un hueco en la guardia de su adversario. Ataca rápido, veloz, como ha hecho otras veces, pero el bárbaro lo está esperando. En arriesgado movimiento intenta esquivar la espada. Prácticamente lo consigue, la espada muerde cuero y carne, el bárbaro gira sobre sí mismo dejando pasar al solado y lanza un tajo oblicuo hacia atrás que cercena músculos y venas. El soldado cae, pesadamente, por su propia inercia y el empuje de la pesada espada. Arde el tajo en el costado del bárbaro pero sabe que no será esa herida la que acabe con sus días de sangre, vino y sexo.

Ahora son uno contra uno, dos perros viejos, sabios a base de recibir mordiscos. Giran alrededor uno de otro lanzando tajos y estocadas. Puede que gane el mejor o el más afortunado, sólo los dioses lo saben. La pelea se prolonga por espacio de un cuarto de hora más, hasta que el capitán de la guardia, menos acostumbrado a largas cuitas, cede ante el empuje del bárbaro. No es un movimiento felino, ni una combinación acertada. Es un golpe brutal, de arriba a abajo que rompe la hoja de la espada del capitán continúa su camino partiendo el casco del soldado, partiendo el cráneo del soldado. Un golpe feo, afortunado que lo derriba como a una res en el matadero, sintiendo el peso de sus propios huesos cayendo. El bárbaro se deja caer junto a la hoguera.

Ni tan siquiera analiza lo sucedido, se duerme con su sueño profundo y agitado. Ha pasado casi un día desde su encuentro con los soldados. El día podría haber sido ayer mismo. El mismo frío, el mismo paisaje, abetos y peñas, la misma niebla gélida, espesa. El bárbaro va dejando tras de sí un rastro de sangre. Por la mañana apenas eran unas gotas cada diez paso. Ahora, el goteo es continuo, se está debilitando. El capitán de la guardia murió sin saberlo pero una de sus estocadas alcanzó su objetivo. La niebla va ocultando el camino. Lo siguen.

Él necesita ver el camino, los que le siguen no. No los ha visto pero los ha oído, sus aullidos indican que se acercan. Han olido la sangre. No tienen prisa, lo seguirán con la misma tenacidad que los siguieron los soldados. El camino ya no se ve y sus pasos son torpes. Alcanza ver un peñasco surgiendo de la niebla, avanza hacia él, tropieza, se levanta, da unos pasos y vuelve a tropezar. Cualquier huída es imposible, lo sabe y se abandona apoyando la espalda contra la peña.

Ya lo envuelve la niebla que sigue bajando desde las cumbres de las montañas. Envuelve al peñasco, envuelve al bosque, envuelve al mundo. Ya sólo hay niebla, fría y espesa.

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