Allí está el fuego. Aquí el extintor. Tengo el control, estoy entre los dos. Siento su cálida presencia, su aliento, su rugido. Su voz. Me saluda con sus llamas. Estoy tranquilo, no pasarán.
Comenzó la alarma. La voz de emergencia fue pasando de puerta e puerta. Piso a piso. Personas que durante meses no se habían dirigido la palabra se atrevían a tocar la puerta de su vecino a desaconsejadas horas de la madrugada. Para cada uno, tras el desconcierto inicial y el recelo al abrir la puerta, el mal humor se tornaba gracias e iniciaba la labor de aviso y desalojo. Siempre aparecen incautos que prefieren refugiarse en sus hogares y observar cómo evoluciona la situación. Confían en que estarán a salvo o, si no, les salvarán. Estoy tranquilo, no pasarán.
El desalojo fue rápido. Encendí la lámpara para hacerme ver mejor en el neblinoso ambiente que comenzaba a crearse. Di a voces instrucciones de cómo llegar hasta el rellano y alcanzar las escaleras. Me aseguré de que nadie abriese puertas y ventanas que creasen inapropiadas corrientes de aire. Veía la incredulidad en sus ojos. La duda en su mirada. El terror en sus caras. Algunos tranquilos intentaban organizar grupos. Otros eufóricos bromeaban para aliviar la tensión del momento. Unos pocos quedaban bloqueados por el pánico y se dejaban guiar. Hubo quién sufrió una crisis y se comportó de forma violenta. Para su bien, fue reducido y conducido al exterior antes de que apareciesen las llamas que el equipo contraincendios debía sofocar. Estoy tranquilo, no pasarán.
Escuché los pesados pasos de la brigada contra incendios. Subían presurosos y seguros por la escalera. Había llegado el momento de combatir. No estaba solo. Tomé el extintor y volví a comprobar el manómetro. Desprecinté la válvula y sujeté con firmeza la manguera. Lo incliné ligeramente para asegurarme que al tubo sifón llegara el máximo de producto posible. Apunté con la boquilla por intuición más que por lo que veía. Cuando apareció el primer bombero se detuvo sorprendido. No dudé. Disparé el agente extintor por el hueco de la escalera creando una nuble blanca de polvo. Gritos de sorpresa y desconcierto. A la voz de replegarse el primer bombero desobedeció intentando ganar distancia. No esperé a agotar la bombona. Cuando estuvo lo suficientemente cerca le golpeé en el pecho con la base del cilindro y por último se lo lancé haciéndole caer. Recogí del suelo mi escopeta y disparé dos veces como advertencia. Estoy tranquilo, no pasarán.
Relato de Minatufe incluido en Metus causa número 0