Revista Talentos
El capitán fascista no daba crédito alguno: aquel rojo sonreía sardónicamente ante el pelotón. Ignoraba, era evidente, que el sentenciado ya había vivido situaciones similares. En el Coliseo. En la Granada nazarí. Con la temible Inquisición. En 1779 o en la más reciente Gran Guerra... Ese era su sino inmortal.
