
“El que baila esencialmente escucha”. Andrea Uchite
Juegan tus ojos con los míos y extendés la mano. Sin decir nada, me agarro de ésta y apoyo mi pera sobre tu hombro, dejando que mis pies sigan los tuyos. De pronto todo es un campo ausente de dialécticas y charlas vacías de contenido. No importa más nada. ¿Acaso debería de importarnos algo más?
Mi respiración rebota contra tu cuello y aprovecho a inspirar el aire que retorna como un boomerang mezclado con tu perfume etéreo y dulce; intenso éxtasis que obnubila mis neuronas. Me mareo con el dulzor de la fragancia, y sin embargo mantengo las rodillas flexibles y firmes a la vez.
La penumbra del atardecer invade la cocina de mosaicos dameros, y le da a todo el lugar una pincelada de acuarelas anaranjadas. En la calle, los focos de los esbeltos palos de luz, empiezan a entibiarse casi con vergüenza, mientras las estrellas hacen lo suyo y van diciendo presente a medida que el cielo se ennegrece.
Mientras el día se apaga, se encienden mis pupilas, se van despertando los sueños de la gente cuyas siluetas se adivinan en las ventanas del edificio de en frente, y la cruz Led de la farmacia comienza a brillar nerviosa e intermitentemente. La ciudad respira ardientemente, mientras el vapor y las ratas huyen por los desagües.
En nuestra cocina un cuarteto de jazz dispara notas que revientan contra las paredes. Mi corazón se va acostumbrando al ciclo reproductivo del saxofón, y su latir asoma disimuladamente por el escote del vestido rojo. Quiere profundamente, ama aún en la intemperie que sobrevendrá luego del baile, cuando deje de estar apoyado en tu tórax y sienta el frío intenso del campo traviesa, sin reparo, sin monte, sin sol.
Morirá la melodía, y nos desprenderemos.
Una vez más sobreviviremos a estas pequeñas muertes cotidianas.
Patricia Lohin
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