POETAS DE GRECIA Y ROMA
«… viendo que, cuando nacen,
ya envejecen las rosas».
Pseudo-Ausonio

Cuando llegaban las vacaciones, o cuando se presentaba alguna oportunidad que me permitiera disfrutar de mi padre y de mi hermana, viajaba a Las Palmas de Gran Canaria. Los días que allí pasaba puedo afirmar que marchaban contentos, pues eran deshojados entre charletas animadas, largos chapuzones en el mar y visitas a librerías.
¡Ay…, las librerías! Mi padre y yo nunca controlamos las ansias de adquirir libros, de modo que, al menos un par de veces a la semana, dábamos rienda suelta a nuestro vicio. La librería preferida era la del Corte Inglés, de Mesa y López. Era la preferida porque, aunque sus fondos no fueran los más apetecibles —la mejor en tentaciones literarias es Canaima—, nos proporcionaba la posibilidad de aplacar otro de los vicios: el café colombiano, de dulce aroma y de gusto achocolatado, que ofrecía un local pequeñito, tranquilo y muy bien atendido, que estaba a un lado del gourmet de este famoso centro comercial.

Manuel Díaz Martínez, mi padre, disfrutando de su café.
Pues bien, cuando el paladar quedaba satisfecho, y habíamos descubierto el título que deseábamos, tocaba el turno a otra costumbre nuestra: antes de pasar por caja, mi padre me daba el tesoro que había escogido y yo le entregaba el mío. Era la forma de regalarnos antojos.
Poetas de Grecia y Roma, la antología que hoy motiva mi conversación virtual con ustedes, fue el último volumen que mi padre me regaló. Poetas de Grecia y Roma es un paseo por la lírica grecolatina que nos revela la interpretación del mundo de quienes, sin tener conciencia de ello, se erigieron en padres de la cultura occidental.

El amor, la guerra, el poder de las divinidades, la astrología, la naturaleza, los certámenes religiosos, la urbe, el ocio, las etapas del hombre, la fugacidad de la vida, el paso y la estancia en el «más allá» son las motivaciones de las que nacen los poemas recopilados en esta edición.
Los poemas escogidos anudan, en no pocas ocasiones, sufrimientos con aspiraciones y misticismo con placeres terrenales. Pero hay más, quien lee la antología tiene la oportunidad de descubrir cómo, desde entonces, ya la lírica es reveladora del deseo del poeta de diferenciarse del resto. Hay en los poemas una individualidad, un Yo. El ejemplo más evidente, de este sentimiento de lo personal, es la firma que valida la obra.

Los autores recogidos en Poetas de Grecia y Roma muestran un universo complejo, refinado y casi siempre brutal —brutal por las ansias de conquistas y por la estratificación social—. El cosmos poético grecolatino revela a un hombre supeditado a sus dioses, ansioso de respuestas a preguntas trascendentes y deslumbrado por la perfección de la imagen visual y verbal, incluso en lo referente a la anatomía humana.
Con el arribo del Renacimiento, que se enfrenta abiertamente a la estética de la Edad Media y a su teocentrismo, se recupera el sentido clásico de la belleza —armonía y proporción de los elementos—, a la vez que se libera al individuo de los caprichos de Afrodita, Ceres, Baco, Zeus, Artemisa, Apolo… El Renacimiento forja el pensamiento humanista. En el Renacimiento el hombre pasa a ser arquitecto de su destino.

Luego vendrán los altibajos que traen los siglos: la Contrarreforma con su catequización a través del arte —Barroco—, la Ilustración con su afán de iluminarnos a través de la razón y con su hijo frívolo: el Rococó, la Revolución francesa con su violencia, «justificada» por el objetivo de conseguir «libertad, igualdad y fraternidad» —Neoclasicismo—, el Romanticismo con su obsesión individualista, la Revolución Industrial con su mecanización del trabajo —Art Noveau, Arts and Crafts…—, la consolidación del Liberalismo con sus recetas de Estado y su libre mercado —Realismo, Impresionismo y vanguardias—. Y así, y así… Pero retomemos el hilo, que se me enreda la madeja.

Voy a compartir con ustedes, para animarlos a leer el libro, Las Estaciones, que son versados consejos agrícolas. Las Estaciones forman parte de Los trabajos y los días, de Hesíodo (siglo VIII a. C).
He escogido Las Estaciones porque amanezco y despido la tarde entre heredadas lilas, arrebatadas prímulas, higueras reventonas y partituras de pájaros que han «okupado» —¡Bendito Dios!— los árboles de mi finca.
Sin embargo, existe otra razón de peso para disfrutar de este pellizco de la obra de Hesíodo, pues en estos poemas no sólo hallamos las prácticas del cultivo en Grecia y las bondades del trabajo, también sobre ellos sopla un sentimiento de pertenencia. En los versos de Hesíodo, originados a raíz de una discusión con su hermano, hay emoción.

En Poetas de Grecia y Roma te esperan, entre otros, Homero con Ulises y las sirenas; Píndaro con Hombres y dioses; Safo con Efectos del amor; Pseudo-Anacreonte con La cigarra; Tibulo con La paz y la guerra; Catulo con El pajarito muerto, Ovidio con La fábula de Píramo y Tisbe y Virgilio con La nueva Edad de Oro. Verás que todos coinciden con la idea expresada por Píndalo en una de las estrofas de su Canto al hombre. Dice Píndaro: «Que ser mortal es ley de los mortales».
Poetas de Grecia y Roma está traducido por Esteban Torre, quien también es responsable de la selección, del prólogo, de las notas y del glosario de la antología.

Poetas de Grecia y Roma se encuentra dentro del catálogo de la Editorial Renacimiento y reúne en su baúl cuarenta poemas, de asuntos y de géneros muy distintos. Los que aquí dejo los hago acompañar con fragmentos de los frescos de Pompeya para aportar, a través del arte, el toque romano.
Ahora, veamos qué nos recomienda Hesíodo para la recolección y la siembra.


LAS ESTACIONES
I

OTOÑO
Cuando el picante sol templa la fuerza
de su ardor sudoroso
y el prepotente Zeus vierte en el aire
las otoñales lluvias,
haciéndose de pronto
mucho más ágil la textura humana
—y, sobre la cabeza de los hombres
nacidos a la muerte,
la estrella Sirio, en alto,
camina poco con la luz del día
y aprovecha las sombras de la noche—,
los árboles, que el hierro
ha de cortar, en esas fechas tienen
la mínima carcoma
y esparcen ya sus hojas por la tierra,
dejando de echar brotes.
Es el momento de cortar madera:
la estación más propicia.
(Trabajos, 414,422)


II
INVIERNO
No vayas a la fragua del herrero
ni a cálidas tertulias
los días invernales
cuando a los hombres los aparta el frío
de las faenas —aunque el hombre activo
también progresa entonces—,
no sea que el rigor de un mal invierno
te sorprenda sin bienes
y tengas que frotar tus pies hinchados
con tus manos resecas.
(Trabajos, 493-497)


III
PRIMAVERA
Y después del solsticio del invierno,
cuando completa Zeus
ya los sesenta días,
la estrella Arturo viene y abandona
la sagrada corriente del Océano,
y se eleva radiante
sobre los firmamentos,
por vez primera, al filo de la noche.
La Pandiónida luego,
la golondrina del agudo llanto,
se aparece a los hombres
cuando nace la nueva primavera.
Antes que llegue, poda tú las viñas:
es el mejor momento.
(Trabajos, 564-570)


IV
VERANO
Cuando el cardo florece,
y cuando la cigarra cantarina,
posada sobre un árbol,
derrama sin cesar bajo sus alas
en la estación del soporoso estío
su canto penetrante,
entonces son las cabras más sabrosas
y mejores los vinos,
más lúbricas y ardientes las mujeres,
y los hombres más blandos,
porque Sirio les quema la cabeza,
y también las rodillas,
y su piel está seca por la flama.
Y hay que buscar entonces vino biblino,
pan de flor de harina,
la sombra de una roca
y leche de las cabras
que ya comienzan a perder su fuerza,
y carne de ternera,
silvestre, no preñada todavía,
y chivo primogénito.
Y beber enseguida el rojo vino,
sentados a la sombra,
para dejar el corazón saciado
de comida y bebida,
volviendo el rostro al favorable Céfiro.

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