Polak [o Polaca] murió hace ya dos años y todavía me descubro hablándole cuando entro al escritorio y veo ese rincón vacío junto a la pantalla de la PC donde solía dormir. Había llegado a casa mucho antes, siendo apenas una cosa diminuta y miserable metida dentro de una caja de cartón de unos 40 x 30 x 30 centímetros. De adentro salía un maullido desafinado, débil, que anticipaba más problemas que ternura. Recuerdo haber abierto la caja lentamente y encontrarme con una pequeña bola grisácea que en realidad era blanca, aunque la suciedad no dejaba adivinarlo del todo. Lo peor eran unas lombrices blancas moviéndose debajo de ella, como si aquel cuerpito apenas tuviera fuerzas para seguir siendo un animal vivo. Tenía los ojos abiertos apenas, las costillas marcadas y los huesos de la cadera demasiado visibles para algo tan pequeño.
La cerré enseguida y fui al veterinario. “Haga lo que pueda”, le dije. El veterinario la sacó de la caja y la apoyó sobre la camilla de melamina; ahí la vi completa por primera vez y me dio una tristeza enorme. Sin embargo, el Doc dijo que iba a estar bien. Y estuvo.
Con el tiempo se convirtió en una gata extraña, especial. Blanca completamente blanca, con esa fragilidad en la piel que suelen tener los gatos así. Tenía un ojo azul y otro amarillo, siempre aclaraba primero lo del azul para evitar el chiste fácil, y era completamente sorda. Según el veterinario, aquello se debía a los parásitos que había tenido de “peque”. Tal vez por eso era tan desconfiada y al mismo tiempo tan valiente. Vivía alerta, pendiente de movimientos que no podía escuchar.
Nunca fue una gata melosa. Ronroneaba, sí, pero imponiendo sus propias reglas. No toleraba demasiado el contacto, acariciarle el pecho era arriesgar los dedos a un mordisco y sentarla sobre la falda duraba apenas unos segundos antes de que decidiera escapar. Sin embargo, a su manera, fue volviéndose compañera. Primero mantenía siempre distancia; después empezó a dormir cerca mío; más adelante se subía al escritorio mientras trabajaba; y un día, casi sin darme cuenta, terminó durmiendo sobre mí o acomodándose en mi cama como si hubiera sido su lugar desde siempre. Creo que esa fue su forma de querer.
Yo le hablaba aunque no pudiera oírme. Le acariciaba el pecho aunque protestara. La levantaba igual, aun sabiendo que toleraría mi cariño menos de diez segundos. Y ella, poco a poco, fue acostumbrándose a mí tanto como yo a ella. Abría la ventana y se sentaba a metro y medio, vigilándome. Dormía junto a la computadora mientras escribía de madrugada. Era una presencia silenciosa, rara, siempre cercana pero nunca del todo entregada.
Con mi esposa, curiosamente, era distinta. A ella, que apenas le prestaba atención, se le refregaba entre las piernas buscando cariño. Suerte la suya.
Ahora que ya no está, pienso que quizá nunca terminé de entenderla del todo. Pero también entiendo que no hacía falta. Hay compañías que no se construyen desde la obediencia ni desde el afecto evidente, sino desde la costumbre mutua, desde compartir silencios y espacios. Polak era así difícil, desconfiada, especial. Y durante años fue parte de mi vida con una constancia tan silenciosa que recién entendí cuánto ocupaba cuando dejó de estar.
