Revista Literatura

Primeros capítulos

Publicado el 26 septiembre 2011 por Asn
Cuando le dieron la noticia no fue capaz de creerlo; pero era verdad lo que anunciaban las escrituras: El Mesías estaba a punto de nacer y la señal de su llegada se haría visible en el firmamento.

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Artabán era uno de los alquimistas que más popularidad había alcanzado en la ciudad de Asur. Tanto era así que hasta el Faraón de Egipto, en una de sus visitas a las tierras de Oriente, se quedó maravillado de sus hazañas como destilador de elixires. Más de alguno podía llegar a ser mortal, pero especialmente uno de ellos sobresalía por los efectos tan embriagadores y placenteros que originaba; él lo llamaba “el agua de la alegría”. Antes de marcharse, Ramsés le ofreció todas las tierras que desease del gran país del Nilo, pero el mago tenía en mente otros proyectos mucho más importantes que los de ser un mero terrateniente en un país extranjero.
En aquel tiempo el rey Darío, uno de los más sanguinarios y violentos de todos los monarcas que había tenido la gran Persia, se encaminaba por el desierto hebreo al encuentro de las tropas gobernadas por Alejandro Magno, un joven emperador sediento de poder que anhelaba acabar con la hegemonía persa que tantos siglos había perdurado al este de las tierras hititas. Todos los hombres de la ciudad habían sido llamados a filas, pero el general Al-Farabi creyó conveniente dejar a cargo de la fortaleza a los cuatro grandes místicos del imperio, entre los que se encontraba Artabán.
Melchor había llegado a Asur cuando sólo contaba con la edad de cuatro años. Sus padres habían creído que lo mejor para su hijo, viendo la facilidad con la que adquiría todo tipo de saberes, era trasladarse a una tierra en la que manase cultura por doquier. Sólo con saber leer, los jóvenes ascendían rápidamente a un cargo en la corte, y si además destacaban en alguna ciencia pasaban a formar parte de la boyante aristocracia. Zaratustra había dejado una gran huella en todo el imperio, y sus dogmas eran tan respetados que nadie podría resistir la vergüenza de verse acusado de renegado; Melchor se convirtió a la fuerza, y ello marcó profundamente su visión del mundo. En la fortaleza de Asur había convivido, la mayor parte de su infancia, con tres zagales que despuntaron en distintos saberes. El primero de ellos se llamaba Gaspar, un joven de cabello ocre que poseía el don de la bondad. Éste era moabita de nacimiento y, de niño, solía visitar el templo en donde dejaba perplejo a los ancianos del consejo con su dominio del arte de los números, más conocido como matemáticas. Cuando fue creciendo, Arkan, Sumo Sacerdote de Moab, se encargó de su instrucción y de su perfeccionamiento en el ámbito del cálculo. Sabía que el muchacho era capaz de desbancar, en igualdad de condiciones, a las grandes figuras legendarias de la lógica entre las que ya se encontraba el venerable Pitágoras. La fama del chico llegó a ser tal que, durante la invasión que sufrió Israel por parte de los persas, se lo llevaron a uno de los focos culturales más señalados, la lejana ciudad de Asur.
El segundo, llamado Baltasar, se encontraba en su zigurat tendido entre los montones de paja que había preparado para descansar entre la investigación de la mañana y la experimentación de la tarde. Avanzó mucho en el cometido de catalogar las estrellas que para el ojo humano eran imposibles de divisar; para ello, se valió del curioso astrolabio que consiguió mediante una operación de trueque con un comerciante de occidente, el cual se quedó maravillado con la gran perla del Mar Rojo que el místico le había dado a cambio. La astronomía era la ciencia más antigua y la que al mago negro mejor se le daba; algunos años vivió de ella como instructor de la joven clase noble griega, llegando incluso a entablar conversación con el mismísimo Aristóteles, uno de los hombres más prestigiosos de todas las polis helenas. Lo que más le fascinó del país de los filósofos fue la cantidad de instituciones que se habían creado en favor de la enseñanza; Grecia quería ser un imperio poderoso y, para ello, necesitaba de gobernadores altamente instruidos que garantizasen un mínimo de estabilidad política.
Todas las noches miraba las estrellas con la esperanza de encontrar la señal de la que tanto había oído hablar al misterioso pueblo hebreo. Esperaban un libertador, un rey de reyes, un líder, alguien que les asegurase poner fin al cruel periodo de esclavitud que había mermado la fe del pueblo. Antes de caer en manos persas, Asur perteneció al fastuoso imperio Mesopotámico, el cual había sometido a dura cerviz a los antepasados del ahora pueblo judío. Se les obligó a renegar de sus creencias induciéndoles a alimentarse de la carne del cerdo, un animal para ellos impuro, y que significaba tirar abajo toda una vida de servicio y obediencia a su respetado dios Yahveh. La intriga del gran rey Nabucodonosor no se hizo esperar, e hizo que se investigara hasta el último resquicio de la cultura hebrea, llegando incluso a demandar información acerca de sus esperanzas de salvación. No fue poco lo descubierto y, por encima de todo, destacaba el anuncio de la llegada del Hijo de Dios que pondría fin a la tiranía y que enaltecería a su pueblo sobre toda la faz de la tierra.

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Todos sus saberes los ponían en común, ya que sabían que esa era la única manera de lograr los objetivos anhelados. La presión a la que los magos estaban sometidos iba aumentando cada vez en mayor medida debido a que la esperanza de toda la prole del reino estaba puesta en ellos, sobre todo en el ámbito de la medicina. Los egipcios habían sido muy superiores a ellos en ese aspecto, llegando incluso a llevar a cabo procesos embalsamatorios con el fin de que los difuntos en cuestión llegasen algún día a la patria celestial. Al principio estas prácticas sólo repercutían a las clases nobles, pero posteriormente terminaron por generalizarse. También en Mesopotamia la salud era lo más importante, y los hombres que de ella gozaban eran considerados como los predilectos del gran dios Ahura Mazda.
Si en Asur alguien se había ganado la fama de ser capaz de sanar hasta la más grave enfermedad, ese era Artabán; en las pocas ocasiones que no llegaban a curar sus pociones a base de hierbas, por lo menos sí ayudaban a aliviar las dolencias. Pocos eran los iniciados en esta ciencia, ciertamente influidos por el temible código Hammurabi en el que se describían el tipo de torturas a las que se debía someter cualquier médico en caso de negligencia.
Los cuatro eran muy queridos, tanto por la relación que mantenían entre ellos como por su lucha constante en favor de buscar el bien del pueblo. Esa era su filosofía de vida, la de hacer lo correcto sin buscar nada a cambio.
Si uno embrujó a otro y no puede justificarse, el embrujado irá al río, se arrojará; si el río lo ahoga, el que lo ha embrujado heredará su casa; si el río lo absuelve y lo devuelve salvo, el brujo es pasible de muerte y el embrujado tomará su casa.

(Ley del Código Hammurabi)
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Artabán y los suyos habían sido citados por el general al amanecer. Al-Farabi tenía fama de ser una persona tosca, con la que muy pocas veces se podía entablar una conversación; por el contrario, los magos habían conseguido ganarse su afecto y, gracias a eso, podían vivir con ciertos lujos de los que muy pocos ciudadanos podían disfrutar. Les suministraba toda clase de manjares, vestimentas no pocas veces suntuosas, así como otro tipo de bienes en sufragio de todos los progresos científicos que lograban. Sin embargo, la parte negativa era que la exigencia tanto por parte del general como por parte del gran rey Darío cada vez se agudizaba más.
Al llegar a la fortaleza el recibimiento de los anfitriones alentaba a sospechar que algo iba mal.
-Mis queridos amigos.-Saludó el general.-Por favor, sentaos-. Hicieron caso a las órdenes recibidas y se prepararon para oír algo que probablemente les iría a incomodar.- Como bien sabéis, el gran Darío se dirige al embate que tendrá lugar muy seguramente en tierras fenicias-. Ellos asintieron en forma de reverencia.- Según augura nuestro zodiaco será la batalla más cruenta a la que el Imperio Persa jamás se haya enfrentado. El problema más inmediato es que se nos agota el armamento y se nos hace necesario recurrir a los herreros de las montañas del Kurdistán; desgraciadamente el oro no cae de los árboles, pero sé que vosotros podéis lograrlo fabricar. Hace un año que os pedí esa piedra filosofal, y es ahora cuando os la demando con urgencia-.
-¡Oh, mi grandísimo general! Bien sabe nuestro sagrado Ahura Mazda que hemos hecho lo imposible por cumplir vuestros deseos-. Contestó Gaspar-. No hay noche en la que no velemos por convertir el inútil plomo en preciado oro, pero sé que necesitamos aún de tiempo-.
-Hombre que avisa no es traidor-dijo secamente el general-. Sólo os advierto de que Darío no mandaría a sus más altos dignatarios para informarnos de un asunto irrelevante. Por lo que intuyo de vuestras palabras el asunto se dilata más de lo esperado, y si presumo de algo es de haber experimentado en mi propia carne que la paciencia de Darío no tarda en agotarse. No me puedo presentar ante él con un simple néctar que para lo único que sirve es para distraer la melancolía-.Sentenció Farabi.
Tras la reprimenda del general, volvieron a sus quehaceres cargados con la angustia propia de quien siente la impotencia corriendo por sus venas. Como acostumbraban, al anochecer se reunieron los cuatro para charlar de todo lo acontecido en el día. No había noche en la que los magos no brindaran con el misterioso brebaje de Artabán; precisamente ese fue el tema central del diálogo.
-Es asombroso y sé que cuesta creerlo, pero ya es la quinta vez que me vienen a contar lo maravillosa que resulta mi agua de la alegría para calmar las molestias que provocan los males de espíritu-dijo Artabán-. Si cobrara por ella seguro que mis bienes se multiplicarían hasta la saciedad.
-Ya sabes lo que dice el juramento hipocrático, y lo que compromete a quien jura cumplirlo-señaló Melchor-.
-Te lo podría recitar de memoria-contestó Artabán-. Pero lo que me inquieta, mi querido Melchor, es que me empiezo a creer lo que dice la gente de ese líquido. Si te fijas, nosotros desde que empezamos a tomarlo hemos gozado de férrea salud, por no decir que hasta os veo mucho más jóvenes de lo que deberíais aparentar a vuestra edad-.
-¡Sandeces!-Gritó Baltasar desde el otro extremo de la mesa-. Bien sabemos que si con los medios de los que disponemos es imposible conseguir la piedra filosofal, cuanto más lo será conseguir el elixir de la vida-.
-No te entiendo Baltasar-replicó Gaspar-. Cuanto empeño pones en creer y en trabajar para ese supuesto rey de reyes que las constelaciones auguran, y cuantos obstáculos pones para ni tan siquiera respetar el gran fruto que cada uno de nosotros puede llegar a conseguir por el bien de la raza humana-.
-Ojalá sea lo que tú crees Artabán, pero te aseguro que si estás en lo cierto no sería lo mejor el anunciar a los cuatro vientos algo que tanto poder puede llegar a albergar-indicó Baltasar.
Baltasar tenía razón. Resultaría estúpido comunicar tal hallazgo a los mandatarios, ya que seguramente caería en manos indebidas en un abrir y cerrar de ojos. Confiaba en sus amigos, pero el general ya era agua de otro costal; por mucha afinidad que tuviera con ellos todo militar tenía un precio. Al terminar la charla se dirigieron a sus aposentos.
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El día habría comenzado como cualquier otro de no ser por la presión que la piedra mágica les hacía soportar. Para mayor gravedad, las noticias que llegaban del frente no eran muy esperanzadoras; el rey Darío se había visto forzado a emprender retirada en dos ocasiones, y lo más peligroso era el hecho de que Alejandro ya no le temía lo más mínimo.
Artabán solía ir a recolectar toda clase de hierbas semanalmente; aunque no eran las más valiosas, las espinacas bien trituradas servían para aplacar el escozor de las heridas. Éstas se encontraban en zonas de muy difícil acceso, por lo que cuando iba en su busca siempre le pedía a uno de sus hermanos magos que le acompañase. Ese día disfrutaba de la compañía de Gaspar, y no podía dejar pasar esa oportunidad para comunicarle aquello que guardaba para sí y que anhelaba compartir con alguien.
-Gaspar, sabes que valoro quizá excesivamente tu opinión-dijo.-Por ello quiero hacerte partícipe de la idea que me viene acosando desde que tengo uso de razón-.
-Sin duda que trataré de responderte tan acertado como me sea posible-respondió Gaspar.
-Lo que deseo es que me muestres tu postura acerca del rumor de la venida del Hijo de Dios-indicó Artabán.
-Te conozco lo suficiente para saber que me preguntarías precisamente eso-comentó Gaspar-. Considero oportuna tu pregunta y te debo hacer saber que yo creo ciegamente en esa venida. Los hebreos han demostrado que el verdadero dios de dioses no es otro que el Señor, al que ellos denominan Adonai-.
Casualmente también era esa la respuesta que Artabán esperaba.

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