Profecías mayas y picnics sagrados

Publicado el 22 diciembre 2012 por Perropuka

Balsa en la que llegaron los Guerreros del Arcoiris

El país de las maravillas. El país donde lo fantástico es real. País de “vigorosos guerreros del arcoíris que vienen del sur a devolverle el equilibrio a la Tierra”.  No lo decimos nosotros. Lo vienen anunciando desde tiempos inmemoriales que se remontan a menos de una década. El mundo gira, sin embargo, muy copernicano, sin vueltas de tuerca, ajeno a profecías que no pasan de meras anécdotas o curiosidades astronómicas. Algunos chiflados habrán partido al más allá en viaje intergaláctico ante el supuesto fin del mundo. En una nación vecina tuvieron que prohibir el acceso a un cerro ante el temor de suicidios masivos.  A pesar de toda la parafernalia apocalíptica, el mundo cuerdo se lo tomó con mucho humor, curiosidad, relajación o, los más entusiastas, con brindis y jolgorio. Tal como sucedió a un asambleísta oficialista que después de chocar copas con amigos, en vísperas del anunciado cataclismo, fue a chocar su vehículo contra el tronco de un hermano árbol, a quien dejó seriamente despellejado. Luego armoniosamente desapareció del mapa, tanto que ni sus correligionarios sabían de su paradero. 
Apenas despuntó el alba, los gallos madrugadores de la televisión estatal sacaron el guión: 21 de diciembre. Solsticio de verano. Día del Pachakuti; tiempo de equilibrio y armonía con la Madre Tierra. Un acto histórico, transcendental. Renacer de la vida, de la esperanza. Un mensaje de Bolivia para el mundo. Encuentro de pueblos del mundo por la Vida. Todo un arsenal de lemas muy solemnes para el acontecimiento que había sido planeado en una isla del lago Titicaca.
Mientras los helicópteros esperaban al “venerable maestro, el Tao andino” (así rezaba en una pancarta) para llevarlo al sitio, la multitud iba poblando lentamente el centro ceremonial montado días antes con tarima de concierto solo que desprovista de batería de luces. No hacía falta, el sol sagrado irradiaría la fecha cósmica. Llegaba por fin el gran día, el cambio en la vida de los pueblos: el fin de la coca cola y el inicio de la Era del Mocochinchi, tal cual predijo nuestro canciller David Choquehuanca hace unos meses atrás: “El 21 de diciembre de 2012, hermanos, es el fin del egoísmo, de la división, el 21 de diciembre de 2012 tiene que ser el fin de la Coca-Cola, es el comienzo del mocochinchi, del willkaparu, hermanos, es el comienzo de la pacha, es el fin de la macha, hermanos”
Semanas antes anunciaron a los cuatro vientos que llegarían presidentes, líderes indígenas y otras personalidades. Hasta científicos para corroborar los conocimientos milenarios de los sabios andinos, probablemente intrigados por la insólita capacidad de descifrar los hechos según el brillo de los ojos de una llama, según reveló un investigador en una entrevista. No llegaron ni los grandes amigos bolivarianos, seguramente más preocupados en asuntos serios como la salud de su comandante. Eso sí, se vieron representante indígenas de cabellos rubios y ojos azules venidos del norte, entremezclados con indígenas locales y algunos embajadores que, gustosos se dejaron llevar al hermoso lago, sagrado para unos, maravilla natural para otros.
Nunca se había visto una congregación tan abigarrada de turistas, unos diez mil según los cálculos de los organizadores, que cambiaron el pantalón corto por trajes típicos de sus países. Pintoresco mosaico junto a los emponchados locales que, extasiados por las cornetas “ancestrales” de cuerno de vaca y el humo de los sahumerios se regocijaban a tiempo que presenciaban coreografías de danzas originarias. Los jerarcas, bien sentados en lo alto, cuchicheaban e intercambiaban sonrisas como antesala a los discursos. 
Por fin, el gran caudillo se levantó de su asiento y se dirigió al estrado. Saludó a todos los compañeros y compañeras y tampoco se olvidó de los hermanos y hermanas. A continuación procedió a leer su discurso. Fue tan largo y tedioso que invitaba a la siesta a sus invitados sentados tras él. Sin embargo, hizo declaraciones reveladoras y proféticas: “Es el primer día del fin  del capitalismo salvaje(…) Este nuevo tiempo tiene que ser el inicio del fin de las monarquías, jerarquías, oligarquías y de las anarquías del mercado y del capital. El ´Pachakuti´ ha llegado y quienes ahora nos reunimos en la Isla del Sol somos los ´guerreros del arco iris, del vivir bien"(…) El capitalismo ha creado una sociedad despilfarradora" (ahí está el mejor ejemplo, despilfarrando más de un millón de dólares en la organización de una fiesta que reunió a miles de devotos de su figura, más estrechamente alineados que los planetas).  Sin duda, hermosas palabras que tendrán mucha repercusión en ese mundo inmerso en una vorágine consumista. Ovaciones y aplausos se dejaron oír desde la muchedumbre, alelada por tal torrente de sabiduría, brotada desde las profundidades del lago más elevado del planeta. Enseñanzas que quedarán grabadas en piedra para regocijo de la humanidad.

Los invitados a la isla del Sol (La Razón)

Que la gente le rinda tributo a ciertos espíritus tutelares está en todo su derecho. Puede parecer normal considerando que en otros sitios rinden culto a imágenes de María aparecidas en hojas de plátano o al rostro de Cristo delineado en un pan. Estamos en tiempos de profetas de toda fe, desde apocalípticos hasta mensajeros galácticos. Algunos, sin sonrojo se autodenominan guerreros de la luz, del agua o del arcoíris, como el señor Choquehuanca, filósofo con ribetes de poeta (el apunte es de un exsacerdote jesuita), quien en su tiempo libre ejerce también de Canciller del Estado Plurinacional. Todo es válido en el ámbito de lo privado por más disparatado que sea. Otra cosa es que le paguemos a un individuo con dinero público para que ejerza de sumo sacerdote mientras descuida las relaciones diplomáticas de todo un país. Y debiera ser un delito el destinar los pocos recursos de una nación empobrecida en actividades megalómanas y de dudosa utilidad. Aunque se justifiquen que están promocionando el turismo: Sí, cómo no, salvaguardando una pequeña isla pisoteada armoniosamente por miles de individuos mientras hacían cola para recibir su ración de almuerzo comunitario servido en bandejas de plástico. Por cierto, del delicioso refresco de mocochinchi, no se sirvió ni un vaso.  Al contrario, en la verde altiplanicie, yacían desparramadas botellas vacías de la odiada gaseosa imperialista. 
Más información:
-Aquí la página oficial de este circo monumental que me arrancó alguna sonrisa  al repasar varios de sus textos.