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PROLOGO DEL AUTOR e INTRODUCCIÓN de ATLANTIS. TARTESSOS. Aegyptius Codex. Clavis. Epítome de la Atlántida Histórico-Científica

Publicado el 24 agosto 2012 por Georgeosdiazmontexano @GeorgeosDiaz

PROLOGO DEL AUTOR e INTRODUCCIÓN de ATLANTIS. TARTESSOS. Aegyptius Codex. Clavis. Epítome de la Atlántida Histórico-Científica

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PRÓLOGO DEL AUTOR

“…El que Emprende hacer Evidencia de la Verdad, Escriviendo la Verdad, no podrá Persuadir à que lo Es, Mientras Reside en los Ánimos de los Oyentes, ò Leyentes, aquella Opinión Falsa, que Persiste à la Raçon de la Verdadera…”

(José Pellicer de Ossau y Tovar, 1673)

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PRÓLOGO DEL AUTOR

“…El que Emprende hacer Evidencia de la Verdad, Escriviendo la Verdad, no podrá Persuadir à que lo Es, Mientras Reside en los Ánimos de los Oyentes, ò Leyentes, aquella Opinión Falsa, que Persiste à la Raçon de la Verdadera…”

(José Pellicer de Ossau y Tovar, 1673)

Con estas palabras del ilustre y erudito español José Pellicer[1] hemos querido comenzar esta obra porque, ciertamente, hay que despojar a la mentira de sus falsas vestiduras hasta que aflore la verdad desnuda, incluso aunque su desnudez nos cauce cierta vergüenza. Suele decirse que “la verdad sólo tiene un camino”, sin embargo, la gran mayoría se empeña en transitar otros caminos... Si todo apunta hacia una única dirección, ¿por qué mirar entonces hacia otro lado?... Platón afirma en sus diálogos del Timeo y el Critias que la isla y península de Atlantis o Atlántida estaba ubicada justamente delante de las Columnas de Hércules -actual estrecho de Gibraltar- en el piélago o golfo Atlántico, y que un cabo, punta o extremidad de la misma llegaba hasta las propias Columnas de Hércules, situada en la región que recibía el nombre de Gadeira. Si esta región de Gadeira (Cádiz), el golfo o mar Atlántico y las propias Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) eran sitios reales, ¿por qué no ha de serlo también la isla-península Atlántica conocida como Atlantis?

De sobra es conocido, que la opinión académica generalizada sobre esta narración de Platón es que se trata de una mera leyenda, un mito sin carácter histórico alguno, o una utopía inventada por Platón para justificar sus ideas políticas planteadas en la República. Bastaría con echar un vistazo a cualquier enciclopedia o libro de texto sobre historia antigua. Sin embargo, se trata de un concepto erróneo, al menos parcialmente. Las investigaciones que vengo realizando, desde hace más de quince años, confirman un considerable nivel de historicidad -hasta en los detalles más específicos- existente en el relato de la Atlántida de Platón; algo que viene planteándose y defendiéndose desde la antigüedad misma. La mayoría de los elementos descritos se corresponden con una realidad histórica, arqueológica, geográfica, geológica y sismológica, en un nivel más que suficiente para refutar el viejo paradigma que impone la visión de la narración de la Atlántida de Platón como un simple mito filosófico, político o moral. En este sentido, nuestras investigaciones han conseguido falsear esta antigua hipótesis (casi convertida en dogma), lamentablemente aún vigente en la mayoría de los círculos académicos.

La historiografía académica sobre la Atlántida no ha ido nunca más allá de un mero ensayo de opiniones y especulaciones subjetivas basadas en la supuesta intencionalidad de Platón de inventarse un mito pseudo-histórico para poder sustentar así su teoría política. Partiendo de esta idea preconcebida la mayoría de los historiadores y filósofos que se han ocupado de los escritos de Platón han realizado estudios comparativos entre los textos del Timeo, el Critias y la República para poder argumentar esta hipótesis, pero nadie ha demostrado aún con verdaderos datos sólidos y objetivos la hipótesis del “mito” o “utopía”. Nadie ha demostrado aún que Platón mintiera cuando al referirse a la narración sobre la Atlántida afirmara que se trataba de una historia verdadera, de un “ALHQINON LOGON”. Las opiniones, especulaciones o hipótesis subjetivas (por no basarse en datos o pruebas físicas) de tantos académicos, pasaron –lamentablemente- a convertirse con el paso del tiempo en un dogma casi inamovible, en un nuevo paradigma, aunque sin duda pseudo-histórico. Porque –insisto- este paradigma o dogma no ha sido construido sobre una base científica, es decir, sobre datos, hechos o pruebas verificables, sino sobre simples comparaciones subjetivas basadas en meras opiniones personales, consideraciones y valoraciones pseudo-psicológicas -realizadas a gran distancia temporal- sobre la supuesta personalidad de Platón y también supuestas intenciones; “valoraciones analíticas” que, en el fondo, no son más que especulaciones infundamentadas, y en muchas ocasiones hasta ridículas, puesto que ninguno de los autores modernos que ha escrito sobre Platón puede presumir de haberle conocido en persona, ni la opinión de un discípulo como, por ejemplo, Aristóteles -tan recurrida por los detractores de la Atlántida y de Platón- puede constituir bajo ningún concepto un dato objetivo. Es bien conocida la actitud verdaderamente opositora y crítica (por no decir envidiosa[2]) que mantuvo este contra su Maestro Platón; pero sobre todo -y esto es lo más importante- porque esa célebre opinión de Aristóteles contra la Atlántida de Platón, tan divulgada por los escépticos y detractores de la posible historicidad de la Atlántida ¡jamás ha existido! No es más que una de las tantas falsedades históricas que, desgraciadamente, aún persisten incluso entre los especialistas del mundo académico, tal y como demostraremos de manera suficiente en esta misma obra.

La mayoría de los autores de la antigüedad sintieron un profundo respeto por Platón, a quien se le tenía en muy alta estima, y hasta era usado como referente de opinión verdadera y sabia. Fueron bastante más los autores que manifestaron una opinión favorable hacia la veracidad de la historia de la isla Atlantis o Atlántida de Platón que los que se pronunciaron en contra. Sin embargo, esa no es la idea que malintencionadamente se nos ha trasmitido a las últimas generaciones. Antes de empezar este estudio yo estaba convencido -como la inmensa mayoría de los que estudiamos la historia desde el máximo rigor posible- de que se trataba de un simple “mito” inventado por Platón para así justificar sus ideas políticas y filosóficas, o sea, la tesis oficial académica aún vigente. Estaba convencido también de que el relato sobre la Atlántida de Platón no alcanzó nunca credibilidad suficiente entre la mayoría de los autores antiguos, ni siquiera entre sus discípulos más allegados, como por ejemplo Aristóteles (el más usado por los detractores de la Atlántida), porque esto fue justo lo que nos habíamos llegado a creer tras la lectura de todos los libros académicos de texto y demás apuntes enciclopédicos que había consultado hasta hace apenas unos quince años, pero poco después terminé descubriendo que esto no era del todo cierto. En realidad –intencionadamente o no- los textos de Platón, Timeo y Critias fueron malinterpretados y hasta traducidos erróneamente en algunos pasajes que son verdaderamente fundamentales para un correcto entendimiento de lo que ese gran maestro del pensamiento racional de la Atenas de los siglos V-IV A.C. nos quiso realmente trasmitir. Por desgracia -y mayor vergüenza para la ciencia- hasta se ha llegado a la manipulación y falsificación de datos, y como es de rigor, cada caso será mostrado en esta serie de Atlantología Histórico-Científica con la mayor aportación posible de evidencias y pruebas objetivas, ya que existen verdaderos errores que por causas diversas se han ido estableciendo, algunos como “datos verídicos” y otros incluso como “hechos”, pero antes de llegar a un ‘statu quo’ hagamos una breve introducción a la Atlantología como tal.

Desde la célebre obra “Atlantis, the Antediluvian World” de Ignatius Donnelly[3] (1882) se abrió un campo nuevo en los estudios sobre la Atlántida, la llamada atlantología. Lamentablemente, esta mal llamada “especialidad histórica” no ha llegado a ser, en líneas generales, una disciplina o especialidad científica como se ha pretendido, todo lo contrario, no ha ido más allá de ser una pasarela por la que han desfilado –en la mayoría de los casos- las hipótesis más absurdas y pseudocientíficas que se han conocido en materia de historia antigua y arqueología; hasta el punto de que el erudito y filósofo alemán Franz Susemihl, ya en 1856 llegara a acuñar una frase que bien podría engrosar la lista de “frases célebres” de la historia. Dijo Susemihl: “Una lista de las excesivas declaraciones sobre la Atlántida sería un documento absolutamente bueno para el estudio de la estupidez humana”. Ciertamente, la atlantología conocida hasta hoy no ha sido ni siquiera una disciplina, porque ha carecido de argumentaciones y principios metodológicos correcta o adecuadamente unificados. La atlantología ha estado más inundada de fantaciencia que de ciencia, y si bien muchos científicos académicos han cometido serios errores (y hasta manipulaciones) que han contribuido a cimentar el dogma sobre el carácter “mítico” y “ficticio” de la historia de Platón sobre la Atlántida, la inmensa mayoría de los llamados atlantólogos han contribuido por su parte a la implantación de graves errores, fantasías y falsedades que han dañado seriamente todo lo relacionado con la Atlántida; hasta el punto de que aún hoy en día entre los principales círculos académicos y científicos, hablar o debatir sobre la Atlántida continúa siendo visto como una falta de rigor científico, y hasta de cordura, en los casos más extremos. De hecho, no muchos son los reputados académicos que se han atrevido a enfrentar el estudio de la Atlántida desde una visión histórica o arqueológica, cuando la inmensa mayoría prácticamente se ha dedicado a reiterar una y otra vez los mismos argumentos sobre su condición de relato mitológico, o mera invención ilustrativa con fines filosóficos, siempre en contra de una posible interpretación antropológica histórico-arqueológica.

A modo de adelanto, paso a enumerar algunos de los más conocidos errores, falsedades y falacias -aún vigentes- que a la vez servirán como guía de esta “opera prima” sobre la atlantología científico-histórica y que iremos desarrollando de manera profunda en las posteriores entregas.

  1. El concepto falaz de que la Atlántida era una super-civilización super-tecnológica que dominaba las energías de los cristales y hasta los aparatos voladores, entre otras falsedades similares y demás invenciones sin fundamento como que en la Atlántida existían pirámides o que sus orígenes se remontan a cientos de miles de años.
  2. El concepto erróneo de que la Atlántida era un gran continente cuando en realidad era una NHSOS, es decir, una isla o península, según los valores semánticos conocidos de esta palabra en la antigua lengua griega, y que no señalaban precisamente -en los tiempos anteriores a Platón y a Heródoto- a una mera isla. En cualquier caso Atlantis sería una ‘tierra insular’, pero nunca un continente o terra firma.
  3. El concepto erróneo de que la Atlántida se hallaba “más allá” (en el sentido de lejanía) de las Columnas de Hércules, y en el medio del Océano atlántico, cuando Platón no utiliza jamás ninguna preposición o expresión que se pueda traducir como “más allá”, o “lejos de” y ni siquiera menciona la palabra griega OKEANOS (Océano). Platón dice de manera muy clara que la Atlántida se hallaba ubicada en el “Piélago del Atlántico” (ATLANTIKOU PELAGOUS), o sea, en el mar que justo comienza en el Golfo de Cádiz, ‘ante/delante’ (PRO) y casi en la ‘boca’ (STOMATOS) o ‘desembocadura’ conocida (en los tiempos de Solón y Platón) como las “Columnas de Hércules” (HRAKLEOUS STHLAS). Así como que una extremidad, punta o cabo (AKRAS) de la Isla-Península (NHSOS) Atlántida, se extendía desde la región de Gadeira (Cádiz) y con el mismo nombre, hasta las Columnas de Hércules (Gibraltar), mientras que otra región o provincia de las diez en que fue dividida toda la tierra insular Atlántida sería la del reino de Elasippos (¿acaso la misma Olisippos, Lisboa?), y otro reino de la misma Atlántida sería el de Diaprepes, nombre con el que “casualmente” también fueron conocidas en la antigüedad el conjunto de las célebres Islas Afortunadas, o Islas Bendecidas (Canarias y Madeira). Estos puntos geográficos, claramente identificados desde la antigüedad, demuestran que la (NHSOS) ‘isla-península’ o ‘tierra insular’ de Atlantis solo podía hallarse muy cerca de la boca de las Columnas de Hércules, en el vestíbulo del Golfo Atlántico o de Cádiz, entre las regiones de Gadeira (Cádiz), Elasippo (¿Lisboa?) y el Atlas (Marruecos, o incluso Andalucía misma como veremos después), y las islas de Canarias y Madeira.  En todo momento se ubica tanto a la NHSOS (o al menos su comienzo) como al archipiélago de islas Atlánticas en el “Piélago del Atlántico”, que es lo mismo que decir en el ‘Golfo’, “Brazo de mar”, ‘Canal’ o “Estrecho de Mar” de las Columnas de Hércules (Gibraltar) como lo demuestra la sustitución de la palabra griega “PELAGOS” escrita en los códices griegos del TIMAIOS por la latina FRETUM en algunas de las traducciones e interpretaciones latinas realizadas ya desde la propia antigüedad como la del medioplatónico -y posible autor hispano o residente en Hispania- Calcidio, realizada entre los siglos III y IV A.D.[4]
  4. El concepto erróneo de que la Atlántida era una isla “mayor que Libia y Asia juntas o reunidas”, cuando los textos originales solo dicen que la Atlántida había sido la NHSOS MEIZWN, es decir, “la isla mayor”, o “la isla más grandiosa, o más poderosa” que “conjuntamente/al mismo tiempo” (AMA) era de Libia, y de Asia. Es decir que la Atlántida era la “isla mayor” (o la “más poderosa” de todas las islas del piélago del Atlántico) que al mismo tiempo era parte de Libia y parte de Asia, muy probablemente por concebirla los antiguos egipcios, Solón o Platón mismo, situada junto a las costas de Libia -comenzando ante la boca misma de las Columnas de Hércules- y extendida hasta tocar las costas e islas del otro lado, es decir, del Asia, puesto que ya para entonces cuando Solón visita Egipto (siglo VI A.C.) los antiguos pensadores griegos -y muy probablemente los sacerdotes egipcios también- consideraban la tierra como una esfera o globo, y obviamente desconocían la existencia del supercontinente de América situado en el medio entre la costas de Asia y Libia. Así es cómo vemos al célebre Aristóteles, quien sin duda hereda en gran medida la visión geográfica de su maestro Platón, sosteniendo que viajando más allá de las Columnas de Hércules, siempre en dirección hacia el Occidente, se llegaría a las costas de la India[5], o sea, a las extremidades orientales de Asia, y en pocos días, lo que sugiere que la extensión de Atlantis, longitudinalmente, en los tiempos de Platón -y con toda probabilidad mucho antes- no se entendería como algo demasiado grande, invalidándose así la imposible interpretación –inexplicablemente aún vigente- de que la isla Atlantis haya sido “más grande que toda la Libia y el Asia juntas”, lo que absurdamente significaría que en vez de una isla sería entonces un gigantesco supercontinente. Pero es obvio que no podía caber tal megacontinente en un espacio marítimo que podía ser recorrido en pocos días de navegación, ni que Solón y Platón hubieran llamado todo el tiempo NHSOS a un continente, encima tan gigantesco que sería superior en tamaño a dos continentes juntos como Libia y Asia (por muy pequeña que se entendiera entonces esta Asia) y que sin embargo ni una sola vez se use la voz correcta para ello, o sea, HPEIROS, ‘continente, tierra firme’. En cualquier caso, el texto solamente nos habla de una NHSOS (isla/península, o tierra insular) ‘mayor’, o ‘más grandiosa’ (ya sea en poder o en tamaño) que tenía su comienzo en un punto muy próximo a la boca atlántica de las Columnas de Hércules, que era parte de Libia y de Asia al mismo tiempo, y que, además, tenía una provincia llamada Gadeira (Cádiz), o sea, que Cádiz se tenía en la época en que Solón visita Egipto como un resto que había quedado de la gran ATLANTIKH NHSOS o “isla Atlántica”. Y estas claras y únicas palabras escritas en el Timeo y el Critias de Platón –más allá de cualquier duda razonable posible- en cuanto a la ubicación correcta de la isla Atlantis, únicamente apuntan a una sola dirección en el espacio geográfico: la que ocuparía en el Atlántico, desde su inicio en el Golfo de Cádiz, entre las costas de Iberia y Marruecos, hasta las Canarias y hasta las Madeira como puntos más lejanos posibles.
  5. El concepto falaz de que la Atlántida fue la cuna de la civilización egipcia cuando Platón ni otro autor de la antigüedad dice nada al respecto. De hecho, no existe una sola prueba o evidencia -ni siquiera un leve indicio- que permita seguir sosteniendo esta especulación, absolutamente infundamentada. La único que hemos hallado en las fuentes clásicas (desconocido hasta el presente por los atlantólogos y quienes sostiene esta falsedad) es cierta tradición clásica sobre el origen Atlante (como descendiente de Atlas) de un par legendarios reyes egipcios, pero en ningún caso de toda la civilización egipcia[6].
  6. El concepto erróneo de que la Atlántida entera se hundió bajo el mar por causa de una erupción volcánica cuando en el relato de Platón tampoco se dice nada al respecto -ni siquiera parecido- ni en ningún otro autor o fuente ajena a Platón. Mientras que las descripciones ofrecidas en el Timeo y en el Critias, solamente coinciden con el típico proceso catastrófico de naturaleza sísmica conocido como tsunami, tal y como venimos defendiendo desde hace más de quince años.
  7. El concepto erróneo de que la historia o narración de la Atlántida de Platón es una recreación, ficción, mito o mera invención de Platón para así sustentar su teoría política desarrollada en “la República”, y, por consiguiente, un simple mito sin carácter, condición o cualidad histórica alguna. Nuestros estudios muestran que no existe apenas relación entre el relato de la Atlántida y las descripciones de “la República” y “las Leyes”; y muestran también que existe un nivel de historicidad y verosimilitud en el relato de la Atlántida de Platón, que va bastante más allá de las simples coincidencias o meras utilizaciones intencionadas para la supuesta fabricación de un mito. La mayoría de los elementos descritos –principalmente los geográficos y toponímicos- pertenecen o se corresponden en gran medida con una realidad histórica, geográfica, geológica, sismológica y en una medida nada despreciable hasta con cierta realidad arqueológica, tal y como adelantaremos –parcialmente- en este mismo compendium. Sólo queda pendiente la demostración científica última o definitiva -mediante pruebas físicas- de la existencia de una ciudad cuyas características y diseño urbanístico-arquitectónico sean lo suficientemente similares a la descrita por Platón para que al menos puedan ser entendidas como una solución al enigma de Atlantis de una manera similar al caso de Troya. No obstante, valga adelantar que en realidad ya estamos consiguiendo –por primera vez en la historia de la Atlantología- algunas evidencias científicas verdaderamente reveladoras que podrían aportar nuevos elementos y algo de luz en estas tinieblas que durante muchos siglos (quizás demasiados ya) han estado nublando la razón de muchos estudiosos.

Por estas razones (apenas esbozadas) y muchísimas más que de momento dejamos en el tintero, es que denunciamos que el seguir divulgando falsas hipótesis sobre otras absurdas localizaciones de la Atlántida en Indonesia, el Caribe, Cuba, México, los Andes, las Islas Británicas, Creta, Santorini, Chipre, Israel, etc., es un verdadero atentado contra la verdad histórica y la honestidad intelectual y científica. Dichas hipótesis, o más bien especulaciones (la mayoría pseudocientíficas) intentan re-ubicar -ad absurdum- la isla/península o tierra insular Atlantis hasta en los lugares más recónditos y apartados de la única situación geográfica claramente descrita por Platón, y por todos los autores antiguos que de alguna manera hicieron mención de esta civilización atlántica, y que sin duda es en el piélago o mar Atlántico, entre las costas de Iberia y Marruecos y las costas de las islas Atlánticas como Madeiras y Canarias como puntos más lejanos posibles en cuanto a la extensión de la isla Atlantis, la cual -sin ninguna duda- comenzaba ante la boca atlántica del estrecho de Gibraltar (PRO TOU STOMATOS).

Para concluir este extenso pero necesario prólogo de autor me gustaría recordar al lector que esta obra es tan sólo un epítome, es decir, un compendium, un mero resumen muy apretado en pocas páginas de los varios millares ya que ocupa la serie de “Atlantología Histórico-Científica”, actualmente en proceso editorial, que hasta la fecha consta de unos tres volúmenes, y que en su casi totalidad ha sido desarrollada –fundamentalmente- sobre la base de un estudio profundo y detallado de los códices y manuscritos más antiguos conocidos de los diálogos de Platón, Timeo y Critias, y demás fuentes primarias y secundarias relacionadas (tanto Platónicas como no Platónicas) con la Atlántida, el Atlántico, pueblos conocidos como Atlantes o Atlánticos, Tartessos, Gadeira e Iberia, entre otros. Principalmente a través de los textos escritos en griego, latín, hebreo, árabe y egipcio, entre otras antiguas lenguas, en menor medida.

Se han analizado las principales traducciones, desde las más vulgares hasta las más académicas, y se ha discutido ampliamente sobre las malas o defectuosas interpretaciones y errores de traducción y de omisión entre otros, o de una excesiva e injustificada enmendatio realizada por copistas medievales en su mayoría que, lamentablemente, aún persisten en pasajes muy importantes y reveladores.

Gran parte de estas discusiones se han llevado a cabo en reuniones científicas, tertulias, conferencias universitarias (en Barcelona y Madrid), y de acuerdo a los tiempos en que vivimos, por supuesto también en varias Listas de Correos y Foros muy conocidos de Internet, y de alcance internacional[7]. En todo momento, siempre teniendo a la mano los más autorizados y actualizados libros especializados de consulta como son los lexicones y diccionarios y tratados de gramática de las lenguas antiguas objeto de discusión.

Se ha intentado en la mayor medida posible evitar las especulaciones sin fundamento y las hipótesis basadas sólo en la mera probabilidad, otorgando mayor peso y presencia –como es de rigor y de acuerdo a la naturaleza de esta investigación- a las evidencias documentales, físicas, y arqueo-históricas, en la máxima expresión semántica y etimológica de ambos términos[8].

Por consiguiente, esta es una obra mayoritariamente fundamentada sobre evidencias objetivas, es decir, sobre datos, no sobre meras especulaciones, suposiciones o posibilidades, las cuales –insistimos- serán evitadas siempre en la mayor medida posible. Se presentarán las citas de las fuentes, tal y como se conocen -según diversas ediciones de los códices y MS- y sobre estas el autor expondrá consideraciones varias, que en la mayoría de los casos versarán sobre cuestiones meramente técnicas, ya sean de índole paleográfica, lexicográfica, etimológica, o filológicas en general, crítica textual interpretativa o meramente exegéticas, siendo esto último -nuestra exégesis- quizá lo menos útil para el estudioso experto, pero muy probablemente lo más interesante para la mayoría de los lectores no especializados en estas disciplinas filológicas.

Así pues, este libro se sustenta en evidencias que difícilmente podrían ser explicadas de una manera distinta a las propuestas por el autor como no sea aportándose nuevas pruebas de mayor calidad científica, o en casos extremos, recurriéndose al argumento de la fuerza en vez de a la fuerza del argumento. Así pues, este libro (y todos los que componen el corpus de volúmenes que iremos editando en esta colección) se mostrará edificado unas veces sobre pruebas indiciarias, otras sobre evidencias y datos objetivos (evidencias arqueológicas y sismológicas, por ejemplo), y hasta en pruebas testimoniales indirectas como podríamos considerar, por ejemplo, los testimonios ofrecidos por autores próximos a Platón como el filósofo y escolarca de la primera Academia Platónica, Crantor de Soli, o incluso un autor contemporáneo como lo fue el más célebre matemático y astrónomo de la Grecia de su época, Eudoxo de Cnidos[9], de quien se dice haber sido amigo y colega del mismo Platón, e incluso escolarca temporal o provisional de la misma Academia, al parecer, durante el primer viaje de Platón a Sicilia.

INTRODUCCIÓN

Esta obra es un epítome (Del lat. epitŏme, y este del gr. ἐπιτομή), es decir, “un resumen o compendio de una obra extensa, que expone lo fundamental o más preciso de la materia tratada en ella”, tal y como se define en el Diccionario de la Lengua Española de la RAE (Real Academia Española). Tal obra extensa que este epítome resumirá como un compendio, exponiendo únicamente lo más fundamental o preciso, mediante una breve y sumaria exposición, es la serie -en cuatro volúmenes ya- de la “Atlantología Histórico-Científica”, aún en proceso de edición y que podría llegar abarcar hasta unos seis volúmenes.

En este epítome el lector hallará no sólo una breve y sumaria exposición de los cuatro volúmenes ya terminados (en proceso de edición), también dispondrá –a modo de adelanto- de concisos resúmenes de material fundamental que estará presente en los restantes volúmenes de la colección. Aclaramos pues que la mayor parte de la información que se podrá analizar en este epítome es sólo un resumen, en no pocos casos bastante abreviado, porque somos conscientes de que como bien decía el maestro Vicente Arcenegui en su Epítome de gramática castellana, “el arte de simplificar es el arte de enseñar”.

Advertido queda pues el lector de que toda la información completa, totalmente desarrollada y detallada sólo aparecerá publicada en su correspondiente volumen, por lo que si en algún momento pareciere insuficiente la información sobre alguna de las evidencias o argumentos que en este epítome se exponen, no olvide el lector que lo que ahora tiene en sus manos es sólo un resumen y que muy probablemente aquello que eche en falta lo hallará después en la obra completa.

Para facilitar la lectura y comprensión de este epítome hemos preferido organizar la exposición de datos prefiriendo un orden cronológico natural más que temático; dejando así fuera de tal ordenación aquellos temas que por su particularidad o naturaleza entendemos deben ser expuestos como anexos o información complementaria.

Todo el conjunto de la obra la hemos dividido en dos bloques. El primer bloque engloba el estudio de lo que consideramos fuentes documentales escritas y pictóricas (primarias y secundarias) en la que las disciplinas y especialidades aplicadas provienen, fundamentalmente, de las Ciencias de Humanidades. Y el segundo bloque lo ocupa el análisis de las fuentes documentales científicas provenientes de las Ciencias Físicas, de disciplinas científicas modernas tales como la Arqueología, la Geología, y la Sismología, entre otras.

En cuanto a la exposición de las fuentes documentales escritas y pictóricas, en el primer bloque, y partiendo siempre de Platón como figura central para el estudio de la Atlantología, al ser –aún- la fuente principal (aunque no la única como quedará demostrado), hemos dividido la exposición de evidencias, fuentes y referencias en cuatro grupos:

Fuentes Preplatónicas (Anterior a Platón).

Fuestrongntes Platónicas (Desde Platón hasta el fin de la tercera Academia neoplatónica).

Fuentes Postplatónicas (Posteriores a la última Academia).

Fuentes Extraplatónicas (De tradición no Platónica).

Tanto la exposición de Fuentes Preplatónicas como las Platónicas y las Postplatónicas ocupan cada una un volumen, consecutivamente (I, II y III), mientras que las fuentes Extraplatónicas, al seguirse un criterio de ordenación cronológica, se hallan insertadas en las tres restantes, puesto que hallamos y proponemos fuentes para la Atlántida o los pueblos Atlantes en autores que no recurrieron a Platón como fuente, unos por ser anteriores a su época y otros, porque aún siendo posteriores -e incluso contemporáneos- no muestran evidencia alguna de haberse basado en los textos de Platón.

En aras de facilitar al lector la comprensión de la información no seguiremos en este epítome el orden cronológico de una manera tan estricta, pues una vez estudiadas las fuentes y después de no pocas charlas y tertulias hemos terminado llegando a la conclusión de que la mejor asimilación y comprensión de las fuentes que sobre la Atlántida y los pueblos Atlantes proponemos como Preplatónicas no se consiguen de manera correcta o completa sin antes haberse conocido bien las fuentes platónicas y postplatónicas. Así pues, en este epítome el apartado sobre las fuentes preplatónicas será expuesto en tercera posición, después de las fuentes postplatónicas.

Para cada grupo o período temporal hemos seleccionado algunas de las fuentes menos conocidas y relevantes, pero no las más relevantes –aclaramos- ni sólo estas, también otras menos relevantes y hasta más conocidas, pero importantes dentro del engranaje de la tradición y más que necesarias para una mayor comprensión de este totum historicum que sobre la Historia de la Atlántida, pretendemos registrar.

En cuanto a las fuentes documentales sobre la civilización Tartessia la incluimos en la Atlantología Histórico-Científica no porque creamos que Tartessos y Atlantis son una misma cosa, sino porque aceptamos como innegable las similitudes de algunas de las características más significativas existentes en ambas civilizaciones, especialmente a nivel geográfico, ya expuestas de manifiesto primero por Francisco Fernández González y su hijo Juan Fernández Amador y de los Ríos entre finales del siglo XIX y principios del XX, y poco después por el alemán Adolf Schülten. Pero tales semejanzas sólo nos llevan, en última instancia, a la aceptación de que Tartessos pudiera hundir sus raíces culturales en la civilización Atlántica del Bronce –la que en su máximo esplendor creemos describe Platón- que sería, a su vez, la última expresión de una civilización principalmente Calcolítica como intentaremos exponer al lector.

[1] José Pellicer de Osau i Tovar era un erudito español del siglo XVII que dominaba el hebreo, el griego, el latín, el italiano y el francés, entre otras lenguas, y que tradujo varias obras clásicas, llegando a ser cronista real. Entre sus grandes méritos está el haber sido el primero en desarrollar una argumentación histórico-filológica para demostrar que la Atlántida de Platón era la propia península Ibérica.

[2] Al respecto, el erudito español Gregorio García del siglo XVII expuso -en defensa de la autoridad de Platón y criticando la actitud de Aristóteles-lo siguiente: “...Siendo esto asi, digo, como lo es, porqué no daremos credito à la Historia de la Isla Atlántica à que refiere Platón? À quien nada le falta para ser Hombre de autoridad, y gravedad, aunque màs la desautoriça su ingrato discípulo Aristóteles, con el testimonio que le levanto de las Ideas, que por tal lo tienen San Agustín, Séneca, Marsilio, Javello, y otros muchos Autores, los cuales defienden à Platón de esta calumnia, y testimonio de Aristóteles. Y asi lo que dice Platón de las Ideas, lo interpretan de las que ai en la mente Divina. Lo qual es argumento del respeto que S. Agustín, y los demàs Autores referidos le tienen, pues tanto vuelven por él. Persuadiéndole más à que Aristóteles, de malicia, ò de envidia, ò por mejor decir, de ingratitud, le levanto aquel testimonio, que no à que dixese semejante disparate vn hombre docto, buen Filosofo, y mui recatado...” (“El origen de los Indios de el Nuevo Mundo e Indias occidentales”. LIBRO QVARTO. CAP. IX. De algunas dudas, i objecciones, que contra esto escriviò el P. Acosta. §. III. Donde se prueba ser Historia verdadera lo que dice Platón de la Islà Atlántica. 1607.)

[3] Ignatius Donnelly (1831-1901) Fue miembro del Congreso americano y alcanzó celebridad por sus teorías sobre la Atlántida como cuna de todas las antiguas civilizaciones, y por su teoría sobre quien fue el verdadero escritor que firmaba como Shakespeare. Nació en Philadelphia, Pennsylvania, estudió leyes y fue admitido como miembro del Congreso republicano de Minnesota entre 1863-1868, llegando a ser senador del estado entre 1874-1878. Su partido lo nominó en 1892 como candidato para vicepresidente de los Estados Unidos. Sus libros principales fueron “Atlantis, the Antediluvian World” (1882), en el cual procuró establecer que todas las civilizaciones antiguas conocidas fueron descendientes de esta civilización del neolítico tardío que el identificó con Atlantis o la Atlántida, y “Great Cryptogram”, obra en la que sostuvo una teoría, basada en ciertas claves que él “descubrió” en los trabajos de Shakespeare, las cuales indicarían que su autor verdadero era Francis Bacon. Murió en Minneapolis, Minnesota, y fue enterrado en el cementerio local de Calvary, St. Paul. [Basado en datos de la Enciclopedia Libre de Internet, Wikipedia. Edición inglesa.]

[4] Calcidio (siglo III-IV A.D.), filósofo cristiano Platónico que fue especialmente conocido durante la Edad Media -con posterioridad a su época- por su traducción comentada del Timeo de Platón, dedicada al obispo de Córdoba, Osio. La traducción latina comentada del Timeo de Calcidio fue la más utilizada por la intelectualidad europea occidental durante el Medievo y parte de la Edad Moderna como la herramienta más útil para el entendimiento de las profundas doctrinas de Platón vertidas en este diálogo. Su obra parece no haber tenido apenas repercusión en su época, sin embargo, poco después se convirtió en una de las más admiradas y estudiadas, a lo cual contribuyó el poco conocimiento del griego clásico por parte de Occidente durante los siglos posteriores a su época; algo similar a lo que se ha constatado con otras obras de la literatura clásica latina, que se convirtieron en importantes referentes al no conservarse los originales griegos. En cuanto a su origen, existen varias hipótesis; aunque en realidad, salvo la más antigua o tradicional, donde Calcidio aparece como archidiácono de Osio (presuntamente el mismo Obispo de Córdoba que junto a los sacerdotes romanos Vito y Vicente representaron al Papa en el célebre primer Concilium Ecumenicum de Nicea), hasta la fecha, no ha existido ninguna hipótesis con peso suficiente para ser considerada como oficial sobre la nacionalidad, origen o residencia de Calcidio. Se ha llegado hasta decir que quizás fuera de origen judío, o un diácono en la iglesia de Cartago, pero nadie ha mostrado verdaderos argumentos ni datos de ningún tipo. Los únicos documentos que existen sobre su persona y vida, son unas dudosas cartas privadas atribuidas a Calcidio, pero en especial la célebre traducción comentada de la primera parte del Timeo de Platón, donde queda manifiesto que está dedicada al tal Osio. Sin embargo, según nuestras investigaciones, todo parece indicar que la hipótesis tradicional -y la más antigua- defendida por Dillon de que era un discípulo de Osio sería la correcta, y como apoyo presenta un estudio igualmente léxico interno sobre ciertas intercalaciones que Calcidio introduce en su traducción y que además ofrecen pistas sobre su posible origen andaluz o hispano. El hecho de encargar una traducción al Latín del Timaios -en griego- de Platón a Calcidio, es un claro indicativo de que ese tal Osio (fuera quien fuera) tenía un gran interés por los detalles y asuntos que se contaban en el mismo. Podría pensarse que realmente no le interesaba la Atlántida sino solamente lo demás, sin embargo, Calcidio no hizo una traducción completa del Timeo sino solamente de la primera parte, lo que demuestra que solamente en esta primera parte estarían aquellos asuntos o temas que a Osio le interesaban, y que de alguna manera pensaría usar en sus estudios y doctrinas, y la historia de la Atlántida está precisamente en esta primera parte traducida por Calcidio.

[5] “La idea de un viaje entre Europa y Asia, atravesando el Atlántico, fue una hipótesis manejada ya por los sabios clásicos. Aristóteles, por ejemplo, escribió, después de demostrar la esfericidad de la Tierra, que se podía navegar de las Columnas de Hércules a las tierras del Extremo Oriente en pocos días. Y Séneca hizo alusión en repetidas ocasiones a dicha posibilidad. Por ejemplo, en Medea escribió unas líneas ciertamente proféticas: «Llegará el momento en que las cadenas del Océano caigan a un lado y un vasto continente sea revelado, en que un piloto descubra nuevos mundos y Tule deje de ser el último extremo de la Tierra». Y en la misma línea, también dejó escrito: «En realidad, ¿qué distancia hay entre las playas extremas de Hispania y las de la India? Poquísimos días de navegación, si sopla para la nave un viento propicio».” (Cristóbal Colón, por el Dr. Primitivo Pla Alberola, http://bib.cervantesvirtual.com/portal/colon/).

[6] Ver capítulo sobre referencias en las fuentes egipcias.

[7] Al respecto se pueden consultar los mensajes y discusiones publicados por el autor en los siguientes sitios: en español, “Lista y Foro de Atlantología Científica” [http://elistas.egrupos.net/lista/atlantologos]; en inglés, “Atlantis Rising” [http://www.atlantisrising.com] y “Graham Hancock Forum” [http://www.grahamhancock.com/phorum/search.php?f=1&search=Georgeos&globalsearch=1&match=1&date=0&fldauthor=0&fldsubject=1&fldbody=1&start=151]; en alemán “Atlantis-Forum” [http://www.atlantisforum.de], ya desaparecido hace unos años.

[8] El autor entiende como evidencia arqueológica (o arqueohistórica) cualquier objeto o elemento material, y cualquier dato documental, susceptible siempre de verificación por otros métodos científicos. Arqueología expresa -semántica y etimológicamente- el discurso o historia sobre lo antiguo o lo arcaico. Así pues, una evidencia arqueológica será siempre cualquiera que permita establecer una discusión -objetiva- sobre la antigüedad o los tiempos arcaicos, desde un simple trozo de papiro o una inscripción sobre una roca, hasta una vasija de cerámica y una columna.

[9] Ver capítulo correspondiente en esta misma obra.

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