Ya lo he dicho y escrito varias veces, estoy en ese sitio, en ese momento, en que sé que es necesario “quemar los barcos”. Sin discusión alguna sobre su origen, fue Alejandro Magno quien la pronunció poco después de desembarcar en Fenicia, al verse superado por el enemigo en número y temerosas sus fuerzas ante esa inferioridad, el gran líder los convoca y, en resumen, les dice “muchachos, quemé los barcos, la única forma de volver es ganando”; claro que lo imagino mucho más potente al mensaje, pero en definitiva era eso. Los soldados que lo acompañaban veían arder su único medio de escape, ahora debían luchar y ganar si querían volver, ya no en sus barcos sino en las naves enemigas.
Esa frase se fue haciendo cada vez mas popular, sobre todo en esta época New Age, de superación personal, donde el hombre todo lo puede, ese antropocentrismo marketinero. Otro día me despacharé contra el new age no hoy. Como decía, quemar los barcos implica que ante una determinada situación es necesario pasar a la acción sin ningún otro tipo de opción. Ejemplo: estoy cansado de ser un empleado esclavo de mi jefe… pum, quemo los barcos renuncio, no hay vuelta atrás. Estoy agotado de mi esposa… pum, quemo los barcos me divorcio. Esto es algo muy muy simplista.
Ojalá, si ese fuera el caso, quemara los barcos y pasara a la acción. Para mi hay un gran inconveniente en esta teoría y es que quemar los barcos es una decisión en si misma consecuencia de otra decisión que previamente debí tomar. Es decir, la causa de esa decisión que debo tomar esta mucho antes de decir quemar los barcos y mucho antes de decidir que la situación en la que me encuentro no es la que quiero.
Los argentinos romantizamos la épica. Nos encanta ganar, pero si lo hacemos faltando un minuto se valora muchos más. La épica esta en nuestro ADN, es nuestra esencia, pero ese romantizar la épica nos lleva, o al menos a mí, a inmovilizarnos. No hay nadie tan loco que decida quemar los barcos sin haber analizado previamente las posibilidades que existen de triunfar, claro que puede fallar, pero entre las posibilidades está la de triunfar. Dudo que Alejandro Magno no haya hecho ese análisis.
No hay que dejarse embaucar por los falsos gurúes que nos presentan soluciones mágicas. Si así fuera, si así de sencillo fuera, nadie necesitaría psicólogos, coachs, directores, en fin, un tutor, alguien que nos acompañe y ayude en ese camino de verdadera superación. Si tan sencillo fuera nadie, salvo por propia voluntad, se encontraría en situaciones de depresión, de insatisfacción, de replanteos. Seria tan sencillo como levantarse y en vez de salir hacia la derecha mover hacia la izquierda… vamos que así no es. Hay, necesariamente, aun involuntariamente, una reflexión interna donde uno se plantea determinada situación como causa y se plantea un escenario ideal donde quisiera estar, aun cuando ya se esté en el. Porque la persona satisfecha hace su análisis situacional para mantenerse en ese estado.
Pero volviendo al tema de los barcos, el problema no es la falta de acción sino algo más difícil de detectar: ¿Qué está pasando antes? ¿Por qué esa decisión previa no termina de cristalizar? Hay una incomodidad, una afirmación de que esto no va. Hay una evaluación de dicha situación y/o estado -consiente o inconscientemente- y aquí comienza la parte en la que muchos fallamos: la toma de una decisión profunda, ¡así no sigo!, y ahí, recién ahí, paso a la acción radical de quemar los barcos. A veces tomamos la decisión (sin ejecutarla) de quemar los barcos sin haber tomado la decisión previa por temor. Decidimos quemar las naves -dejar el trabajo, divorciarnos, etc., etc.- pero no lo hacemos mas que idealmente. Somos conscientes de lo que queremos, pero no resolvemos, no estamos dispuestos a perder algo por conseguir aquello. Parece una contradicción, pero no lo es.
Me explico mejor. El acto no crea la decisión; la revela. Debo estar convencido de no querer volver a los barcos. Nadie va a la guerra creyendo que va a perder (quienes lo han hecho son correctamente catalogados como locos, suicidas, etc.) debo haber aceptado quedarme sin la posibilidad de volver, de recular, y, dentro de las posibilidades aceptar morir en el intento. Quemar los barcos es la confirmación de una decisión que ya fue tomada antes. Para mi ahí está la cuestión: trabajar sobre esa decisión previa. Es más difícil tomar esa decisión, la de cambiar, que la de quemar los barcos porque cuando se esta convencido de la posibilidad de conseguir lo que uno se propone quemar los barcos deja de ser una acción épica para convertirse en una acción natural para alcanzar lo que se quiere. Después véndela como quieras.
