Revista Diario

Ratificado

Publicado el 30 marzo 2011 por Menagerieintime
Ayer fue uno de esos días en los que casi todo son buenas noticias. Casi todo.
Ayer fue el día en que tuve que ratificar mi denuncia contra el juez y la fiscal que me tuvieron secuestrado en la cárcel durante 4 meses y medio. Y me ratifiqué. Más que nada porque ninguno de los denunciados han querido llegar a ningún acuerdo conmigo ni con mi abogado.
Fue una situación graciosa. Muy graciosa. Aunque, a buen seguro, podría haberlo sido aún más. Nicola, mi abogado, me pidió que me hiciera el loco. Que tuviera la mirada perdida, que fuera vestido con colores chillones, mal peinado y a medio afeitar. Eso es lo que Nicola me pidió, pero no es lo que yo hice. Se trataba de dar pena al juez, de hacerle ver cómo una estancia, por corta que sea, en la cárcel puede destrozar mentalmente a una persona. Poco antes de entrar a la sala le dije a Nicola que no íbamos a jugar. Que no íbamos a hacernos los locos para pedir más pasta de indemnización. Y no lo íbamos a hacer porque no me apetece que me miren con ojos de pena. Y no lo hicimos porque recordé las palabras que Albano me dijo cuando yo salía de la cárcel: “Nunca bajes la cabeza por esto. Has estado en la cárcel y has vivido para contarlo. Sin mayor problema”. Por eso, y por mil cosas más que tengo en mi cabeza, no me hice el triste. Ayer era un día de alegrías, no de tristezas.
El juez simplemente me hizo un par de preguntas, algo rápido y fácil de responder. Mi abogado me hizo alguna más, todas encaminadas a demostrar cómo los carabinieri, la fiscal y más tarde el juez de mi caso cayeron en el error de considerarme culpable de un delito que no había sido aún juzgado, y de cómo se me negaron derechos básicos como efectuar alguna llamada en el momento de mi detención (así como llamar a casa una vez a la semana mientras estaba en la cárcel) o el tener acceso a asistencia legal (estuve un mes sin abogado alguno que me defendiera e informara de mi caso).
Me sorprendieron las sensaciones que tuve mientras respondía. Nada de nervios (aunque eso ya lo suponía de antes), nada de malestar, nada de tristeza, nada de alegría. Simplemente un tono neutral. Muy cercano al desprecio, pero neutral. Supongo que parte del preso pendenciero que fui aún está guardado en lo más profundo de mi…
Creo, firmemente, que esta actitud de tranquilidad y de control emocional por la que pasé ayer fue fruto de la visita que realicé por la mañana, justo antes de ir a declarar. Pasé por la cárcel. Por Regina Coeli. Y me paré en la puerta, mirándola con todo desafiante. Le di una vuelta a todo el perímetro. Desde fuera iba haciendo un mapa mental de la cárcel. El mismo que tantas veces hice desde dentro. Fui asignando número a los edificios que veía en cada momento, fui cambiando estos números por los nombres de los presos que conocí y que estaban en cada una de las secciones. Fui asignando nombres a cada una de las ventanas que veía de la sección tercera. Y fui comprobando cómo, a pesar de lo que puede parecer desde dentro, el tiempo pasa, el tiempo fluye, el tiempo corre. Y no se detiene. Por suerte.
Ya por la noche, y con el único fin de recibir noticias de la cárcel, quedé para cenar con Popeye. Por un momento, y mientras estaba con él, el mundo me pareció una enorme paradoja. Yo, el preso, el detenido, invitando a cenar a Popeye, el guardián, el Policía Penitenciario. El mundo al revés.
Entre ensalada y bebidas varias me fue poniendo al día de todo. Me dijo que la mayoría de los presos que conocí están bien. Que algunos salieron; que otros, a pesar de que también salieron, volvieron a entrar. Me dijo que muchos me enviaban saludos. Incluso me llegó a dar un par de cartas de dos presos de los que aún no os he hablado.
Me dijo que Rami está bien, muy entero, comandando la sección a su forma, haciendo maldades a diario y sabiéndose a salvo de todo por la amistad que nos une a Popeye y a mi. Y eso no tiene porqué cambiar.
No todo fueron buenas noticias, como decía al principio de esta entrada. Me comentó, con pelos y señales, cómo unos guardias habían descubierto el teléfono móvil que tenía Albano desde diciembre, cómo por culpa de un infame le habían tenido un mes y medio solo en aislamiento y cómo no le dejaban ni salir al patio. Me comentó cómo le habían trasladado a una prisión de alta seguridad, justo el día siguiente de que un juez, con más gloria que pena, revisara su condena tras su apelo. Le han quitado 10 años de condena. Su condena definitiva es de 20 años, de los cuales ya lleva cumplidos casi 3. Como leyendo mi mirada me dijo que sí, que ya se había encargado de darle el nombre del infame a Rami y que ya había pasado su temporadita en el hospital. Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen, cojones.
Iba a darle un par de cartas pero al final, comprendiendo lo inútil de darle la que estaba escrita a Albano, no lo hice. Simplemente le pedí que le diera su carta a Rami y que le metiera el dinero que le di en su cuenta para que pudiera comprar sus útiles de aseo en la cárcel. Al principio me miró con mala cara, como si él no pudiera hacerlo. Bastó una simple mirada, una sonrisa y una pregunta del tipo “¿puedes meter un móvil y no puedes meter dinero?” para que se guardara la carta y los billetes en un sitio seguro. La noche era larga y no podía permitirse el lujo de perderlos.

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