Revista Talentos
Hubiese preferido llevarlo —quizá arrastrándose escaleras arriba y lamentando su sino, maldiciendo, desangrándose y suplicando una ayuda que jamás recibiría— hasta el luminoso ventanal del salón. Pero tuve que resignarme a dejarlo morir allí —fulminantemente y sin ver la luz de su último día—, en el suelo del sótano.
