La bruja sonrió al verlo. Arquín el sabio abandonó la parihuela y, después de levantar inútilmente los brazos, pues no consiguió asir a la vieja por los pies, en vano trató de hallar explicaciones racionales al misterio que la mantenía suspendida en el aire. "Busca, busca. Cuanto más busques, más acusarás el fracaso de tu ciencia frente a mi magia", se burló de él la bruja con su vocecilla aflautada. "Busco, sí, busco, pero ya es demasiado tarde porque mi cuerpo no obedece a mi voluntad", se lamentó Arquín, y luego, tras caer al suelo derribado por la edad, clamó así: "Si realmente pretendías desafiarme, ¿por qué no levitaste cuando todavía me quedaba tiempo para pensar? Mi derrota será tu triunfo, pero ahora sólo vencerás a un moribundo, Nerea maldita, mientras que antes habrías logrado el respeto de un sabio. En nada creía ya, y ahora debo creer lo que veo. Por ello, mi agonía será más dolorosa, sí, pero breve será el gozo que obtengas con mi dolor: ya huelo tan mal como tú, ya respiro el tufo que despide este cadáver en el que aún vivo". "Recoged los huesos de ese chivo loco y alejadlos de mí", pidió la bruja a los dos hombres que habían transportado a Arquín desde Las Montañas, y luego ascendió un palmo más en el aire. 
